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El sábado 24 de octubre, la comunidad Misioneras Auxiliares de la Iglesia festejaba la vida de la madre Mercedes Cirilo Solans. La religiosa celebró 100 años de vida y lo hizo junto a la comunidad de fe y vida.

Madre Mercedes nació en Artesa de Segre, en la región de Cataluña (España), y desde hace 46 años se instaló en Santa Cruz de la Sierra con el firme compromiso de contribuir en la obra pastoral y misionera de la Iglesia católica. En poco tiempo, su actitud cariñosa y su cercanía le permitió ganarse el corazón de mucha gente.

“He tenido una familia donde abundaba el amor, el dinero era muy justito, pero yo no me enteraba de nada. Mi mamá se daba modos para que sus hijos vivan de lo más felices. Era una santa de verdad y mi papá era un hombre muy generoso”, relata Mercedes al recordar a sus progenitores y sus tres hermanos.

Es una misionera de vocación. Recibió la primera comunión a los 9 años. “El Señor me hizo como un regalo porque tuve la necesidad de recibir a Jesús todos los días, desde entonces”, cuenta ella. A los 20 años se unió al Instituto Misioneras Auxiliares de la Iglesia al que pertenece hasta el día de hoy, entregándose al cuidado de enfermos, la atención de las familias y la catequesis.

Actualmente, colabora en la capilla Corazón de Jesús de la parroquia San Roque, a cargo de los Padres Redentoristas. Sin embargo, sus primeros pasos en Santa Cruz la llevaron por el barrio Las Américas, en la parroquia María Reina de las Américas. Allá comenzó con sus primeras catequesis y dedicó tiempo para la atención de enfermos y familias necesitadas con una encomiable entrega amorosa.

De aquellos años recuerda situaciones de pobreza y sufrimiento. “¡Cómo sufrían las mujeres, pero cómo reían!  Era algo que me llamaba la atención. Me decían: 'Madre, aquí estamos para gozar, cuando llegamos a la casa es otra cosa'”, recuerda la religiosa de su actividad en Las Américas. Con el dinero que su familia y amigos le enviaban desde España pudo atender necesidades básicas de la gente en vivienda y agua potable.

“La historia de mi tía es una historia de amor. Nos amó como una madre a mí y a mis hermanas. Cuando mi mamá se casó, mi tía Mercedes y mi abuelo vinieron a vivir con nosotros. Los recuerdos que tenemos de ella son de todo amor. La quisimos mucho y ella a nosotros. Cuando la destinaron a Bolivia como misionera, lo sentimos muchísimo”, narra Gloria, sobrina de Mercedes, a quien llama cariñosamente “mi tieta”, el equivalente en catalán a “tía”.

“Hay muchos caminos para llegar a Dios, yo he seguido el mío”, reflexiona madre Mercedes, transmitiendo devoción y entusiasmo a todos quienes hablan con ella, de manera especial a sus catequistas, a quienes ha dado la vida y la conocen mejor que nadie como la madre Mercedes.

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