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Las imágenes del Chaco boliviano son desoladoras, tanto como que la falta de agua y los animales muertos por la sed son parte de una histórica normalidad.

Este 2020, la escasez del líquido se disparó por la suma de factores climáticos. Varias organizaciones que trabajan en la zona reconocen que disminuyó la precipitación de las lluvias, que las temperaturas subieron por encima de lo habitual, que la velocidad de los vientos es mayor y que la mitad de los ojos de agua se secaron. Sin embargo, cuestionan que para estos problemas estructurales, las medidas de las autoridades sigan siendo tan leves.

EL DEBER se trasladó hasta la provincia Cordillera y llegó al chaco chuquisaqueño. En la zona, se evidenció que la falta de agua afecta incluso a sitios más poblados, como Camiri, donde ya hay racionamiento, peor les va a los municipios pequeños, donde sobrellevan la falta del líquido vital con geomembranas, atajados, etc. Un ejemplo es Gutiérrez, donde hay que pagar Bs 10 para acceder a un turril con el líquido.

Con los incendios, el panorama se complica. Cuesta encontrar con qué mitigar el fuego, los municipios invierten parte de sus presupuestos -mermados desde hace tres años- en el traslado de agua con cisternas y en acoger y alimentar a voluntarios y bomberos que llegaron de todo el país, recién una semana después de iniciadas las llamas.

Según Néstor Cuéllar, director regional del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca) Cordillera, en la zona no llueve desde febrero, mientras que en otras gestiones los habitantes estaban acostumbrados que una o dos lluvias septembrinas refresquen el suelo.

Cuéllar dice que su organización maneja un histórico climatológico que permite comparar la evolución de ciertos indicadores. Por ejemplo, explica que en la llanura chaqueña, donde se concentra la ganadería, área acostumbrada a un promedio anual de 300 milímetros de precipitación pluvial, este 2020 con suerte ha llegado a 140 o 180. “Antes esta cifra se dispersaba entre seis y ocho lluvias, ahora solo hubo dos, las otras han sido chilchis”, describe.

El otro piso ecológico del Chaco boliviano, el de transición, más apegado a la serranía y de vocación agrícola, la situación es similar.

“Este año es para preocuparse por las temperaturas altas, las heladas. Que hubiera lluvia solo hasta febrero anuncia que no habrá buena cosecha para los que tuvieron siembra tardía. Otro indicador es que los reservorios de agua o atajados no tuvieron la suficiente recarga de agua para el resto del año. Cuando hay helada, falta el alimento para los animales. La única esperanza es que las lluvias sean entre noviembre y diciembre”, dice.

A la falta de lluvias se suma la velocidad de los vientos, que ha ido en crecida. Antes eran de 30 a 40 km/h los más altos, pero este año tuvimos hasta de 75 km/h, lo que afecta sustancialmente a la producción porque no deja que ‘cuajen’ las flores y se den los frutos. Además, es una contribución a los incendios. La temperatura ha llegado a 42 grados”, sostiene.

Para Cuéllar, al ser  la falta de agua para la producción y el consumo humano un problema estructural, debería tener soluciones de esa talla. Cree que las políticas de las autoridades deben pasar por innovaciones tecnológicas de cosecha y almacenamiento de lluvia.

“El acceso al agua es un derecho fundamental según la Constitución Política del Estado, pero lastimosamente un 95 a 97% de las comunidades no tienen acceso de manera regular durante todo el año”, lamentó. 

Dice que las cisternas están cobrando como Bs 800 por viaje, por 10.000 litros, “y ojo que no es agua potable, traen de Abapó. Si analizamos la calidad del agua en el Chaco, ningún sistema podría ser categorizado como agua potable, ni siquiera en Camiri, es por eso que hay mucho negociado”, dice.

Para Cuéllar, la mayoría de los gobiernos municipales se fijan en acciones que no son soluciones de fondo para sacar el diezmo. ”Si dieran solución a eso no estarían contratando todos los años las cisternas. Cómo se van a pagar Bs 25.000 al mes por cisternas; se declara emergencia para robar plata, también hay montos exageradísimos en la compra de víveres, a costa de la necesidad de la gente”, critica.





Menos agua

Gualberto Carballo, coordinador de la ecorregión del Chaco para la Fundación Natura Bolivia, coincide con Cuéllar en que falta contundencia a la hora de diseñar soluciones para una problemática histórica, y hoy agravada.

Su experiencia en la zona le muestra un cambio drástico, “las fuentes de agua se secaron o disminuyeron en 50%”, argumenta.

A pesar de que todo mundo sabe que la sequía es cada año, dice que no se aborda el tema de manera adecuada. “Solo hacemos paliativos, ya sabemos que cada año tenemos que donar forrajes a los ganaderos, llevar agua en cisternas, eso hacen todo el tiempo los gobiernos municipales, pero no se ha trabajado desde la misma familia”, sugiere.

Carballo explica que la mayoría de los ganaderos cría al ‘ramoneo’ (a campo abierto), lo que en términos técnicos implica 16 hectáreas anuales de bosque consumido por cada cabeza vacuna.

“El mayor depredador de bosque ahora es el ganado. Por la contextura por ejemplo el ganado tiene la pata hendida, y cuando camina por el bosque, su pisada va apelmazando el terreno, así que cuando llueve tampoco hay la cantidad de infiltración, así que el agua se seca ahí. Tenemos que empezar a trabajar con las familias, no solo es criar ganado, sino prever y sacar números”, arguye.

Para Carballo, la única fábrica de agua es el mismo bosque, por eso desde la fundación se trabaja en motivar a las comunidades a proteger sus fuentes de agua, a cambio de apoyarlos en sus proyectos productivos. Lamentablemente, ese cuidado del agua es voluntario.

“En algunas comunidades tuvimos buenos resultados, pero paulatinamente ha empeorado todo porque la gente empezó a hacer chacos en las cabeceras de las cuencas, y cuando no hay bosque, llueve y el agua corre, no se infiltra. Pero si hay bosque, el agua se sumerge, la humedad se mantiene y en algún lugar el agua que está en el subsuelo sale a flote, a eso llamamos ojo de agua”, describe.

Carballo reconoce que el tema petrolero se usa mucho en el ámbito político, pero asegura que sí o sí la intervención de la sísmica ha dañado las fuentes de agua.

“Si en un ojo de agua había un caudal de 20 litros por segundo, ahora no llega ni a la mitad. Hay una afectación muy importante al ecosistema con esta intervención humana, además de los cambios bruscos del clima. Los gobiernos municipales deben prever esto, no es nomás trabajar con cemento”, insistió.

Le llama la atención que cada vez se agrava más el problema de los incendios, “no quiero sindicar a nadie, pero reventaron como pipoca en todos los municipios, cosa que antes no pasaba. Hasta el viernes 2 de octubre, en Macharetí se sobrepasaban las 4.500 hectáreas afectadas”, dijo.

Para el biólogo y técnico de Nativa Bolivia, Juan de Dios Garay, el agua es un problema en el Chaco boliviano no se ha hecho un manejo como se debería. “Los gobiernos de turno se concentraron en hacer perforaciones de pozos y de tantas perforaciones a la llanura, los acuíferos van disminuyendo su caudal”, dijo.

Garay puso como ejemplo la experiencia de una colonia menonita en el chaco paraguayo, que captura el agua de lluvia, que les funciona excelente. Dice que los menonitas hacen un calaminado para que el agua fluya hacia un corredor que llega a una laguna, “y de esa laguna se tiene que bombear a un tanque australiano, elevado, y ahí se conserva el agua. Y en plena llanura chaqueña se tienen los reservorios de agua, que les permite tener frigoríficos”, dice.

Para su gusto, los esfuerzos públicos apuntaron a encontrar agua en el suelo, “pero las autoridades nunca se han puesto a analizar cuánto llueve, qué periodos son los más lluviosos, datos que sirven para aprovechar mejor el agua de lluvia porque es mejor que perforar un pozo. Este tipo de soluciones son las estructurales. Pasa por entender el problema del Chaco como ecosistema, y nosotros como Nativa trabajamos con gente en los chacos paraguayo, argentino y boliviano, independientemente de los límites fronterizos”, recomienda.

El biólogo lamenta que la actividad humana sea tan desconsiderada con el medioambiente, puso como ejemplo los asentamientos por el área protegida Ñembi Guasú, que ocasionaron la quema del 50% de su territorio. “Gente que ni siquiera es de la zona llega con sus propias formas de producción, eso incrementa los daños al ecosistema. Una cicatriz de esa naturaleza influye en la problemática del clima, sumada al humo de los incendios que incrementa el calor y el efecto invernadero”, dice.