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Su gafete cuelga sobre la silla de la que fuera su oficina, y que hoy es ocupada por su hijo y sucesor vocacional. Está ahí del mismo modo en que se ponen los rosarios para bendecir los lugares que importan.

Hace exactamente dos meses -menos un día- que Roberto Tórrez no recorre los pasillos de la gerencia de Epidemiología incansablemente. Hace ese mismo tiempo que sus hijos y su esposa dejaron de verlo dormido en su cama, enzapatado y con libros sobre su vientre.

 Y esas imágenes son por demás de extrañadas por todos. Roberto Tórrez no era un humano cualquiera, era un ser de luz. Leyó cuanto texto budista pudo, practicó yoga desde que era universitario hasta su último suspiro, y logró que esa serenidad pase de la teoría a la práctica y se convierta en modo de vida. La oficina y el hogar tienen sed de su paz. Más aún en pandemia. “Sin él, siempre se siente como una tensión.

Siempre entran a mi oficina personas que dicen ‘si tan solo el doctor estuviera aquí’.

Tienen sentimientos encontrados, por un lado, me dan el pésame y por otro me felicitan por el cargo”, dice Carlos Alberto Hurtado, hijo de Tórrez y nuevo gerente de Epidemiología del Servicio Departamental de Salud (Sedes). Con Tórrez y Óscar Urenda, el Sedes ha perdido a cinco personas en total, además de Miguel García, responsable del Programa Dengue, Nicolás Gandarilla y William Vaca.

Si Santa Cruz tuviera que brotar pecho por uno de sus hijos por elección, sin duda Tórrez estaría en la privilegiada lista, como hombre completo e íntegro. “El enojo es de espíritus débiles”, era uno de sus lemas, por eso sus parientes no recuerdan una sola escena con Tórrez fuera de sus casillas. “Siempre que le mandaban a alguien difícil, él decía ‘si me mandan un carbón, lo convierto en diamante, sino será un fracaso’.

No le gustaba la mentira. Creía que la honestidad y la integridad estaban por encima de todo, ‘valen millones’, era una de sus frases”, recuerda Hurtado. Hace unos días, otro de sus hijos cumplió años. “Faltó tu llamada”, le dedicó en su estado de WhatsApp.

Es que sigue siendo duro. Hurtado continúa llorando a solas cada vez que se para en el domo de la Caja Nacional de Salud, donde por más de un mes vio postrado a su padre. “Dicen que soy fuerte, pero mi padre me doblega”, confiesa. Hace un tiempo, la familia tuvo una cena por el primer mes de fallecimiento del doctor Tórrez, fue un tributo a su vida y legado.

Meticuloso

El gafete lo colgó Hurtado sobre su cabeza, oportunidad propicia para que de vez en cuando le lancen una que otra indirecta. “Si estuviera el doctor Tórrez, seguro ya habría firmado esos papeles”, cuenta Carlos Alberto entre risas. Le encanta saber que le dejaron la vara alta, pero también se inquieta.

“Siento que la responsabilidad es altísima, pero puedo con eso por todo lo que me inculcó en 14 años que trabajamos juntos”, dice.

En todo el tiempo que Tórrez estuvo en el Sedes -35 años-apenas sacó vacaciones, como se dice, ‘de pucho en pucho’. “Con suerte pudimos llevarlo una vez a Aiquile, su tierra natal, por tres días, lo hicimos pasear como a un rey.

Y cuando se enfermaba, le venían sus ataques de asma, sacaba días de sus vacaciones para ahorrarse la baja médica, pero apenas descansaba cuatro horas y ya estaba en su trabajo”, recuerda Hurtado. Si se ponía muy mal y tenía que ausentarse más tiempo, Tórrez montaba la oficina en casa. Sabía que, con él o sin él, la vida debía continuar y no quería atrasar trámites. Se movía por todas partes en un auto con 25 años de antigüedad. Por la presión de sus hijos, estrenó un Suzuki, pero solo pudo disfrutarlo un año. Hoy lo maneja Hurtado, “es una manera de tenerlo presente, de estar a su lado”, lo recuerda.