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“Gladys, ¿dormiste?” - “No doctor, no pude dormir” - “Yo tampoco” Este corto diálogo demuestra cómo el doctor Óscar Urenda, secretario departamental de Salud de la Gobernación de Santa Cruz, se preocupaba por su equipo de trabajo durante la pandemia por coronavirus. 

Su equipo estaba conformado por una veintena de personas, entre médicos, técnicos, comunicadores y administrativos, quienes al igual que él, trabajaban 12, 15 o más horas al día, atendiendo los requerimientos de Santa Cruz, la región más azotada por el Covid-19. 

La jornada laboral en la sala de comando del Comité de Operaciones de Emergencia Departamental (COED), empezaba antes de las 8:00 y no tenía horario de cierre, porque después de las 20:00, cuando se informaba a la población sobre la situación epidemiológica de Santa Cruz, Urenda junto a otro puñado de especialistas se quedaban reunidos para definir las acciones del día siguiente. 

En febrero, casi tres meses después desde que China había reportado el primer caso de Covid-19, el Gobierno Departamental activó el COED. El 10 de marzo, Santa Cruz confirmaba el primer caso de coronavirus. 

La víctima fue una mujer que llegó a San Carlos procedente de Europa. Desde entonces, Urenda y su equipo trabajaron a full, incluso no había tiempo para ir a almorzar a casa, todos dormían pocas horas, varios sufrieron de insomnio y de estrés, pues el temor al contagio era latente y más aún la posibilidad de llevar el virus al hogar. 

“Los primeros meses no diferenciábamos cuándo era sábado o domingo. No había descanso”, comenta Gladys Laura, responsable de Comunicación del Servicio Departamental de Salud (Sedes), que trabaja en la Gobernación desde hace 20 años. Urenda, como líder del equipo, organizó las comisiones (logística, vigilancia epidemiológica, comunicación, equipo de respuesta, laboratorio, etc.) y distribuyó tareas. Sus allegados comentan que, a pesar de la falta de camas hospitalarias, de equipos y de personal, él siempre se mostraba optimista y decía: “Tranquilos, con el apoyo de la gente y de las instituciones vamos a salir adelante”. 

No obstante, el 4 de mayo todo cambió. La noticia de que un integrante del Sedes había dado positivo a Covid-19 les llegó como una bofetada. 

“Lloramos, nos bajoneamos, pero el doctor Urenda nos animaba a seguir adelante”, comenta Gladys. Sin embargo, a los pocos días, él también cayó en las garras del virus, por lo que debió aislarse. Aun estando en cuarentena, no dejó de trabajar y siguió orientando a su equipo. Luego de dos pruebas con resultado negativo, se reincorporó al trabajo. 

De forma casi inmediata, desde la Presidencia recibió la misión de viajar al Beni para ayudar a frenar el virus que estaba enfermando y matando gente, y así lo hizo. 

El 25 de mayo viajó a Trinidad, donde durante casi todo el día coordinó acciones con autoridades y médicos. Al día siguiente partió hacia Montero, otra ciudad golpeada por la pandemia, a fin de agilizar la habilitación del hospital de tercer nivel, en plena etapa de construcción.

Este nosocomio era la esperanza ante la falta de camas en la capital cruceña. El sábado 30 de mayo, Urenda se descompensó. Se hizo la prueba y al día siguiente el resultado salió positivo para Covid-19. 

Su caso llamó la atención porque hasta entonces no se tenía certeza de que una persona podía enfermar dos veces de coronavirus o sufrir recaídas. Urenda volvió a ser hospitalizado, pero su cuadro se fue agravando más y más, por lo que tuvo que ser intubado. 

Mientras luchaba por su vida, otros miembros de su equipo también cayeron enfermos. Uno de ellos fue el doctor Roberto Tórrez, su mano derecha y amigo. También enfermó el doctor Nicolás Gandarillas Arce, promotor de Salud, quien finalmente murió el 5 de julio, convirtiéndose en el primer funcionario del Sedes en fallecer por Covid-19. 

Después de 56 días de su lucha personal contra el coronavirus, al promediar la una de la madrugada del 24 de julio, Bolivia lamentaba la muerte del doctor Urenda. Se había ido el hombre que con pocos recursos se había enfrentado a un peligroso virus y al que en todo momento desafió al ponerse en primera fila. “Se fue en su ley, haciendo lo que más amaba, sin dolor y con la satisfacción de la labor cumplida”, expresó su hija, Carmen Urenda. 

Indica que el mayor legado que su padre dejó a sus hijos, nietos y bisnietos fue “demostrarnos con el ejemplo de que hacer las cosas con pasión, humildad, determinación y siendo consecuentes, se puede transformar la vida de muchas personas y hasta tocar el corazón de un pueblo entero”. 




La familia del doctor Oscar Urenda

Carmen confirma que su padre era un querendón de la familia y que su mayor anhelo siempre fue mantener la unidad familiar. “Él nos hizo saber cuánto nos amaba, con palabras y con hechos, y al parecer, no sólo lo hizo con su esposa, hijos y nietos, sino con sus colegas y amigos, que hoy devuelven ese amor con tantas demostraciones de cariño. Se me llena el pecho de orgullo de poder decir que soy hija de Oscar Urenda”. Gladys Laura dice que lo recuerda como todo un gran líder, una persona positiva, optimista y alegre, que escuchaba todas las sugerencias, vengan de donde vengan. “Se me parte el corazón cuando hablo del doctor Urenda.

Era hiperactivo, ayudaba a todos. Con él no había nada imposible”, comenta. Yasna Frías y José Enrique Cuéllar fueron las personas que más tiempo trabajaron con él. Ella lo hizo por 15 años, mientras que él fue su asistente durante 10 años. “Fue un hombre que amaba su trabajo. No tenía horarios ni cansancio cuando se trataba de ayudar. 





José Cuéllar, el doctor Oscar Urenda y Yasna Frías

Tenía metas claras y sorteaba todos los obstáculos para cumplirlas. Dejó un vacío muy grande, pero sus acciones han logrado que su nombre sea inmortalizado; se merece todos los honores recibidos y muchos más. Él toca la vida de mucha gente aún hoy, a través de todas las obras realizadas y la visión de hacer una mejor salud”, opinó Yasna Frías. 

A José se le entrecorta la voz cuando habla del doctor Urenda. Él fue su compañero de cientos de viajes a las provincias, el que lo acompañó a sendas reuniones en los barrios cruceños, muchas ellas del partido (Demócratas ) . 

“No sé de dónde sacaba tanta energía, porque nunca lo vi cansado. Había noches a la que asistía a dos o tres actividades. Era un hombre que ayudaba a todos, no importaba si eran falangistas, masistas, emenerristas o de otros partidos. Decía: ‘En salud no hay color político’”. José dice que su muerte le partió el alma, pero que se queda con sus enseñanzas y los buenos recuerdos. “Era una persona fantástica, querendón de este pueblo, muy alegre, tocaba guitarra y cantaba lindo. 

Con Darling, su esposa, hacían un dúo fantástico”. Todas las personas consultadas por EL DEBER coinciden en que el doctor Urenda no solo se puso en primera fila para combatir al coronavirus, sino que hizo las gestiones para que la Gobernación destine el 30% de su presupuesto para la salud; el que se sumó a la demanda del padre Mateo para que el 10% del Presupuesto General del Estado se destine a salud; el que impulsó la construcción de un hospital de tercer nivel en Montero; el que apostó por adquirir modernos equipos para los hospitales; el que sentó las bases para que en Santa Cruz se hagan trasplantes de hígado y de corazón; el hombre de corazón noble, que ayudó a todos los que pudo; el que amó a esta tierra, y por la cual luchó hasta los últimos días de su vida.