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María Janeth Égüez Serrate es abogada de profesión y la esposa del comandante de la Policía, coronel José Enrique Terán. Cuando el virus del Covid-19 llegó como el enemigo silencioso y estaba en su máxima expresión, Terán fue atrapado por la terrible pandemia el 25 de mayo.

Casi de inmediato tuvo que ser internado en un centro médico, pero al mismo tiempo cayó también afectada su esposa y sus tres hijas, dos mellizas de 22 años, y la otra de 17, que se vieron obligadas a aislarse en su casa.

Al preguntarle sobre lo que vivió junto a su familia, su voz se entrecortó, pero al mismo tiempo dijo que fue una de las pruebas más duras que Dios les puso en el camino, para bien.

Recuerda que su esposo, trabajó tanto que ya no había forma de detenerse por la necesidad de la gente. 

“Las últimas dos semanas, antes de que lo internen a mi esposo, vi que incluso ya no venía a dormir, pues se quedaba en el Comando para precautelar nuestra salud”. Su esposa relató que cuando Terán estaba recibiendo las primeras atenciones médicas, se enteró que una de sus hijas dio positivo, eso agravó la situación, le afectó y los médicos lo derivaron a terapia intensiva intubado.

María Janeth Égüez, recuerda que su esposo, el coronel Terán, desde que empezó la pandemia no se explica cómo pudo aguantar tanto trabajo. 

“Era increíble ver cómo mi esposo fue tan solidario con la gente y apasionado por su trabajo. Recuerdo tanta necesidad de la gente pobre y mi esposo se trasladaba a cualquier hora a dejar víveres, a socorrer a gente humilde que cada día pedía ayuda. Había personas que pedían ayuda, estaban sin comer con sus hijos, en barrios alejados y mi esposo estaba ahí”. 

Vivimos días interminables

“Sentimos mucho temor, nosotras aquí con Covid-19 y mi esposo en terapia. Vivimos días interminables, lo que hicimos fue orar fervientemente, implorar a Dios de rodillas. Recibimos la solidaridad de la gente, pero cuando yo me puse muy mal con mis hijas también sacamos fuerzas para orar y suplicar y aplicarnos remedios caseros y de la medicina. 

Nuestra fe siempre estuvo firme y estoy segura de que experimenté la presencia del espíritu santo en nuestras vidas”. Recuerda que la recuperación de ella y de sus tres hijas fue casi a la par con la de su esposo durante más de dos meses. 

Había tanto que hacer por ayudar a la gente, recuerdo que el chofer de mi esposo también cayó, yo lo llamaba de manera constante para alentarlo y salió adelante; sin embargo, muchos murieron.

El 27 de julio Terán fue dado de alta y regresó a su casa. “Fue una alegría y entendimos que Dios nos dio las fuerzas. Nos quebramos durante la enfermedad y cuando mi esposo regresó había perdido 20 kilos de peso, fue terrible. 

Entendimos que, si como cristianos cada día orábamos, hoy le suplicamos, de rodillas; nuestra familia experimentó que debe estar más unida y en permanente intimidad con él. Tenemos mucho camino por recorrer, debemos seguir cuidándonos, siempre con fe y saber que preservar nuestra familia es lo más importante.

El Covid-19 es lo peor, afecta lo físico, lo espiritual y lo emocional, lo vivimos en carne propia. Cuando el dolor nos deja una enseñanza, vale la pena sufrir, y en mi caso valió la pena”.