Escucha esta nota aquí


Roberto Navia Gabriel/Fundación Tierra


Una garza camina con esfuerzo por el río Zapocó. Sus patas penetran la espesura de una capa de lodo en el que se ha convertido este recurso hídrico que se bate a duelo con su extinción. La garza picotea por aquí y por allá y en pocos metros pasa de esa mazamorra oscura a una grieta sedienta y caliente.

"Al igual que la garza, estoy pisando el mismísimo lecho del río ", dice William Cortez. 


En otros tiempos hasta aquí solo hubiera podido llegar nadando.

Los otros tiempos eran tiempos buenos, o por lo menos, mejores. William Cortez llegó de Saavedra a Ascensión hace 38 años, atraído por los paisajes ondulados que formaban las colinas que entonces tenían una selva abundante a lo largo y ancho de la provincia Guarayos de Santa Cruz.

"Era un paraíso. Aquí ese tiempo no había entrado la mano dañina del hombre", cuenta con los ojos cerrados, como si estuviera buscando en su interior aquellas imágenes de ensueño. Ahora hay zonas que parecen cráteres de la Luna.


William Cortez se calla y su mirada se posa en el suelo del Zapocó, en esa tierra seca que es ahora el río. Este hombre es el presidente de la Cooperativa de Agua Potable y Servicios Básicos de Ascensión de Guarayos, y ahora, está parado debajo de un puente de madera que fue construido hace más de 60 años por el poder religioso de los Franciscanos. 




El río Zapocó está seco /Foto: Karina Segovia


El puente sigue de pie, pero el río que tiene la responsabilidad de dar de beber a la represa que almacena el agua que baja por cañería a las casas de los 28 barrios de Ascensión, está asfixiado. La boca de la represa permanece abierta a los pies del río, aguardando a que llueva en las cabeceras y el agua vuelva a bajar por las entrañas del Zapocó. Pero ahora el río es una vena seca que serpentea el horizonte. La voz de William no espanta a la garza empujada por la penumbra del hambre.


"Antes, apenas escuchaban un susurro, las aves salían en estampida ", cuenta, batiendo sus brazos como si fueran alas. Ahora la necesidad de comer y de beber les ha hecho a los animales perder el miedo a los humanos.

Los animales silvestres han ido perdiendo el miedo y el río Zapocó, su caudal de agua.






Atajo seco en Ascensión de Guarayos/Foto: Karina Segovia

Cortez cree que la culpa es de la deforestación que han sufrido las cabeceras del río y de sus afluentes que lo convertían en un río robusto. Los árboles fueron tumbados para ampliar las extensiones agropecuarias por algunas haciendas, pero también por los colonos que llegaron con sus machetes y motosierras para producir agricultura en un suelo que tiene vocación forestal. Es decir, que no es apto para la siembra.


El estudio realizado por la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), por encargo del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCE), sobre el cambio de uso de suelo y sus efectos actuales y futuros, reveló que la deforestación en Ascensión de Guarayos se incrementó de 87 a 171 mil hectáreas del 2005 al 2018, lo que significa un aumento de un 97 por ciento. Con ello, según el informe, la riqueza natural del municipio afronta presiones y amenazas promovidas por una visión de desarrollo enfocada en el cambio de uso del suelo.





Bañistas en el Río Blanco de Urubichá/Foto: Karina Segovia

Los datos fríos dicen que Ascensión está anclado en la provincia Guarayos, en el norte del departamento de Santa Cruz, a una distancia de 350 kilómetros de la ciudad capital, que tiene una extensión total de 8.674 kilómetros cuadrados, que en su territorio está la Reserva de Vida Silvestre Ríos Blanco y Negro y que es parte de la Reserva Forestal Guarayos, fundamentales para la conservación de la biodiversidad y las funciones ambientales. También dicen que el municipio cuenta con 27.686 habitantes y que la provincia tiene 48.301vivientes, según los datos del Censo del 2012.


Los datos fríos, afirman, por lo menos en teoría, que el municipio de Ascensión resguarda 510 mil hectáreas de bosques que interactúan con humedales muy importantes para la vida de seres humanos y de animales, que en la extensa llanura de ecosistemas naturales se encuentra la Tierra Comunitaria de Origen (TCO) Guarayos y que la Reserva Forestal Guarayos, que fue creada en 1996, tiene una extensión de 1.200.000 hectáreas que se extiende también por los municipios de El Puente y Urubichá.


Pero lo que no dicen los datos fríos es que el municipio y los rincones de la provincia Guarayos están siendo atacados por arriba y por el subsuelo: varios enemigos están devastando sus bosques y secando y contaminando sus ríos y sus curichis, sus paúros y los bolsones de agua subterráneos, profundizando la sequía y quitando el agua de la boca a los humanos y exterminando la casa de los animales silvestres.









Alicia Tejada con el mono Felipe/Foto: Karina Segovia


Alicia Tejada siente la llovizna menuda en su piel, pero igual está dispuesta a caminar por la senda que la lleva a las profundidades de La Esperanza, ese oasis rural que cada vez está más cerca del mundo urbano de Ascensión. Ahí los animales silvestres comparten con ella su habitat y Alicia, a cambio, intenta protegerlos, como una madre, de los enemigos mortales del bosque.



La Esperanza ha padecido varios incendios y sobrevivió a todos. Pero cada vez está más débil. Antes, después de algunos años de haber sido arrasada por el fuego ya estaba nuevamente de pie. Pero ahora su capacidad de resiliencia ha disminuido y es muy probable que le cueste levantarse porque los incendios vienen uno tras otro. 


Pero a pesar de eso, La Esperanza es un pequeño punto de socorro para los tucanes y los chanchos del monte, para los ositos meleros y los huasos, los monos, las aves rapaces y los loros, las parabas y los tordos y los sayubuses. Los animales se acercan tímidos a la casa de Alicia que está a la entrada de un monte herido por los zarpazos de la humanidad, y ella, que ha aprendido a leer las necesidades de los animales, está construyendo cada vez más bebederos de cemento para calmarles la sed, porque los manantiales que antes eran la fuente natural de agua en la selva, están secos durante gran parte del año.

No solo les da de beber, sino también de comer. Alicia se levanta a las 4:45 de la madrugada para prepararles los banquetes de frutas y semillas que los bichos empiezan a buscar antes de que salga el sol. 




Uno de los pocos ojos de agua que quedan /Foto: Karina Segovia


La Esperanza es un predio de 130 hectáreas, de los que 40 de ellos, son montes; 60, potreros antiguos; 25, son barbechos y un curichi en recuperación; y cinco hectáreas son el espacio donde cultiva yuca y plantaciones frutales para que los animales se sirvan a cualquier hora del día, especialmente cuando ella está durmiendo. 


En la entrada está la casa de campo, con un corredor donde en las noches Alicia se acuesta en la hamaca para contemplar el parpadeo de luces de las luciérnagas, y disfrutar los caprichos de doña Felipa y de don Felipe, una pareja de monos capuchinos que ahora viven a cuerpo de rey, alejados de esos humanos sin pena que los tenían encerrados. "Esas papayas ya han sido disfrutadas por los tucanes", dice Alicia, mientras camina por los cultivos que están en las puertas del monte. Y aquellas piñas también ya fueron perforadas por otras aves.


Alicia Tejada Soruco habla no solamente a través de su voz suave y musical, sino también con sus ojos redondos y risueños. Camina a paso tranquilo, y Felipe, el mono capuchino que llegó a ella después de haber sido liberado de los grilletes de un cautiverio, deja de abrazarle el cuello y se baja de su hombro tras que está por penetrar en la selva. Felipe emite un sonido como si tuviera miedo de entrar a su universo natural de donde alguna mano dañina lo sacó con modales de barbarie.


"En los últimos tres años nos hemos dedicado mucho a los animales. Ayudamos a los que nos traen después de haber sido rescatados de un cautiverio. También tenemos que lidiar con cazadores desalmados que aguardan a que salgan del monte débiles y sedientos, para matarlo", dice Alicia, que camina, que agudiza sus oídos para escuchar a los loros que surcan el cielo.


El agua es un recurso escaso para los hombres y los animales. La humanidad debería tomar consciencia. Por cada 10 vasos de agua que hay en el mundo, solo dos son aptos para el consumo humano y de esos dos nos estamos rifando uno y medio.

 


Alicia Tejada habla con conocimiento de causa. Hace algunos años presentó un estudio sobre extractivismo en Guarayos, que realizó con el Centro de Documentación e Información Bolivia (Cedim), cuya radiografía detectó que las actividades mineras a cielo abierto consumían más de mil litros de agua por segundo durante la extracción y el procesamiento de los minerales. 


También descubrió que los desechos mineros eran expulsados a los ríos, que las cooperativas son solo de nombre porque en realidad están constituidas por medianos y grandes empresarios, que están haciendo desmonte en las cabeceras de varios  ríos que pertenecen a la cuenca amazónica y que las compañías mineras son una especie de Estado dentro del Estado, porque cuesta entrar en los territorios donde operan y tienen carta blanca para utilizar el agua y todos los recursos naturales para su producción.


Alicia disfruta del tamborileo de un pájaro carpintero y después resume todos los hallazgos conseguidos por el estudio que le demoró más de un año llevarlo a cabo: "Descubrimos que el desmonte en Guarayos es del 17 por ciento anual, que los cuerpos de agua desaparecen a un ritmo exponencial del 2% cada año, que las concesiones forestales, que son de los bolivianos, se han convertido en propiedades privadas, que de las 1,2 millones de hectáreas de la Reserva Forestal de Guarayos, ya están desmontadas 250.000 hectáreas".






Alicia dice que hay días en que la temperatura en Guarayos llega a 42 grados centígrados. Cuando se llega a ese nivel de calor, la tendencia es que siga hacia arriba. Y los ciclos de lluvias son más intensos y más cortos, lo que hace que las precipitaciones arrastren la riqueza de los suelos que se convierten en desiertos.


Las afirmaciones de Alicia Tejada son confirmadas por otro estudio, el de Cambio de uso del suelo y sus efectos en Guarayos, que fue llevado a cabo por la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN). El informe sostiene que el cambio de uso de suelo impacta y modifica el clima local, que los datos analizados de la estación meteorológica del municipio indican que la lluvia anual disminuyó en 13% y la temperatura incrementó 0,5 grados centígrados en los últimos 38 años, conllevando a una época seca prolongada y más calurosa. 


Además, se advierte que, para el 2050 la temperatura media anual incrementará hasta 3,4 grados centígrados, y la precipitación anual reducirá en 34 por ciento en la región sur del municipio, y que todo esto derivará mayores impactos en el ciclo generador del agua.




Paúro en Ascensión de Guarayos/ Foto: Karina Segovia


Pero Alicia no necesita que llegue el 2050 para probar que una crisis ambiental se está posando sobre Guarayos. Ahora está a metros del curichi San Antonio con el que colinda La Esperanza. Es una vasija seca la que ven sus ojos. Un recipiente vacío y enorme que se pierde en el horizonte. Un punto blanco se mueve despacio entre las grietas de la superficie.


"Es un animalito que salió del monte creyendo que podía encontrar agua", dice, mientras observa cómo el viento se lleva las nubes negras y a la llovizna menuda que por unos momentos le mojó la piel y le hizo creer que se venía una lluvia bendita.




Avasallamiento en un humedal de Ascensión de Guarayos/Foto: Karina Segovia


Otro testimonio


Daniel Aeguasu recuerda que cuando era niño, en la calle de Ascensión donde está parado ahora, la gente navegaba en tiempos de lluvia y que cuando disminuían las aguas quedaba un riachuelo cristalino donde nadaban peces de colores.  "Por aquí pasaba la quebrada Yacarereitú. Ahora solo queda esto…", cuenta y se queda con la boca abierta, asombrado por todo lo que ve.


Lo que ve Daniel es un canal seco a un costado de la calle. Sin agua ni pájaros cantores porque los pájaros cantores se posaban en los árboles frondosos que ahora tampoco están.


—La gente —dice—se han ido apoderando de la vegetación, instalándose justo en los lugares donde no debían: en los lechos de aguas que secaron introduciendo cascotes y tierra construir sus casas y sus canchas de fútbol, sus mercados y abrir calles sin árboles en las veredas. Allá en el fondo, al final de esta calle había un nido de lagartos —dice —. Ahora es un lugar donde botan basura. No hay árboles, pero sí bolsas de plásticos y botellas de plásticos, y algunas gallinas que escarban la tierra seca.





El profesor Daniel Aegusu muestra la condición en que está este paúro /Foto: Karina Segovia


Daniel ya no está en esa calle que antes era un arroyo. Ahora está en otra parte de Ascensión, en un lugar que confirma que el ser humano es capaz de seguir destruyendo su ciudad y toda su cadena de ecosistemas. Se trata de una imagen apocalíptica: un curichi ha sido avasallado por loteadores que han llegado dispuestos a secarlo todo. Han llevado cascotes en volquetas y los han tirado encima de ese humedal, han tumbado árboles y han construido cuartos de madera por aquí y por allá en ese predio municipal.


Un par de avasalladores han dado su versión como habitantes de Ascensión, pero no sus nombres: “Tenemos derecho a una vivienda. Estamos dispuestos a trabajar duro para convertir el agua de este curichi en suelo seco”, han afirmado, apoyados en el tronco tumbado de un árbol.


William Cortez, el presidente de la Cooperativa de Agua de Ascensión, está enterado de esas ocupaciones que están ahogando los curichis.

"Esos humedales están en extinción. Había siete. Ahora solo queda uno. Fueron avasallados. Los hicieron desaparecer", lamenta, con esa voz de profeta de la vida que tiene y con la que enseñaba a leer y a escribir a sus alumnos cuando él era maestro de primaria.


Los curichis son humedales que cumplían un valor medioambiental y social en Ascensión. Además de ser el universo de una riqueza de flora y de fauna, alimentaban los paúros o vertientes de donde los pobladores sacaban agua para beber o para las labores de la casa. 


En varios lugares del pueblo, donde antes los vecinos acudían a gozar de las aguas de estas fuentes naturales, solo quedan las lavanderías que en sus mejores épocas fueron instaladas para lavar la ropa y para que los vecinos de Ascensión socialicen, y para que los niños chapoteen en las aguas frescas de las vertientes.




Las lavanderías en paúros secos/Foto: Karina Segovia


William Cortez explica que en el subsuelo hay bolsones con agua que dependen de los curichis, y de otros humedales que proporcionaban agua al pueblo. La Cooperativa que él dirige, durante años ha venido perforando pozos para abastecer de agua a las viviendas, pero se dieron cuenta que a medida que fue pasando el tiempo y los curichis eran ocupados, el agua de esos pozos se fue secando debido a que los humedales fueron siendo invadidos por el hombre.


"El último curichi que queda mide 96 hectáreas. Pero lamentablemente ya ha sido invadido y sus invasores han ocupado ya 40 hectáreas", denuncia Cortez. Esa vertiente alimenta el pozo que tiene la Cooperativa como reserva para cuando la represa por desgracia llegue a secarse en cualquier momento.


La posibilidad de que la represa agote sus aguas no es una advertencia sin fundamentos. Edwin Cortez recuerda que hace tres años hizo una denuncia sobre la deforestación que está sufriendo la cuenca del río Zapocó por manos de colonos y de terratenientes que deforestaron para extender su producción ganadera. 


El presidente de la Cooperativa de Agua de Ascensión, puntualiza que, de los 28 barrios de Ascensión, tres sufren desabastecimiento porque el agua ya no llega con impulso hasta las casas de esos 2.000 vecinos.  "El agua de los curichis, de las vertientes, de los pozos, era un líquido precioso, limpio", dice con un dejo de nostalgia.


Ahora el agua que beben en Ascensión proviene de la represa que está a tres kilómetros del pueblo y cuyo río del que se alimenta está en su nivel más bajo.

"Estamos consumiendo agua tolerable. Solo que a veces el cloro es insuficiente", aclara.





Humedales secos en Guarayos/Foto: Karina Segovia


Urubichá


Dos horas al día. Ese es el tiempo que las casas de Urubichá tienen acceso al agua a través de un grifo. El líquido sale de 7:00 a 8:00 y de 18:00 a 19:00. A veces puntual, a veces llega con demora. Pero dos horas no son suficientes para que los más de 7.000 habitantes puedan satisfacer su derecho humano y universal de acceso al agua. 


Cuando ya se acerca la hora, hay familias que encargan a uno de sus miembros para que se plante a los pies del grifo y esté alerta tras que empiecen a salir las primeras gotas de agua. Entonces, el vigilante suele gritar: Agua, agua. La mamá, o el papá, o la abuela, corre para llenar los baldes y las ollas y por lo menos medio turril. Lo que logran juntar lo guardan como oro y lo priorizan para beber y preparar la comida, para lavarse las manos y bañarse.


La tarde se está yendo en este municipio que se encuentra en la provincia Guarayos, a 45 minutos en vehículo de Ascensión. María Ureyu disfruta los últimos rayos del sol sentada en una silla de madera, en el patio de su casa. Ahí lava su cuerpo de 83 años. Lo hace con una taza en una mano y con un jaboncillo en la otra. El líquido lo deja caer con esmero sobre su humanidad, como si estuviera regando una planta. Un rito higiénico que realiza con placer religioso, cuidando que cada chorro de agua la limpie para luego irse a la cama.


Peregrina Aeguasu, la hija con quien vive María, admite que el agua con el que se abastecen no siempre alcanza, que a veces, cuando se le ha ido las manos lavando ropa, se topa con la triste noticia de que los recipientes están vacíos. Cuando eso ocurre, tiene que ir a un pozo de agua que está a cuatro cuadras de su casa y bombear a pulso el líquido elemento. Ese pozo les abastecía en los tiempos cuando no había cañería domiciliaria. Ahora está ahí, vigilante y pendiente para socorrer cuando las vasijas se quedan sin agua.


La explicación que dan los vecinos sobre esta problemática, es que debido a la pandemia del coronavirus, muchas familias no tienen ingresos económicos y que por eso no pueden cumplir con el pago de sus facturas. Al no pagar por el servicio, no pueden comprar el suficiente combustible para bombear durante todo el día el agua que impulsa el agua hasta los domicilios.


El río Blanco pasa a tres kilómetros de la plaza de Urubichá. Es un brazo angosto que recibe a muchos bañistas con lo último de agua que tiene. La gente se va a refresca porque el calor de la tarde se pone más insoportable cuando en casa no hay con qué bañarse. Una lancha de madera yace en la arena, abandonada como un animal prehistórico, golpeada por el sol y lejos de las garzas que se dan modos para picotear muy cerca de los humanos.


 *(Esta crónica es un producto periodístico elaborado por la Fundación Tierra, escrita por Roberto Navia Gabriel).




Comentarios