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Molestia en las redes sociales; tumultos en la vía pública. Esa fue la fórmula que preponderó en los primeros días de una cuarentena supuestamente ordenada.

EL DEBER recorrió desde el centro de la ciudad hasta los barrios para verificar si se cumplían las medidas dictadas para esta semana, como parte de la flexibilización del confinamiento. Sin embargo, las dos semanas previas ya eran una especie de augurio: todo el mundo estaba en la calle y apenas se veían uniformados ejerciendo el control respectivo.

Lo que ocurrió a partir del 6 de julio simplemente fue consagrar y perfeccionar la indisciplina ya conocida.

Probablemente el centro de la ciudad y el primer anillo estuvieron entre las zonas más tranquilas en los primeros días de ablandamiento de la cuarentena rígida, con excepción del mercado Los Pozos, donde los ambulantes han vuelto a asentarse en la vía pública, como en los viejos tiempos, ‘cachivacheros’ incluidos.

Y mientras las empresas alimenticias de la zona, legalmente establecidas, hicieron el esfuerzo de acatar el distanciamiento social y el envío de comida, en las pensiones la gente se agolpaba para conseguir una mesa donde comer, con el barbijo en el mentón y los dedos en la boca.

Las críticas mediáticas y virales se enfocaron en los micros, muchos choferes violaron las disposiciones y por eso les retuvieron los vehículos y les impusieron multas de Bs. 2.000.

Las infracciones más frecuentes, según Gustavo Villaforte, director operativo de Tránsito, tuvieron que ver con sobrepasar el 60% de la capacidad de los buses, por salir sin respeto por la numeración de las placas, por admitir pasajeros sin las medidas de bioseguridad y realizar transporte interprovincial, servicio que inicialmente estaba agendado para el 13 de julio.

Paralelo a los esfuerzos de las autoridades por vaciar los micros para evitar la propagación del virus, el tiempo de espera en la vía pública se prolongó y las paradas recibieron aglomeración de gente, sobre todo en puntos como la Plaza Ñuflo de Chávez (Cementerio General), barrios alejados, zonas aledañas a mercados y ciudadelas, donde una que otra comida callejera estaba a la orden del antojo.

Ya la alcaldesa interina Angélica Sosa había anticipado que, de generarse estas aglomeraciones en las paradas, a partir del 13 de julio la restricción de vehículos sería por horarios, y ya no por placas.

Cuando la atención generalizada se posaba en los conductores de micros, los taxistas, desesperados por recuperar el tiempo ‘perdido’ en la cuarentena, empezaron a hacer su agosto en pleno julio. Muchos salieron a trabajar los primeros días, independientemente del último dígito de la placa, y de las recomendaciones para garantizar la bioprotección ajena, y también la propia. Por supuesto que también hubo las excepciones.

En el Plan 3.000 se vio el más preocupante de los escenarios, considerando que la curva de la pandemia está en la fase de ascenso.

Se mantuvieron los puntos tradicionales de bolleos, como la curva y la rotonda, que explotaban de gente comprando o vendiendo algo, o simplemente esperando el transporte público. Y si este no llegaba, la ciudadela siempre tiene alternativas, como las carrozas jaladas por agobiados caballos, en las que cabían incluso más de seis personas. Por cinco bolivianos, los equinos trasladaban a cada pasajero, desde la rotonda hasta el mercado Guapurú. Los mismos carruajes también estaban disponibles para carga no humana, como ladrillos y, dependiendo de la encomienda, la tarifa cambiaba.

Los mototaxistas, en esquinas específicas, se amontonaban y desfiguraban cualquier posibilidad de distanciamiento social.

Otro punto digno de atención se ubicó en La Pampa de la Isla, donde ha sido tal el embotellamiento, que pareciera concentrar buena parte del parque automotor de la capital cruceña, y los malos hábitos de conducción. Al mismo tiempo, los vendedores ambulantes llenaron cada día las aceras, con todo tipo de productos.

El control que se mostró el día 1 de la cuarentena ordenada o dinámica, a primeras horas de la mañana en noticiarios, desaparecía entre mediodía y dos de la tarde, para reaparecer en el horario límite de circulación, después de las tres de la tarde.

El recorrido de EL DEBER en ese periodo no encontró efectivos policiales ni militares ni gendarmes municipales.

Los negocios

Con la pandemia, algunas empresas, sobre todo las de intangibles, ya ejercitaron por más de 100 días el trabajo remoto y se mantienen en esa línea, al menos hasta que disminuya el riesgo por el Covid-19.

El caso de las industrias es distinto. Desde antes de la cuarentena dinámica ya estaban trabajando; sin embargo, con la bandera de partida del 6 de julio, las 370 empresas del parque industrial volvieron a operar, siguiendo las normas establecidas por la Alcaldía. Jorge Cwirko, presidente de la Asociación de Empresarios del Parque Industrial de Santa Cruz, adelantó que la recuperación de su sector estará sujeta a la demanda de la población.

Los dueños de negocios menores salieron como si el mundo se acabara. Entre ellos estaban los vendedores de ropa, zapatos, artículos de ferretería, etc. Por ejemplo, en la zona de la avenida Brasil, nuevamente se apropiaron de la vía pública, hasta que llegaron los gendarmes municipales, acompañados de funcionarios de la oficina de Espacios Públicos. El esfuerzo fue en vano, ni bien se dieron la vuelta, los productos a la venta, una vez más, se instalaron en las aceras, sus vitrinas ‘implícitas’.

Patricia C. tiene una tienda de ropa, aprovechando que está en una zona residencial con poco control, ya estaba atendiendo por tres veces a la semana, dos semanas antes de que se flexibilice la cuarentena. Se le acabaron los ahorros y no tuvo alternativa, dice.

Sus clientas, ya conocidas e informadas a través de las redes sociales, asistían a puerta cerrada. “La venta no es normal, pero con vender algo ya está bien”, se resigna. Tiene claro que la plata no sobra y que a los bolsillos les tomará un buen tiempo recuperarse.

En el caso del estudio de abogados Aliaga Ribera, para el reinicio de actividades, los directivos difundieron entre sus clientes un protocolo, que incluía videollamadas para el informe del avance de los casos y atención presencial solo por medio día, y previa coordinación de agenda.

Otra es la realidad de los centros de abastecimiento, como los mercados Mutualista y La Ramada. El caos volvió a sus andanzas en esos lugares, donde la gente satisface sus necesidades más básicas, pero donde también tiene un alto nivel de exposición por la cantidad de personas con muy poca distancia de por medio.

En cuanto a las oficinas públicas, Migración abrió a partir del 6 de julio, de 7:30 a 13:00, según el director departamental, Luis Reyes, se estuvo atendiendo todo tipo de trámites, desde las permanencias hasta visas y pasaportes. En los primeros días de ablandamiento de la cuarentena rígida, las oficinas de Migración de la calle Potosí tuvieron una importante afluencia de gente.

El Servicio de Registro Civil (Sereci) también abrió sus puertas, previa cita programada a través del call center, con reforzamiento del empadronamiento, con miras a las elecciones generales.

Las oficinas del Servicio General de Identificación Personal (Segip) permanecerán cerradas hasta el 20 de julio, debido a la cantidad de trámites que procesan a diario: 4.500 en el departamento. La reactivación será con un protocolo de bioseguridad.

Las evaluaciones

El primer día de la cuarentena ordenada coincidió con los 1.212 nuevos casos positivos de Covid-19 y 42 fallecidos en el país. con eso, Bolivia rompió la barrera de los 40.000 contagios.

Esa cifra oficial no cuenta la gran cantidad de casos no registrados por la falta de acceso a pruebas de laboratorio. En Santa Cruz, los casos bajaron en la misma jornada, a 201 (antes el promedio era de medio centenar).

“Hemos dado una oportunidad de que la gente pueda llevar el sustento a sus hogares, pero Santa Cruz de la Sierra sigue estando en riesgo alto”, aclaró Angélica Sosa en una primera evaluación.