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Momentos del ayer hoy quiero recordar mi viejo Santa Cruz”, dice parte de una canción de José René Moreno en la que se menciona al Tambo Hondo, ubicado en la calle Manuel Ignacio Salvatierra, el único que perdura hasta nuestros tiempos, de los más de 40 que hicieron de residenciales en la década de los ‘40, donde viajeros, comerciantes y familias que llegaban de las provincias a la capital cruceña en busca de mejores días encontraban un lugar donde hospedarse.

Con mucha nostalgia, Luz Herrera Giménez (80) y Rosa Paredes (83) recuerdan todo que vivieron en la casa que conserva casi intacta su infraestructura tradicional y logra ‘mantenerse de pie’, a pesar del paso del tiempo de casi un siglo. Su nombre se debe a que el piso tenía un desnivel de casi un metro, que después fue cubierto con un sobrepiso, y ahora ese espacio funciona como un drenaje.

Las habitaciones de abobe y construidas de manera uniforme dan a un pasillo largo, que hacen que quienes visitan el lugar sientan que están en un rinconcito de la Santa Cruz de antaño.

Ambas mujeres llegaron siendo niñas con sus familias que buscaban nuevas oportunidades en la capital. Son las dos vivientes más antiguas del tambo, que echaron raíces en el centro cruceño, donde formaron sus propias familias, a quienes les han heredado los lazos fraternales y de amistad que se establecían entre quienes se hospedaban en este tambo, aunque reconocen que los años no han pasado en vano y la modernidad ha cambiado el estilo de vida de las nuevas generaciones.

De carácter afable y sonrisa amplia, doña Luz recuerda cómo era la vida en Tambo Hondo, en los tiempos cuando la ciudad apenas llegaba hasta el primer anillo, las calles eran de tierra y por ellas transitaban carretones jalados por bueyes.

“Éramos una sola familia. Quien llegaba al tambo era recibido como si fuera parte de la familia, compartíamos todo, hasta los víveres. La gente era afortunada de llegar aquí, la gente era muy trabajadora. Recuerdo que aquí se hacía pan y se echaban los carbones al suelo porque todo el piso era hondo”, cuenta, mientras señala el lugar dónde era la cocina y que ahora hay habitaciones de dos plantas.

Doña Luz recuerda que llegó al lugar cuando tenía solo ocho años de edad, junto a sus hermanos y a su mamá, que había quedado viuda. Señala que un accidente en la serranía de Sararenda en Camiri acabó con la vida de su padre y obligó a la familia a migrar hasta Santa Cruz de la Sierra.

“Llegué siendo muy chica y he vivido toda mi vida en este lugar. Aquí formé mi familia, tengo cuatro hijos y soy muy feliz”, dice entre risas. Vive con su hijo menor, en un cuarto que conserva el estilo tradicional.

Recuerda que el lugar era también posada de quienes llegaban hasta la capital para abastecer de leña a las familias cruceñas, porque para entonces no se conocía la cocina a gas.

Venía gente en carretones a vender leña y como antes no había mucha gente ni se sabían de robos, los carretones con leña ‘dormían’ afuera (en la calle) y por la mañana los leñadores salían a venderla en el mercado, que estaba por la plaza principal. Había gente que también llegaba hasta aquí a comprar su jase de leña”, cuenta doña Luz.

Se ríe a carcajadas cuando cuenta las veces que caminó descalza hasta el mercado, acompañando a su madre que trabajaba haciendo pan, o cuando junto a sus hermanos, se trepó a un carretón para ir al mercado o a cualquier otro lugar que su mamá la mandaba. “Venían carretones de la Cañada y otros lados”, comenta.

Dice que en aquel entonces el propietario de la vivienda era un cruceño, de quien no recuerda el nombre. Después pasó a manos de don Ambrosio Villarroel, que vendió el inmueble por partes a distintos dueños, pero quedó una parte con la forma antigua y con varios dueños.

“Mi hermano le compró a don Ambrosio un cuarto a facilidades de pago y así la gente fue comprando por partes. El tambo abarcaba casi un manzano entero y con el tiempo solo quedó esta parte, que se mantiene casi intacta”, dice.

Rosa Paredes llegó a la capital cruceña desde San José de Chiquitos cuando tenía apenas 8 años de edad y formó su hogar con cuatro hijos. Es viuda, pero su compañero de vida era de Porongo. Cuenta que la gente llegaba a buscar trabajo a la capital cruceña y la gente se hospedaba por días o meses. “Llegaban los carretones a vender su leña y se llevaban sus víveres”, cuenta.

Rosa buscó el sustento de su familia y no reculó a ningún trabajo, por eso fue niñera, panadera y costurera.

Recuerda que las calles del centro eran tan seguras que todos podían jugar sin temor, cosa que no se puede hacer en estos tiempos. A veces hay que cerrar las puertas a las 18:00 porque los palomillos y viciosos circulan por las calles.

Recuerda que los corredores se llenaban de vecinos que buscaban refrescarse y descansar por las noches, incluso hasta la medianoche, mientras que ahora desde las 20:00 todo se queda silencio porque hay pocos vivientes y los negocios también han disminuido.

“La gente pasaba y se detenía a charlar, porque también uno se conocía hasta con los que llegaban desde las provincias para vender sus productos”, recuerda.

Un lugar cargado de historia

Su hija Jenny Rodríguez tiene 53 años y toda su vida vivió en este tambo y es orgullosa de sus raíces, porque su madre es de San José de Chiquitos y su padre de Porongo.

Recuerda que esas épocas no había grandes hoteles ni alojamientos como en este momento, por lo que era normal llegar y pedir cobijo de alguna familia.

Todos los recuerdos de su niñez la llevan a este tambo, incluso manifiesta que el terreno era más grande, pero ahora está reducido y lo comparten con las nueve familias que son propietarias.

Jenny cuenta que había otros tambos que con el tiempo fueron desapareciendo, y aunque ahora son los únicos, eso no les trae beneficios, porque no reciben incentivos para realizar mejoras y deben pagar los impuestos que son elevados.

El lado izquierdo del tambo conserva todo el material antiguo, es decir, mantiene el adobe, pero la parte derecha, donde eran las cocinas a leña, se han convertido en nuevos ambientes que tienen hasta dos plantas.

“Recuerdo que mi mamá daba pensión y tenía sus dos hornillas de barro donde cocinábamos a leña, pero ahora todo ha cambiado”, indicó.

Por lo menos cinco familias de las nueve que viven en el tambo tienen parentesco con Jenny, por lo que también favorece que lleven una convivencia familiar y muchos de sus primos han nacido y crecido en este lugar cargado de historia, pero principalmente de recuerdos de la Santa Cruz de antaño.

Doña Luz destaca el estilo original de su vivienda. “Ya no quedan viviendas como estas, las paredes son de adobe. La casa tiene como cien años y está bien”, agrega.

Doña Luz también entra en el debate de si se debe o no cambiar la loseta del centro cruceño. Es de las personas que piensa que eso no debe ser tomado a la ligera, pues, si bien es cierto que algunas ya han cumplido su vida útil, también hay que considerar que son parte de la historia de Santa Cruz de la Sierra.

“Yo ví cuando pusieron las primeras losetas en esta calle (Manuel Ignacio Salvatierra), era la novedad en todo el pueblo porque significaba que estaba llegando la modernidad”, comentó.

Los vivientes del lugar destacan que es el único de los tambos antiguos que quedan en Santa Cruz de la Sierra. Si bien Tambo Comercio, Tambo Tigrillo y Tambo Bruno conservan la fachada, han sufrido la destrucción de la mayoría de sus habitaciones o, en todo caso han sido sustituidas por casas de material. Prácticamente han desaparecido.

Algo que preocupa a los vivientes es la inseguridad que se ha apoderado del centro cruceño. “Antes la gente dejaba las puertas abiertas y ahora eso es imposible”, comenta Rosa.

Asegura que su momento hubo autoridades interesadas hacer las gestiones para declarar patrimonio histórico al Tambo Hondo, pero eso no prosperó.

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