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Todos los domingos deleita a los visitantes que llegan hasta rincón Santa Rosita, en Warnes, con empanadas de arroz, roscas de maíz y cuñapé. 

Ella es Pura Vaca Román (55) que desde hace cinco años se dedica a este oficio que heredó de su madre de 84 años, pero en la cuarentena rígida tuvo que parar y recién lo retomó hace un mes. Durante el confinamiento mucha gente se dedicó a hacer pan, pero asegura que sus horneados eran esperados, porque los prepara “como debe ser, muy original”.

Sintió temor del virus de Covid-19, por eso en las primeras salidas hizo solo para llevar, y lo ofreció por una página digital que tienen los warneños. “Al principio dije, que sea lo que Dios quiera, porque la situación ya nos estaba apretando”.

Son 11 hermanos, pero ella es la única que siguió los pasos de su madre que desde muy joven se dedicó a hornear y a cocinar.

Decidió emprender esto, cuando su marido se fue y ella quedó sola al cuidado de sus hijos. El mayor tiene 32 y el menor 20 años. “A los tres últimos los he sacado de bachiller con puro pan de arroz”.

Aunque vende los domingos, su trabajo comienza desde el sábado preparando la yuca, cortando las hojas de plátano, haciendo la chicha y alistando la leña.

Teresa Gutiérrez Cuéllar (70) es también una de sus vecinas que hornea, y todas han hecho sus hornos de barro alrededor de unas cabañas que hizo el municipio hace algunos años.

Ella, por ser de la tercera edad no la dejan vender en este lugar, por eso decidió hacer en su casa, solo para llevar. “La gente me dice qué hace usted aquí, vaya a su casa, por eso es que no he salido”.

Desde jovencita se dedicó a hacer todo tipo de horneados, y con un grupo de mujeres se organizaron para empezar con la venta de pan de arroz en este lugar. Ella asegura que también hace pan, molletes, tortillas y tamales. La gente ya conoce su casa y va a comprarle.

En el confinamiento

“Gracias a Dios, creo que soy bendecida, porque durante la cuarentena nunca me faltó la comida. Mis hijos me daban víveres”, comenta Pura.

Ella se siente aún más bendecida, porque el virus no penetró en su zona. “Rezábamos y el rosario todas las noches en mi casa o donde mi madre pidiendo que Dios nos proteja, porque con la fe no hay nada imposible”.

Para proteger a su familia preparó remedios caseros y les daba todas las noches. Usaba ajo, naranja, limón, cebolla, miel de abeja, manzanilla y eucalipto. “Les hacía hacer a mis hijos las gárgaras de sal”.

Su hija la abastecía con medicamentos y antigripales, entonces tras que alguien presentaba un síntoma inmediatamente lo combatían.