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No pudieron estar en su entierro. La crueldad del Covid-19 apenas les permitió ver las exequias por videollamada. Pero escribiendo cartas encontraron un catalizador emocional. Los seis hermanos de Roberto Tórrez hicieron pública la mezcla de dolor y de amor que les inspiró su partida.

Hermano del alma, salvaste cientos de vidas, nunca tuviste miedo a nada ni a nadie, jamás tuviste día de sosiego, trabajaste los 365 días de cada año (...). Estarás para siempre junto a nosotros”, le dedicó Tito Tórrez.

“Admiro tu gran amor y entrega a tu profesión, diste la vida en favor de los demás, sin escatimar esfuerzo, llevaste en alto el legado de nuestros padres; fuiste paradigma para la familia y la comunidad”, le dedicó la más chiquitita de sus hermanas, Carmen.




El doctor Roberto Tórrez con sus hermanas.

Hiciste de tu profesión un apostolado digno de imitar, gracias por enseñarnos a dar sin esperar”, escribió Nelva, la otra doctora de la familia.

En su casa todos están acongojados por una situación dura. Tórrez siempre fue la paz, el equilibrio y la armonía, su ausencia se siente hasta en las decisiones más simples.

No muchos saben que esa serenidad era disciplinada desde la universidad, cuando con sus compañeros hacía yoga y meditación, hábitos que mantuvo durante toda su vida. Quedan en los rincones del hogar familiar sus libros sobre yoga.

Se levantaba a las cinco y media de la mañana a leer, amaba estar actualizado, y no solo con su oficio de epidemiólogo. Eso sí, nunca se llevó bien con la modernidad de internet.

Con su partida se va lo mejor de mi vida”, dice su hijo, Carlos Alberto Hurtado. Se siente privilegiado, fue el que más compartió con su papá, lo acompañaba a todas partes, a las campañas preventivas de niño, y luego como hombre y colega a estudiar los primeros casos de cada epidemia o pandemia que llegaba.

Incluso tuvo una prerrogativa, a diferencia de otros familiares de pacientes Covid-19, pudo entrar cada día al domo de la Caja Nacional de Salud (CNS) a visitar a su papá.

Aunque Tórrez estaba inconsciente e intubado, Hurtado se conformaba con contemplarlo y con pensar que le hacía compañía. Adoraba a ese hombre al que llama “puro, íntegro, sin vicios, y sin mentiras”.

Fiel a su oficio

Como ejemplar servidor público, Tórrez siempre contestaba las llamadas, hábito que molestaba en casa, sobre todo en horarios especiales y familiares.

Mi mamá se incomodaba un poco, pero después lo entendía, y al final se acostumbró. Ella es militar jubilada, de fuerte temperamento, pero se llevaba muy bien con mi papá”, cuenta Hurtado.

Carmen Solares, esposa de Tórrez, se resignó a verlo salir de casa, en las épocas más duras de una epidemia, a las seis de la mañana, y regresar a las once de la noche.

Sabía de la vocación de servicio de su compañero de vida, tenía anécdotas para contar al respecto. Una de ellas, la de una Navidad, dejó de comprar algunos insumos para la cena familiar, al saber que Tórrez llegaría con un canastón que recibió en el trabajo.

Grande y poco agradable fue su sorpresa cuando su amado llegó con las manos vacías. En el trayecto, Tórrez había encontrado a una familia de la calle que no tenía para comer esa noche. “Ni modo”, le tocó decir.

Los domingos tenían una tradición en casa, desayunar delicias orientales, gracias al origen beniano de Carmen, lavar las colchas, y luego jugar bingo, o ajedrez. Esas son las memorables imágenes de una niñez y adolescencia bajo las alas de Tórrez.




El doctor Tórrez junto a su esposa, Carmen Solares


Otro tipo de ambición

Por 30 años, Roberto Tórrez condujo un auto Nissan.

Sus hijos, afanados en que disfrutara más del resultado de sus esfuerzos laborales, le insistían en que se comprara uno nuevo. Pero él no se estresaba con ese tipo de cosas.

Al final, tuvieron que reunir la primera cuota y pagarla, a modo de obligarlo a estrenar vehículo. Y así, el año pasado, Roberto Tórrez empezó a llegar al trabajo y a movilizarse a todas partes por fin con aire acondicionado, gracias al auto nuevo.

Así era él. En algún momento de la historia familiar, cuando necesitaba más dinero del habitual para remodelar la casa, le ofrecieron un trabajo con un sueldo muy tentador, a lo que respondió que si él entraba, algún otro pediatra se quedaría sin trabajo. Y entonces prefirió aceptar consultas en casa por Bs 30.

Otra de las anécdotas inolvidables del epidemiólogo fue una visita a la Basílica Menor de San Lorenzo, en un domingo de epidemia.

“Ese recuerdo es único, me levantó a las seis y media de la mañana y me dijo ‘vamos a la misa a la Catedral’. Decidí acompañarlo y al final de la ceremonia pidió permiso al cura para decir unas palabras. Y ahí, delante de un montón de gente, empezó a decir, 'por favor saquen sus llantas a la calle, vacíen los frascos con agua estancada, etc'. Yo solo me agachaba de tanta vergüenza, pero después reflexioné. Qué tipo para animarse a dar un mensaje en la Catedral, qué carácter para hacer eso, yo no me animaría. Era calladito, pero a la hora de tomar decisiones…”, recuerda con brillo en los ojos Hurtado a su mentor de la vida y del oficio.

De Tórrez, Hurtado también aprendió a no iniciar la guerra en el trabajo, “cuando él no estaba todo era un lío, pero cuando llegaba, todos callados, y solo su palabra valía. Las discusiones las convertía en experiencia, cuando nos veía faltándonos el respeto nos decía, ‘para qué se gritan si van a trabajar juntos 50 años’”, recuerda.

Contrariamente a la tradición en la era del Covid-19, Tórrez no fue cremado. “Lo decidimos así porque mi mamá quería visitarlo y está en su derecho. Yo también quería tenerlo conmigo, el único día que me rompí fue cuando lo estaban enterrando, dije ‘qué injusta es la vida, es tan efímero esto’. Hasta cuestioné a Dios, por qué se llevó a un hombre tan necesario, que dio todo. Seguramente lo llevará a su lado derecho’”, se autoconsuela.

 



La esposa del doctor Roberto Tórrez, Carmen Solares, y uno de sus hijos muestran el retrato obsequiado por la Gobernación. /Foto: Ricardo Montero