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“Ni botados nos vamos”, dicen en medio de risas. Es que los chicos que hace más de cinco meses vivían en los canales de drenaje, hoy tienen Play Station, DVD, televisor y un cuarto solo para ellos.

Con esfuerzos personales, los administradores de Casa Mitaí se pusieron en campaña para adular a los cinco muchachos que son motivo de orgullo porque dejaron las calles durante la pandemia, pues ya no consumen drogas y además empezaron un negocio que les deja ganancias para satisfacer sus gustos y necesidades.

El televisor lo llevó de su casa Vanessa Bermúdez, socióloga y responsable del área Niños, Niñas y Adolescentes en Situación de Calle, de la Gobernación; el DVD llegó de manos de Julio, uno de los educadores, y el Play fue prestado por el hijo de la portera.

Joy (19), David Eduardo (18), Paulo Andrés (16), Daniel (16) y ‘Manchita’ (14) se autodenominan ‘hermanos de calle’. Por eso el tatuaje que Joy tiene en la frente dice “familia”. En la zona subterránea de la ciudad encontraron lo que les faltó en casa. Según ellos, en los canales fueron menos agredidos que en sus propios hogares.

“Nadie es dueño de nadie” y “solo Dios puede juzgarte” se lee en la tinta en los brazos de Joy, que suma 21 marcas en la piel. Una buena parte de ellas son indirectas para quienes cuestionan su forma de vida.

Cuatro de los cinco chicos quisieron compartir sus historias y mostrar que la rehabilitación es posible. En este momento esa es su misión en Mitaí con respecto a los recién llegados, que no siempre sobreviven a la abstinencia de la clefa y la marihuana.

Suena bonito, pero no fue fácil. Tuvieron recaídas, sobre todo en el primer mes, cuando se escapaban, aprovechando que la rehabilitación es voluntaria y que pueden entrar y salir, si así lo deciden. Y cuando recayeron, los educadores los sancionaron. “Nos paraban en el patio, nos hacían trotar y tomar diez litros de agua para desintoxicarnos, delante de los demás. Nos dio vergüenza”, recuerda Joy.





Huyendo de sí mismos

David Eduardo salió a la calle a los ocho años, se llevaba muy mal con su padrastro y dice que su madre nunca lo defendió. Ha regresado a visitar su casa, pero en cada ida revive su pasado.

“Hace tiempo que no los veo, siguen los mismos problemas de siempre, así que prefiero no pensar en eso, trato de olvidar, no es que me duela, simplemente quiero empezar una nueva etapa”, asegura.

En su primera época durmiendo bajo el cielo, su único vicio era andar ‘colgado’ de internet, después, a los 13, vino la clefa, y jura que a lo más grave que llegó en adicciones fue a la marihuana. Robó algunas cosas. A diferencia de la creencia popular de que inhalan clefa por hambre, David Eduardo cuenta que no faltan ni la comida ni el pegamento, “la clefa es por puro vicio”, confiesa.

Ya no teme recaer, “me siento más seguro, tuve unos tropiezos y volví a consumir, pero nada grave. Hoy me siento mejor, más aliviado, a diferencia de al principio, cuando me sentía nervioso, con ansias porque el cuerpo pide la droga”, explica.

Antes casi no se enteraba, hoy hace una retrospectiva y sabe que la gente lo miraba mal. “Me gustaría que sepan que no por ser de la calle todos somos malos”.

Lo que antes ganaba limpiando parabrisas en la rotonda del cuarto anillo y avenida Alemania, lo gastaba en su dosis de pegamento. Hoy compra chupetes o alguno que otro gustito; su plata -como la de los otros chicos- la guarda Bermúdez, y cada vez que le piden, tienen que mostrar el artículo adquirido e ir acompañados por un educador.

Cuando piensa en el futuro, David dice que por su cabeza pasan muchas cosas, sabe que no puede quedarse por siempre en Mitaí,y recuerda las ofertas de otros parientes para que se quede en sus casas. “No sé por qué antes los rechacé, creo que todo tiene su momento”, reflexiona.

Joy llegó a la calle a los 14 años, cuando tenía dos, su mamá falleció. Años después su padre entró a Palmasola. Dice que no sabe cuál fue el delito, recién lo visitó hace seis años, para perdonarlo por los maltratos, empujado por la ‘hermana’ Lily, una misionera estadounidense de 29, que es como su confesora y “ángel caído del cielo”. “Lo odiaba por la forma en que me trataba, me pegaba sin razón”, recuerda el mayor y el más tatuado de los chicos.

Empezó con la clefa porque lo tranquilizaba. “Al comienzo la usaba por rabia y para olvidar, ya después por necesidad, el cuerpo me pedía, andaba volado. Hoy es diferente, antes no disfrutaba nada, hoy paseo por la calle y me doy cuenta de lo que estaba desperdiciando, me veía mal, acá eso ha mejorado”, celebra.

Quiere ser chef, aprendió a preparar platos internacionales y típicos, gracias a las gestiones de su ‘ángel’ Lily, que le ayudó a entrar a una escuela culinaria. También sabe de panadería, de mecánica y soldadura.

“Pablo Andrés es el más tierno de todos, siempre abraza, besa el hombro, independientemente de que se trate de hombre o mujer”, dice Vanessa Bermúdez.

Pablo se fue de casa a los 10 años, pero a veces regresaba a casa a visitar a su madre, que falleció por cáncer cuando él tenía 15. Le cuesta hablar de las razones que lo empujaron a la calle, pero ante la insistencia confiesa que se hastió de ver a su padre golpear a su progenitora.

Cuando pudo defenderla, quiso tomar un palo y dar una lección al maltratador. Su madre no lo dejó, le dijo que si lo hacía sería un desgraciado por siempre por agredir a quien lo trajo al mundo.

“Cuando me drogaba pensaba en mi mamá, me daban ganas de hacerme daño, de desahogarme con alguien, sentía rabia, quería pelear debido a esos recuerdos”, dice el único que ha sufrido heridas de guerra en la calle, cuando un habitante de otra zona le pasó un vidrio por los brazos y la cabeza, “traté de defender a una mujer cuando la golpeaba”, asegura quien tiene a la mayoría de sus hermanos en situación de calle.

Daniel deambuló por las vías urbanas desde los seis años. Se cansó de que su tía, quien lo crió al fallecer su madre, lo golpeara por todo y por nada. “Al final preferí vivir con mis amigos, con ellos me divertía, sentía que eran como mis hermanos y tenía miedo de regresar a mi casa”, cuenta.

Daniel ha sido el más tentado para volver a los canales. Lo retienen sus otros compañeros con consejos. Todos coinciden en que, si estuvieran solos, probablemente sería más fácil retroceder.

Lo más difícil es la desintoxicación, lo siguiente más complicado es la inserción laboral. Nos hemos convertido en una familia, quieren ser mejores, con ellos es difícil el distanciamiento social, siempre necesitan un abrazo, que hace mucho en circunstancias tristes de la vida”, dice Vanessa.