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La cruzada que vive el mundo en su lucha por encontrar una cura contra el enemigo invisible, Covid-19 o coronavirus, libra a diario batallas entre el virus que nació con China y personas que se aferraron a la vida con uñas y dientes. ​

EL DEBER tomó contacto con 15 de esos guerreros que se enfrentaron a una enfermedad que los obligó a batirse en duelo con la muerte, que los dejó con complicaciones respiratorias, que les quitó a sus seres queridos, que unió a sus familias, que los hizo reorganizar su vida y que los transformó en mejores personas.

Uno de estos guerreros es Robert Nelson Toledo Coca, un eterno jugador de fútbol, hombre que a juzgar por su estado atlético resulta difícil imaginar que hace poco estuvo 10 días conectado a una máquina respiradora, discutiendo en sueños con Dios, preguntándole por qué quería dejar a su hija, Celeste, huérfana de padre.

"Estoy aclarando mis cuentas con la vida. Tengo miedo al virus, por lo que yo viví”, Robert Nelson Toledo C.​

“Nunca perdí la fe, siempre luché para salir de este mal”, afirma ahora Robert, que, pese a los pocos pronósticos médicos favorables, despertó nuevamente a la vida el 24 de mayo pasado, justo el día de su nacimiento, como una señal de que tiene una segunda oportunidad, un segundo tiempo en el partido de su vida y como él afirma, “momento para aclarar todas mis cuentas y ser una mejor persona”.

Alejado de la historia de Robert, el fotoperiodista Jorge Ibáñez Parada, fue uno de los soldados que fue herido en la batalla contra el Covid-19, ya que por su oficio el virus lo atrapó tratando de mostrarle a la gente, a través de sus fotografías, los riesgos y las inconductas que se viven en la capital cruceña en medio de esta pandemia.

"Ver tanta gente en la calle, aglomerada y sin protección, me provoca temor”, Jorge Ibáñez

Jorge estuvo 48 días con el virus en el cuerpo, situación que le afectó los pulmones y le provocó fuertes dolores. “Ahora que estoy mejor, veo las cosas de una manera diferente. Tengo miedo al virus, por mi familia y mis seres queridos”, cuenta el fotoperiodista.

Para Juan Delgadillo Pérez, radialista de profesión, su convivencia con el virus también superó los 40 días, tiempo en el que él no podía besar, ni abrazar a sus hijas ni a su esposa. “Estar solo, aislado de todos en una misma casa, fue algo muy duro”, recuerda Juan, que convivió con el coronavirus velando también por la salud de sus seres queridos, ya que también fueron atacados por el mal.

Juan Delgadillo Pérez

Algo similar le ocurre a Mario Franco Velasco, un hombre que vive en el mundo de los trámites judiciales, ya que si bien está casi totalmente recuperado de su lucha de 28 días contra el coronavirus, aún su compañera de vida está internada en un hospital, peleando contra el enemigo invisible mientras él cuida de sus hijos. 

Mario Franco Velasco

“Hay que ser positivos y tratar de ver la luz al final de este túnel”, afirma Mario, que ahora en el reinicio de su vida ‘casi normal’ tiene siempre a mano un oxímetro (aparato que mide la saturación de oxígeno en la sangre).

La segunda oportunidad

“Esta es mi segunda oportunidad de vida”, afirma Selwin Calla Zuleta, un joven comunicador social, que si bien no terminó en la sala de un hospital conectado a una máquina que controle su pulso, respiración y latidos, fue porque su familia lo cuidó día y noche para sacarlo del duro cuadro de Covid-19 que experimentó desde finales de mayo.

Selwin Calla

Selwin recuerda que casi perdió el sentido en más de dos oportunidades, que no podía dar 10 pasos sin que el aire le faltara y que en uno de los episodios más duros que le tocó vencer, “me arañé todo el cuerpo como una reacción para no perder la conciencia en un momento que se me acabó el aire”

Ahora él recuerda estos episodios como parte de un mal sueño, asegura que volver a vivir “es una oportunidad para cambiar”.

Este mismo sentimiento es el que expresa, pero con otras palabras, el profesor de Educación Física, Édgar Herrera, que luchó contra la falta de oxígeno de la mano de su familia y ahora encuentra que le regalaron un nuevo libro de la vida, “donde escribiré con mejor letra y prosa, lo que de aquí adelante me toque vivir”.

Édgar Herrera

Este educador, de miles de alumnos que pasaron por sus manos desde la década de los años 90, cuando volvió a su casa como un triunfador, se arrodilló al ingresar a su sala y le agradeció a Dios por el milagro de regalarle una segunda oportunidad de vida. 

Experiencias

“La fiebre se subió hasta llegar a más de 40 grados y sentí a mi papá (ya fallecido), Patricio, acariciándome la cabeza y dándome aliento”, recuerda el exdefensor del pueblo, Hernán Cabrera, que junto a su esposa Mabel Pantoja, lucharon sin cuartel contra el mal desde inicios de junio.

Hernán Cabrera

Le tengo respeto, más que miedo”, asegura Hernán al referirse al virus y siente que ha renacido nuevamente a la vida.

María Ruth Guzmán, tampoco dice temerle al coronavirus, aunque reconoce que pasó muy malos momentos cuando la atacó, ya que hubo un punto en el que perdió la conciencia y durante ese tiempo no recuerda nada. “Siempre se debe mantener la calma, mientras más te preocupas, más te afecta la enfermedad”, asegura ella.

María Ruth Guzmán

Para Carlos Égüez Ledezma la pena y desesperación por perder el trabajo debido a la enfermedad, lo mantuvieron bajo cuidados médicos permanentes y el coronavirus aprovechó para dañar entre un 85% y 90% de sus pulmones. Sin embargo, su familia lo ayudó a recuperarse y ahora, como muchos de nuestros entrevistados, está dispuesto a donar plasma para ayudar a más gente.

Carlos Égüez

“Este virus es una lotería, a unos nos puede tratar mejor que a otros”, afirma el fotoperiodista Fuad Landívar, que estuvo por 22 días con el mal y pese a que quiere donar plasma no lo puede hacer, ya que no generó la cantidad suficiente de anticuerpos y aunque asegura no tenerle miedo al virus, “le tengo respeto y ahora siento que lo conozco mejor”.

Donaciones que salvaron vidas

No se conocen en persona, pero cuando hablan el uno del otro quieren llorar. Aún están juntando el coraje para comunicarse y darse las gracias mutuas.

Ella se llama Roxana Azero Rojas, aunque para Mauricio Requena es una “mujer guerrera, igual a mi mamá, que lucha por su hijo, como lo hizo mi madre por mí”. 

Roxana vive en Cochabamba y Mauricio en Santa Cruz. Ella es hermana de una amiga de él, estuvo entre el cielo y la tierra por tres días por causa del Covid-19 y fue el plasma hiperinmune de Mauricio, que le devolvió la vida.

Roxana Azero

Mauricio recuerda lo que hizo por Roxana como una retribución a la vida, una vida que trata de comprender por qué le quitó a su compañera, Érika, que perdió la batalla contra el coronavirus. “Estuve unos cuatro días mal, pero los superé porque ahora mis hijos solo me tienen a mí”, afirma el abogado y comunicador social, que se debe un encuentro y una charla con Roxana.

Una historia similar vivió María René Pomacusi Áñez, que también salvó la vida de una enfermera con la donación de su plasma, luego de luchar y vencer al Covid-19. Sin embargo, ella dice que sintió que el mundo se le venía encima cuando dejó a su papá, José Pomacusi, internado en un clínica, también golpeado por la enfermedad, pero que hace poco venció y ahora, padre e hija, “disfrutamos todo el tiempo posible juntos”, relata ella.

"Le tengo terror al virus, porque ha dejado mi sistema inmune muy débil”, María René Pomacusi Áñez

Para Tuffí Aré, como lo describió en su muro de Facebook, la lucha para sacar a sus padres del Covid-19 fue una dura batalla que vencieron con la fe siempre puesta en Dios y gracias a las oraciones de una familia unida y a la calidez de los médicos que atendieron a estas dos personas de la tercera edad, que tenían enfermedades de base que los convertían en pacientes de riesgo.

Finalmente, ahora la vida tiene un nuevo sentido para Graciela Rodríguez Rojas, una joven que acaba de salir de la enfermedad y agradece a Dios, a su familia y a sus amigos por la fuerza que le dieron para vencer al virus.

Graciela Rodríguez