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Amable, de hablar pausado pero enérgico cuando quiere hacer énfasis en una idea, creyente de un Dios al que se encomienda cuando sale de su casa para trabajar y a quien pide protección no solo para él y su familia, sino también para sus colegas, porque como dice, “nadie está libre de sufrir un accidente”. Pablo Reus Solares (42 años), al igual que otros comprometidos con su labor, ha puesto el pecho en medio de la pandemia para cumplir con su responsabilidad, incluso, arriesgando su propia salud y la de sus seres queridos.

Cuando se decretó la cuarentena y se prohibieron los vuelos internacionales lo tomó con calma. Sus ingresos iban a mermar, era un hecho, pero aprendió de sus padres el hábito del ahorro y además tenía las provisiones para soportar un tiempo. Pero las restricciones se fueron alargando, “tenía que decidir qué hacer, o quedarme en plan de engorde, o retornaba a mi fuente de empleo”.

Intentó retomar su labor, pero no fue posible en primera instancia. Debía esperar su turno, se había decidido entre sus colegas que solo los que resultasen sorteados volverían a trabajar con los vuelos solidarios que activó el Gobierno y las repatriaciones que diversos países pusieron en marcha. “Mi nombre no salía; pasaban los días y no tenía esa suerte hasta que resulté entre los sorteados. Por fin podía volver”.

Pablo estaba feliz y no solo por trabajar de nuevo, sino porque tenía la posibilidad de cumplir con su vocación de servicio. Incluso, no le importaba levantarse de madrugada para acudir al llamado del deber porque “cuando se quiere trabajar de verdad, no hay excusas”.

Cuenta que muy joven emigró a EEUU y llegó a sentir racismo. Trabajó de lava autos, jardinero, carpintero y realizó otros oficios que le permitieron reunir el dinero suficiente para regresar a Bolivia después de 10 años y comprarse un vehículo y “mi pahuichi” (una casa). “Sé lo que es llegar a un país diferente y que nadie te dé la mano, por eso trato de realizar bien mi trabajo para llevar a quienes llegan de largos viajes hacia sus destinos. A nadie le gustaría que lo dejen botado y sin ayuda. Me identifico y tengo empatía con el viajero”, resalta.
Pero ese deseo de servicio le cobró factura. Había transcurrido un mes desde su reinicio cuando sintió que “ese bicho”, como llama al Covid-19, había ingresado a su cuerpo. “Fue antes del Día de la Madre. Me levanté a las 3:00 para ir a trabajar, hacía un frío tremendo. Caminé hasta mi vehículo y sentí un dolor en la garganta, luego perdí el olfato y supe que estaba enfermo”, relata. “Al principio me sentí de lo peor y más porque mi hija de 14 años también enfermó, al igual que mi esposa”.

Pero reza el dicho que, en situaciones difíciles, se ven los verdaderos amigos y él tuvo en Víctor Hugo Chávez y Alain Zapata a dos apoyos que le brindaron asistencia cuando lo necesitó y, así como él lo recibió, hoy también intenta devolver esa generosidad a otras personas que necesitan. Incluso ha llegado a no cobrar pasajes y llevar gratis a quienes se sinceraron con él y le dijeron que no tenían dinero. “Nunca he tenido problemas en llevarlos”, indica. También, durante la pandemia, realizó viajes solidarios para facilitar el transporte a quienes lo requerían sin importar la hora.
 
Se cuida de una recaída

Después de un mes de haber enfermado dio negativo y volvió al ruedo para cumplir con su misión. Adecuó su motorizado para cumplir con la exigencia de bioseguridad. El alcohol en gel y el desinfectante no le faltan y extrema cuidados cuando recibe dinero. El barbijo es algo infaltable, sabe que a pesar de que ya tuvo el virus no puede arriesgarse a una recaída. 

El Ministerio de Salud adelantó que el pico de contagios aún no se ha dado en el país y que los meses de agosto y septiembre serán complicados, por lo que pide prudencia a la población.
“Si tuviera que dirigirme a quienes salen por necesidad, les diría que tengan mucho cuidado por sus familias; somos nosotros los que estamos por la calle buscando el pan de cada día y llegamos a nuestras casas con el riesgo de enfermar a quienes amamos”, apuntó Pablo antes de subir a su vehículo para ponerse en marcha y cumplir con su responsabilidad de llevar a los viajeros que buscan llegar sanos y salvos a sus destinos.

Perfil
En 1996 comenzó su trabajo en el aeropuerto, dos años después buscó mejores días en el exterior. En 2008 retornó y desde entonces brinda servicio de transporte a los miles de viajeros que cada año llegan y se van desde Santa Cruz de la Sierra. Tiene siete hijos y está casado con Alexandra Ajata, una paceña que ama Santa Cruz. Trabaja desde hace 12 años continuos brindando servicio de transporte a los viajeros que llegan al Aeropuerto Internacional Viru Viru.