Escucha esta nota aquí

Las primeras imágenes que se observan en un video filtrado desde el vientre de ‘la bestia’, el régimen abierto del penal de Palmasola, pueden confundir y se puede pensar que son la muestra de un recorrido nocturno que hace una persona por alguna calle de un mercado que está a punto de cerrar, donde las luces del alumbrado son tenues y los ruidos del entorno son el único acompañamiento.

Sin embargo, mirando más detenidamente las tomas que, por momentos, se esconden en el oscuro velo de una polera con la que el ‘infiltrado’ cubre la cámara de su celular para no ser descubierto captando la naturalidad de una noche de fin de semana. Se puede detallar que el escenario es la cárcel cruceña, que el video se grabó circulando por los pasillos que van camino a ‘la curva’ -zona donde viven y reinan los ‘pitufos’ (adictos a las drogas)- del régimen abierto y que los gritos que acompañan la filmación son una muestra de la libre oferta y demanda de las drogas.

“Creepy, toque, creepy, toque... hay clefa...”, se escucha gritar a un par de voces. Están ofreciendo marihuana, modificada genéticamente en Colombia y cuyo valor es más alto que el de la hierba común. Los pregoneros del negocio más rentable dentro del penal, el microtráfico, anuncian que hay ‘toque’ y clefa. El primero es una pequeña porción de cocaína que se pierde en las fosas nasales de sus consumidores y el segundo, es el alucinógeno que hace que la gente se olvide del sabor de los alimentos y ‘vuele’.

Mientras se gritaban los productos que esa noche estaban en venta, se escuchaba un compás de golpes constantes de martillo, que se estrellaban sobre un trozo de madera o concreto, destrozando en el impacto las bolsas de hoja de coca. “Aquí se bolea una belleza, pero aquí no se le hecha vico o algunas de esas burreras para darle sabor a la hoja de coca, aquí le ponen cocaína”, apunta el interno que captó con su celular la vida escondida del penal o al menos una parte de ella.

Al ver este video, al que EL DEBER tuvo acceso, se puede comprender por qué el lunes de la anterior semana la quietud del mediodía se rompió sin aviso previo. Aquel día, según relata otro recluso, todos corrían de un lado para el otro. Había gritos, confusión, golpes y al final, en medio de la sangre de un herido, la situación se aclaró.

Un grupo de internos quería tomar el control de la comercialización de la droga que circula por el penal más grande, más poblado y, por estos tiempos de coronavirus, más impredecible del país.

Los informes oficiales de lo ocurrido indican que un grupo de internos había comenzado a asaltar a los otros reclusos en el afán de conseguir dinero para comprar drogas, lo que generó los disturbios que derivaron en dos heridos que fueron golpeados por la turba que los sacó en una carretilla hasta la puerta de ingreso del PC-4 o régimen abierto.

Los informes oficiales indicaron que se realizó una requisa en el reclusorio y se confiscaron 232 sobres de droga (cocaína) listos para la venta al raleo, cantidad de alcaloide que en estos tiempos de cuarentena puede tener un valor cercano a los Bs 6.000.

Nadie explicó cómo, en tiempos donde las visitas están vetadas en el penal y el ingreso de víveres y ‘gustitos’ para los reos son cuidadosamente revisados, la droga estaba en el estómago de ‘la bestia’, fraccionada y lista para vender. Tampoco se contó que uno de los golpeados y luego aislado como reo revoltoso, al parecer estaba comenzando a seguir los pasos de Oti, el preso que mandó en Palmasola con la droga y los adictos como aliados y que en 2018 murió violentamente en La Paz.

El aislado llegó al penal y vivió en principio en un escalón previo a dormir en las calles. Es drogodependiente, pero con habilidad suficiente para empezar a hacerse cargo del expendio de la droga en la zona de la curva del penal, donde viven y reinan los llamados ‘pitufos’ (drogodependientes consumidos por los estupefacientes).

En los días de ausencia sistemática de su vicio encontró el momento propicio para intentar hegemonizar la venta de la droga a punta de violencia, en alianza con los ‘pitufos’, acción que no pudo consolidar porque los mismos presos (de quienes EL DEBER conoció sus testimonios) aplacaron la revuelta que tenía como fin dejar un solo expendedor y anular a su competencia.

“Los presos se dieron cuenta de esto y se enfrentaron a los ‘pitufos’ que apoyaban a este tipo que quiso aprovecharse de la falta de droga para tomar el control total”, relató un interno la semana pasada y refirió: “Ya todo se calmó. A esa gente no hay que dejarla crecer, porque puede pasar lo mismo que pasó con Oti…”.

Este recluso reforzó lo apuntado por las autoridades días atrás. Hay ansiedad de los consumidores, es decir están con el síndrome de abstinencia. “Si hay droga para que todos puedan consumir y no se vuelvan locos, la cárcel estará siempre tranquila. Sin embargo, ahora se vive como en una olla a presión o en la ‘olla del diablo’, donde cualquier situación la puede hacer explotar”, explicó el detenido y añadió que además de la droga, ahora todo lo que entra al penal tiene un precio de oro.

Por ejemplo, un huevo detrás de las murallas penitenciarias puede costar hasta Bs 2. Los almuerzos que se pueden comprar dejaron de ser ‘generosos’ y ante la falta de efectivo, las filas de los necesitados de un plato de ‘rancho’ (la comida que el Estado entrega a los reclusos de todo el país) se hace más larga y más tensa.

Tocando la puerta

Por estos días el movimiento en el ingreso al penal de Palmasola se asemeja mucho al de un mercado. Vendedores ambulantes en los alrededores, carretilleros moviendo grandes cantidades de todo tipo de artículos y gente, con guantes de látex y barbijos, sin guardar el distanciamiento social que las autoridades piden a gritos.

“¿Tiene su carné a mano?, si no tiene la terminación correcta no la dejarán meter la encomienda para su familiar”, afirma con voz de mando una mujer de mediana estatura, gorra, barbijo de tela, riñonera en la cintura y en ambas manos productos que ahora son de primera necesidad. En una tiene una maltrecha caja de barbijos, cuyo valor unitario oscila entre Bs 3 y 4. En la otra, bolsas plásticas, de al menos dos tamaños, las más grandes a Bs 2 la unidad.

Ella, que a los pocos minutos responde por el nombre de Ana, es junto a otras cuatro mujeres como una suerte de guías en las puertas del penal. Saben cómo conseguir un móvil (hombre que al mando de su carreterilla cobra desde Bs 10 por pasar el portón metálico del penal), el dinero que se debe tener para hacer llegar la bolsa al recluso y reciben llamadas desde el interior del recinto, para anoticiar a los beneficiados sobre el arribo de sus productos. EL DEBER estuvo por un par de horas observando el movimiento en las puertas de la cárcel y pudo ver el ingreso de todo tipo de productos. Los negocios se han formado afuera, ya que vender, comprar o ayudar son sinónimo de generación de dinero.

Grandes bolsas con verduras, pollos y carne, hueveras apiladas que desafían al equilibrio, paquetes con gaseosas de todos los sabores y colores, papeles higiénicos, coca, cigarrillos y otros gustos especiales, como una torta, son algunas de las cosas que llegan a manos de los reos.

Comentarios