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Se fue un cristiano que sembró una obra que salvó a cientos de niños y niñas del abandono y de la pobreza en Santa Cruz. Esa es la imagen que queda grabada en los allegados a Johann Spiessberger (Alt Münster, Austria, 27 de marzo de 1937), más conocido como el padre Alfredo, quien murió ayer en la mañana por causas naturales, mientras dormía y recibía los cuidados en la aldea de la capital cruceña, que lleva su nombre sacerdotal.

Tras la confirmación de su deceso en la Caja Petrolera de Salud Guaracachi, las personas que fueron parte de su legado llegaron hasta la capilla de la aldea (un espacio de 11 viviendas unifamiliares que albergan a 120 niños), donde sus restos fueron velados. Lloraron. Y escudriñaron cada recuerdo que el padre Alfredo construyó desde su llegada a Bolivia en 1965.

Ese año se subió a un barco de 1.000 pasajeros y cruzó el Atlántico. Ingresó al continente por Argentina. Junto a otro misionero llegó a Santa Cruz de la Sierra y un 29 de junio viajó hasta San José de Chiquitos. Empezó a tocar puertas para amparar a niños y niñas de distintas maneras. “Yo tenía siete años cuando lo conocí. 

En un área de la iglesia, que se llama Campo de la Juventud, repartía avena. Fue una de sus formas de hacer el bien mientras construía una aldea en San José. Ese lugar comenzó con tres viviendas y nueve niños. Ese fue mi primer vínculo con el padre Alfredo”, recuerda Martha Fernández.

Años después, en su adultez, Fernández se convirtió en una de las madres de la aldea cruceña, otra de las obras que se complementan con una guardería, un colegio, un coliseo, un centro de madres solteras, una residencia para varones, una carpintería y una panadería. El religioso fue el amparo de más de 1.000 niños y niñas.

Así lo recuerdan

“El padre Alfredo fue un hombre que tuvo el coraje de dejar su patria europea para traernos la palabra de Dios, y con las aldeas que fundó logró salvar a cientos de niños de la miseria y la droga. Su obra de servicio a los desamparados es monumental. Incluso ejerció el cargo de alcalde del pueblo josesano, en tiempos muy difíciles, en la década de los 70”, reseña el periodista Oswaldo Ramos, uno de sus hijos espirituales.

Las acciones de este sacerdote franciscano también se reflejaron en otros espacios. Lola Balta, una de sus colaboradoras, señala que fueron incontables las muestras de desprendimiento y amor que mostró durante sus años de servicio. 

“El padre Alfredo predicaba a través de sus obras”, dice. Por ejemplo, sus aportes como mentor a la iglesia María Reina de la Paz, en el barrio Guaracachi, sus tiempos repartiendo víveres en el Hospicio San Francisco, el acompañamiento y rectoría al Seminario de San Ignacio o la ocasión en la que se despojó de su vestimenta para abrigar a un indigente.

La hermana del padre Alfredo, María Pesendorfer, dijo que la última voluntad del religioso era descansar en la tierra que lo acogió como misionero. Sus restos serán trasladados hoy, a las 6:00, a San José. 

El velorio y las exequias serán en el templo del Divino Niño, otra de las obras que construyó. En la memoria también queda otro deseo: que la gente no abandone y ayude a los niños de su Aldea.

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