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Cuando se anunció la prolongación de la cuarentena, el alma no les volvió al cuerpo. Y a pesar de eso, nadie mejor que ellos para saber de creatividad y esfuerzo.

Negocios cerrados, poca gente en las calles y bocas esperando en casa los hicieron diversificarse, descubrir nuevos talentos e inventar mucho. No se hicieron ricos, pero resolvieron la olla del día.

“He saqueado mis ahorros”, dice Carmen Cartagena, vendedora de chips y tarjetas para celular en la plaza principal, afuera de Entel. Hace un mes que volvió a las calles, cuando se quedó sin dinero, su esposo sin parqueo para cuidar y porque debe mantener a sus cinco hijos y a su padre. “Si tuviera que pagar alquiler estaría jodida”, dice.

Todos los días, pese a que sufre de dolores de espalda, va y viene caminando del quinto anillo y Canal Isuto a la 24 de Septiembre, cargada con mercadería que compra en el Plan 3.000. Sale a las seis de la mañana y retorna a casa a las cuatro de la tarde, para que no la atrape la noche.

“Había días que una hoja volaba y era lo único que se escuchaba. Es una pena cómo Santa Cruz, que es tan alegre, esté así, llena de miedo, de sirenas, es traumático oiga”, dice apenada y mientras pide a Dios no enfermarse porque no le caen bien los hospitales públicos. “No digo que los médicos no tienen amor a su profesión, pero cuando tuve a uno de mis hijos, los doctores tenían que hacer alcanzar una anestesia para varios pacientes”, lamenta.

Freddy Iraipi se mueve de lunes a viernes por la zona sur de la ciudad en lo que era su carrito de hamburguesas, hoy cargado de frutas. Tuvo que incursionar en un nuevo negocio, ya que no podía vender comida en la calle. Dice que antes ganaba Bs 300 al día y de eso solo recibía Bs 70, apenas para que coman él, su esposa, sus tres hijos y su suegra, dueña de la casa donde vive actualmente, porque tuvo que dejar el alquiler por Los Pozos. Durante el confinamiento, le toca movilizarse de su nuevo hogar, en el noveno anillo de Los Lotes, a la zona de la Blacutt hasta las dos de la tarde. A las seis se va al mercado a buscar las frutas que convertirá en comida para los de su hogar.

Pedro (nombre ficticio), prefiere no dar su nombre, trabaja como repartidor de comida de Patio Service. Dice que no sintió los estragos de la cuarentena como otros. “Cuando empezaba el aislamiento vi que mi trabajo como promotor de agua mineral envasada no generaba plata y me anoté en Patio Service”.

Hace más plata que en su anterior ‘pega’ y cuando se normalice todo, está pensando seriamente en continuar con el delivery, paralelamente a la venta de agua. “Es para generar más ingresos”, dice este esposo y papá de una niña.

Marisol Fernández es mamá de una niña de un año y conductora de moto de Pedidos Ya. Recién hace una semana y media volvió a la calle, no podía trabajar porque no tenía papeles de su moto sacada a crédito y pagada de forma maratónica a insistencia de la casa comercial. Para lograrlo, su esposo, también repartidor a domicilio, tuvo que duplicar horas laborales.

Vive en el Plan 3.000, alquilando un cuarto en una casa familiar. Su mayor temor es que el virus pueda afectarle a su niña, pero dice que pone todo su esmero para desinfectarse y desinfectar su moto una vez que llega a casa.

René González tiene 65 años y una esposa en casa, mientras él, desde hace unos días, pidió al dueño del parqueo que cuidaba antes que lo deje volver y estar como casero. Tuvo que hacerlo cuando escaseó hasta para la olla común de la Villa Primero de Mayo. Al menos en el centro de la ciudad cuida los vehículos de la oficina municipal y con eso saca para la comida. “Tuve que salir de casa porque cada vez era más difícil, pero soy precavido”, dice mostrando su barbijo de tela casi transparente.

Sergio Guarina (40) aprovecha el día que le toca salir para hacer jardinería. Su última llamada le dio una ganancia de Bs 250, que debe alcanzarle para la semana. Por suerte, su esposa le ayuda con la venta de víveres en un mercado. Dice que siente la falta de ingresos, especialmente ahora que sus ahorros se agotaron y que debe alimentar a cuatro hijos. “No puedo decir que estoy ganando porque esto solo es para comer”, confiesa.

Carlos (nombre ficticio) es chofer de taxi del aeropuerto Viru Viru. Recién salió a trabajar el 15 de mayo, cuando obtuvo uno de los diez permisos disponibles. Le salvó la cuarentena la tienda de víveres que puso en su casa, en Valle Sánchez, y para la que sacó un crédito. “Al principio había plata, nos compraban y reponíamos, pero después nos comimos el negocio”, dijo.

Antes, con el taxi, sacaba hasta Bs 200 de ganancia, pero ahora con tan pocos vuelos reúne apenas Bs 120. “Por suerte en estos días el dueño me perdona la renta y dice que me quede con todo lo que hago”, agrega.

Sabe que su trabajo es de riesgo con tantos viajeros, pero dice que como medida de cuidado evita a pasajeros de ciertos lugares, como Trinidad.

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