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En casa reina el matriarcado. Desde hace dos décadas no conocen otra forma de hogar.

La supremacía femenina nada tiene que ver con formas de pensar, simplemente sucedió. Desde hace muchos años, Juanita Estévez se hizo cargo de sus cuatro hijos, tres mujeres y un varón, hoy adultos.

Le tocó aprovechar su talento culinario para ganarse la vida, prepara empanadas y platos criollos. Hoy, su compañera de días es una de sus hijas, Glenda Algarañaz, y la hija de esta, Yenka Algarañaz. A Glenda también le tocó salir adelante con su única descendiente, niña de sus ojos, que ya es toda una mujer y destacada profesional filmmaker en importantes desfiles de moda.

Viven sonriendo, vendiendo -y también invitando- sus delicias a quien las visita, y rescatando gatos abandonados y enfermos. Cada día construyen su propio cielo.

“Nos crio con mucho amor e inocencia, es muy querendona de sus nietos y de los animales. Por mucho tiempo se hizo cargo del hogar, me ayudó a criar a mi hija”, dice Glenda, que heredó de ella la eterna sonrisa, que se impone a cualquier dificultad.

Cada día, Gloria Flores (62) emprende el viaje al mercado ubicado en la entrada al Plan 3.000 desde su cuarto en alquiler, en el barrio Cupesí Terrado.

Sube su silla de ruedas al micro y se dirige a vender tarjetas telefónicas. A veces la acompañan su nuera, Pamela Rocha, y sus cuatro nietos, uno de ellos con capacidades especiales.

Cuando le va mal en las ventas, pide colaboración. No se avergüenza, lo hace cuando realmente no consigue lo necesario para salvar el día. Esta adulta mayor tiene que armarse de valor para sostener a la familia que su hijo no cuidó. Y no es impedimento haber perdido una pierna debido a la diabetes.

Pamela le ayuda limpiando casas, lavando ropa y atendiendo a sus hijos; al que tiene discapacidad no ha logrado inscribirlo al colegio, lo rechazaron, y le recomendaron buscar un centro educativo “especial”. No sabe qué hacer con él.



Glenda Algarañaz y Juanita Estévez, hija y madre. Cada cual a su turno, asumió el desafío de ser jefa de hogar. Les ha ido muy bien en equipo.

Gloria y Pamela son dos adultas apoyándose una a la otra, la suegra a la nuera y viceversa. Por ahora, solo se tienen ambas, y a los bonos de la tercera edad y de los niños en etapa escolar, que han sido sus tablas de salvación en pandemia, criticados por quienes tienen ingresos fijos, pero considerados ‘agua bendita’ por los que requieren exorcizar la pobreza y el hambre de sus mesas.

Andrea Abacay nunca fue rica, pero tenía, con sus dos hijos, una empresita familiar de cielos falsos que les resolvía los días.

Su vida dio la vuelta de forma radical cuando el menor de sus descendientes, Alfredo Iraipi (34), empezó a mostrar problemas médicos. Nunca pensaron que lo que empezó como fiebre, mareos y pérdida de cabello se convertiría en una parálisis casi total del cuerpo. El diagnóstico, arteriosclerosis múltiple, una enfermedad autoinmune para la que aún no hay explicación científica.

Tuvieron que vender todo y hoy, cada día, Andrea vive de limpiar casas y lavar ropa, trabajos que le permiten juntar algo de plata y tener tiempo para atender a su hijo, que requiere pañales y sondas.

Alquilan un cuarto en la Villa Primero de Mayo, ahí están más seguros que en la anterior casa, en Los Chacos, donde no pagaban por la vivienda, pero las pandillas les apedreaban el techo y los tenían aterrorizados.

Ayer, a las cuatro de la tarde, Andrea y Alfredo no habían almorzado porque no consiguieron la ganancia del día. Estaban esperando que el hermano de Alfredo, que tiene su propio hogar, les llevara algo para la mesa.

No saben qué les depara el Día de la Madre, aguardan por algún milagro, como sucedió en Nochebuena, cuando la dueña de un restaurante preparó comida especial para familias necesitadas. Y ellos resultaron beneficiados con las delicias.

Alfredo se conforma con una donación de pañales para adultos y de sondas, ya que por la parálisis no tiene control sobre sus necesidades fisiológicas.

Un sueño ya un poco más alejado de las posibilidades de Andrea, al menos por el momento, es que su hijo reciba un tratamiento con inmunoglobulina. Tiene la esperanza de que con eso mejore, al menos un poco, pero cada dosis está por encima de los Bs 2.000.

Por ahora, exacerban la nostalgia mirando -y compartiendo- fotos de los trabajos que hacían en familia, los cielos falsos, cuando Alfredo hacía gala de su juventud y de su mayor patrimonio, la salud. Andrea también espera que Alfredo pueda ver nuevamente a su hijo de ocho años, que está en Montero.

Según ella, la esposa de Alfredo se fue debido a la enfermedad de este, y terminó llevándose al niño, al que no ven desde entonces.

“Dios va a querer que haya ayuda porque realmente hay días en que ...trato de ser fuerte, si esto no me ha matado es por algo; voy a luchar”, dijo Alfredo, esperanzado en que la historia de su familia tenga un vuelque.

Hace poco que Petrona Atiaré (63) perdió a Ingrid Chonono, una de sus cinco hijos, por culpa de un cáncer de mama que hizo metástasis.

Ingrid dejó en la orfandad a cuatro niñas, de 14, 9 y 7 años, y una bebé de diez meses. Petrona se hizo cargo, se las quitó al papá, que tenía problemas con el alcohol.

La abuela apenas tiene una pequeña renta, y a pesar del tamaño de la responsabilidad, no le hizo lance. Tomó a las niñas y pidió ayuda para sacarlas adelante.

María Elena Chonono, una de las hijas de Petrona, es la que más le colabora. Hoy cobija en su casa a las pequeñas, les ayuda en sus clases virtuales, y se da modos para atenderlas, además de sus dos hijos, y de su ocupación como comerciante que lleva mercadería a Beni.

“Ellas están sanitas, gracias a Dios, como mi mamá es de la tercera edad, tengo que ayudarla con el tema de las clases virtuales. Sí necesitamos ayuda, no nos falta alimento, pero sí leche y pañales para la más chiquitita; además, no tiene ni el certificado de nacido vivo porque ella nació en casa, en plena pandemia”, dijo María Elena.

En este momento pelean la custodia, dicen que el papá las usaba para pedir ayuda y que la abuela y la tía lo único que desean es que disfruten su niñez en paz.



Andrea y su hijo Alfredo. Sueña con verlo caminar como antes.

Las estadísticas del INE

Entre 2011 y 2020 se ha notado una clara tendencia a que las mujeres asuman el rol de jefas de hogar, situación que se acentúa todavía más en el área urbana, con respecto a la zona rural.

De los nueve departamentos. Tarija encabeza la lista de los que siguen esta tendencia, de acuerdo al informe presentado por el Instituto Nacional de Estadística (INE). En 2011 tenía 24,3% de los hogares con mujeres encabezando las familias, porcentaje que en 2020 aumentó a 31,6%.

Le sigue Beni, que en 2011 tenía el 20,3% de las casas al mando de una mamá, mientras que en 2020, la cifra se elevó a 27,3%, con una diferencia de 7%.

Después viene La Paz, que de tener 20,9% de hogares matriarcales en 2011, el año pasado alcanzó 27,2%, mostrando un incremento de 6,3%.

Santa Cruz ocupa el cuarto lugar, al pasar de 22,7% hace diez años, a 28,6%, con un aumento de mujeres como jefas de hogar que equivale al 5,9%.

Luego está Cochabamba, que aumentó un 4,8%, del 23,8% en 2011, al 28,6% en 2020.

En el puesto seis está Chuquisaca, con un incremento del 4,5%, al ir del 23,7% en 2011, al 28,2% el año pasado.

Oruro elevó sus estadísticas un 4,1%, cuando pasó del 24,7% en 2011, al 28,8 en 2020.

Los departamentos con los indicadores más bajos son Potosí, con un aumento del 2,2%, y Pando, con el 1,3%.

En cuanto al tipo de área, son las urbanas donde las mujeres pasaron a encabezar de forma más notoria los hogares. En 2011, el 24,7% de los hogares eran matriarcales, cifra que en 2020 se elevó a 30,8% (6,1% más).

En la zona rural, en 2011 era de 18,7% y en 2020 subió 3,5%, al alcanzar 22,2%.



Petrona con sus cuatro nietas, la más chica de diez meses



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