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La señora Ruth (70) es parte del programa conocido como La Universidad del Adulto Mayor, en la Católica Boliviana. Ella es maestra jubilada, por 25 años enseñó a leer y a escribir a un millar de colegiales y hace unos tres años se enroló en esta nueva experiencia, no lo hizo para adquirir otro título, sino para sentirse alentada a emprender nuevas cosas. 

Y vaya que le ha servido de mucho, en especial en este tiempo de pandemia en el que “a la fuerza” tuvo que poner en práctica las enseñanzas sobre nuevas tecnologías y redes sociales. Ahora ella es ducha en hacer sesiones de Zoom -hace zumba con un grupo de amigas y hasta asistió vía web a la novena de dos que partieron durante la cuarentena-. También tiene Facebook y WhatsApp.

“Hemos aprendido a hacer todo virtual, ya nos hemos acostumbrado. Los sábados desde las 14:00 a las 16:30, yo estoy buscando conferencias”, dice Ruth, con sed de aprender nuevas cosas, en especial aquellas que la alienten en lo mental y espiritual.

“Mi mente sigue carburando, no estoy pensando en enfermarme, ni en quedarme en casa como un traste viejo. Tenemos que ser un traste nuevo, brillante, y si a uno le llega... tiene que irse bien presentable ante Dios, tanto en mente, como en alma”, dice sin términos fatales, dispuesta a seguir exprimiéndole a la vida cada gota.

Asegura que haberse inscrito a la ‘U’ le sirvió para salir “de ese hueco” al que las personas adultas mayores creen que están destinadas.

Y cuando llegó la cuarentena, por la pandemia de coronavirus, comprendió que tenía que quedarse en casa. “Es verdad, no había otra para nosotros, había que cuidarse y hemos aprendido a sobrellevar la situación (gracias a las nuevas tecnologías)”, describe Ruth, intentando explicar que su teléfono móvil le sirvió para soportar de mejor manera el inesperado encierro.

Las clases normales de teatro o manualidades fueron reemplazadas por sesiones de WhatsApp para hablar y aprender de otros temas. Cuando se vio que la situación iba para largo, se retomó la capacitación en medios tecnológicos y más adelante, por Zoom, cuando la ingeniera Palacios, con mucha paciencia, les enseñó a manejarse, el abanico se abrió mucho más.

Fue entonces que mediante charlas virtuales aprendieron a estar preparados para cualquier cosa que llegue, incluso les enseñaron sobre cómo llevar el duelo y vencer esas pequeñas molestias y enfermedades.

Contención

“El celular nos permite seguir en contacto, incluso compartimos remedios caseros, porque no falta una que tiene un dolor en la pierna o en el dedo”, dice Ruth, acostumbrada a ser activa. Tiene varios grupos.

Es parte del Costurero Feliz -recogen retazos de ropa donada y fabrican edredones que regalan a casas de beneficencia-, también es miembro del grupo Las Audaces -que nació después de una Carrera de chinelas organizada por la revista Para Ellas, en la que nadie pensó que esas señoras mayores lograrían llegar a la meta-, y tiene otros tantos grupos más de profesoras jubiladas con las que sigue compartiendo sesiones de crochet.

En marzo la vida de Ruth, como la del resto del mundo, se vio trastocada. Sus salidas y actividades ya no pudieron ser las mismas, pero eso no impidió que buscara la forma de seguir con la mente ocupada.

Ahora que las medidas se han flexibilizado, ella y sus compañeros de clase seguirán en modo virtual, para sentirse conectados, y aunque los tiempos inciertos asustan, Ruth sigue empeñada en ser una persona bonita, de mente, cuerpo y espíritu.