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En medio de la entrevista y de la protesta le robaron la mochila con sus documentos personales. No solo le toca viajar desde Trinidad con sus dos hijos para que la atiendan, también tiene que pedir dinero.

El cuello de Rosalía Pedraza está lleno de ronchas. Aunque parezca exagerado, no tiene para comprar antialérgicos después de su quimio y el Oncológico está con la farmacia vacía, no hay ni jeringas.

Cuando le diagnosticaron cáncer de mama en 2015, su esposo la abandonó y ahora se busca la vida vendiendo empanadas, cuando puede, ya que su cáncer hizo metástasis. Sin embargo, es optimista, “nunca digo que voy a morir, pienso en positivo”, dice.

Por ahora se aloja en un cuarto en alquiler. La propietaria de la casa, al conocer su historia, le bajó el precio de Bs 500 a 200, le presta su cocina y la arropa en su solidaridad.

Al ver a Roxana Velasco encabezando la protesta afuera del Oncológico, es difícil creer que entró a los tratamientos cuando estaba en etapa 4.

Es mamá de tres, uno de ellos con discapacidad, abogada de profesión, cuando no está hundida en el dolor sale a realizar algún trabajo en ese ámbito, pero en general, sobrevive vendiendo sándwiches a sus vecinos y también preparando comida.

Los ojos se le humedecen cuando recuerda que el año pasado eran más sus compañeros de protesta, ya partieron siete, por culpa del cáncer.

Llora también cuando recuerda que la enfermedad tiene marcada a su familia. Perdió a su mamá a los seis años por cáncer, y su padre tiene la misma patología, “pero gracias a Dios se lo pudo asegurar en la Caja. No todos tenemos esa posibilidad”, dice.

En medio de lo que le toca vivir, dice que da gracias a Dios porque ella sigue con vida, “yo perdí a mi mamá en este mismo hospital y cada día bendigo ver a mis hijos crecer”, se emociona.

Al hijo de Ana Figueroa le detectaron leucemia a los 11 años, hoy tiene 18, pero sigue asistiendo a controles, y ella a las protestas. “No quiero que nadie más sufra lo que nosotros pasamos”, dice sobre su involucramiento con la causa.

En la miseria

Todas estas mujeres dicen que solo se consiguen las cosas protestando. Que la ambulancia les costó tomar de rehén a un ex ministro de Salud, y cinco días en la calle. Pero ahora, la ambulancia no tiene gasolina, y solo un chofer.

El director del hospital, Nelson Béjar, dice que el administrador tiene que conducir la ambulancia cuando acaba el turno del chofer, que con la pandemia se les complicó la vida porque las 60 camas, antes de la habilitación del domo, no alcanzaban. “Dejábamos ir a los pacientes terminales, morían en sus casas”, confiesa.

Béjar cuestiona que el Oncológico sea un establecimiento de cuarto nivel, tratado como tercero.

“Este es un hospital de cuarto nivel, pero por razones políticas lo han puesto en tercer nivel porque si figuramos como cuarto, dependeríamos del Ministerio de Salud. Aparentemente, no quisieron meterse con el cáncer y se lo clavaron a la Gobernación”, explicó.

Sobre la protesta, el director dijo que el desembolso de los recursos del Sistema Único de Salud (SUS) para la compra de remedios recién se hizo efectivo, de parte del nivel central, hace como cinco días, y que les toma un par de días más cumplir con los procedimientos administrativos para las compras. “En ese tiempo la farmacia volverá a estar llena”, aseguró optimista.

Incluso con los recursos, que debieron desembolsarse en enero, los pacientes seguirán pagando la parte más dura, los remedios para quimioterapia, de sus bolsillos, como pasa desde siempre. “El SUS fue una decisión mal organizada y eleccionaria”, dijo.

Para él, el Oncológico trabaja con la miseria y sin los voluntariados, que llevan 40 años, no tendría posibilidad alguna de seguir en pie. Mientras tanto, hay listas de espera de tres meses para el acelerador lineal y las cirugías.

Algunos mueren en la espera.

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