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La vida de David Álvarez Paco (64) se apagó peregrinando por los hospitales de la ciudad por un respirador para que sus pulmones recibieran el vital oxígeno que por sí solos no podían inhalar, colapsados por una fuerte infección provocada por el coronavirus.

En días previos, David padeció la característica dificultad respiratoria, agravada por su diabetes, y mostró una corta mejoría, pero el viernes empeoró y empezó el calvario para él y sus hijos, en busca de un espacio con un respirador convencional en terapia intensiva.

A estas alturas, para muchos no es novedad el colapso del sistema de salud en el departamento, por la cantidad de enfermos graves que el Covid-19 empuja cada día a estos centros, pero debe servir de una alerta para utilizar otras alternativas de lucha, puesto que los fallecidos, muchos de los cuales siguen cayendo en las puertas de los hospitales, están desbordando los servicios mortuorios, las oficinas de trámites, las fábricas de ataúdes, los cementerios y los crematorios.

Enviado a morir en casa

Álvarez se aferraba a un pequeño tubo de oxígeno conseguido por sus compañeros de trabajo, la noche del viernes pasado cuando lo llevaron en estado grave al hospital El Remanso, donde explicaron a la familia que no tenían los equipos necesarios para intubarlo. Recomendaron que fuera al hospital San Juan de Dios o al de la Pampa de la Isla.

“Que tengan buena suerte”, deseó el médico a los parientes de David que retornó agitado a casa. La tarde del sábado, por gestiones especiales, la alcaldesa Angélica Sosa logró que lo internaran en el hospital El Tatú (Plan Tres Mil), pero sirvió de poco porque no había terapia intensiva ni respiradores adecuados para la intubación.

Con ayuda de los médicos del Sedes, Dorian Jiménez y Carlos Hurtado, se halló un espacio en el hospital del distrito municipal N° 10, pero no era lo que necesitaba el paciente, pues este nosocomio está habilitado para enfermos leves.

La familia decidió ir a buscar suerte al San Juan de Dios, donde el personal médico fue claro: “lo podemos tener aquí sentado con su mismo tubo de oxígeno, porque no hay donde intubarlo”. El único respirador libre había sido ocupado por otro paciente horas antes.

Los hijos volvieron a las calles con su padre cada vez más débil y recorrieron cinco clínicas, en las que informaron estar copados. Finalmente, cuando eran las 3:00 de este domingo, se atrevieron a ir al hospital Japonés, y la respuesta fue la misma.

La directora informó que las seis terapias intensivas del centro están ocupadas por pacientes Covid-19. Allí, al ver levantarse imponentes dos blancos domos, los seres queridos de David deseaban que estuvieran funcionando, pero les indicaron que posiblemente sean habilitados el lunes o martes de la semana que entra.

Los diez centros médicos citados arriba no tuvieron la capacidad hospitalaria para prestar ayuda a David y, el expreso que lo transportaba se resignó a volver a casa con él. Para mala suerte de este hombre humilde, en el camino se acabó el oxígeno del tubo que lo acompañó en su agonía y al llegar a su domicilio, se dio por vencido y expiró a las 3:24.

“A nadie le deseo lo que yo he pasado, esto de peregrinar hospital por hospital para salvar a la vida de un ser querido y ver que a uno lo tratan de la peor manera, que no tienen humanidad, en especial los doctores. Sé que todo está colapsado, pero deberían ser un poco más humanitarios. Deberían tratar con paciencia viendo que la familia está con su ser querido agonizando”, expresó entre lágrimas Helen Álvarez, de 21 años, hija del malogrado David.

“Cuando ellos juran como médicos, juran salvar vidas. Esto para mí es una decepción porque ese juramento es falso, lo digo por lo que viví rogando por mi papá. Me siento impotente al no poder haberlo salvado. Tengo una rabia con esta municipalidad, porque todo lo que sale en las noticias es pura pantalla, porque no hay los equipos necesarios para salvar vidas. Todo es una mentira”, dijo Éricka Yaneth, la otra hija de Álvarez.

El segundo calvario

El morirse no es fácil, porque los deudos emprenden la segunda peregrinación: la de conseguir el certificado de defunción del fallecido. Para eso se debe convencer a la Policía para que se presente en el domicilio a determinar el tipo de deceso (violento o por enfermedad).

Ese informe es vital, pues servirá para gestionar el certificado de defunción en los centros médicos o en el Instituto de Investigaciones Forenses. En el caso de David, como murió en su casa, debieron recurrir al IDIF para que extendiera el documento y, de esa forma, la funeraria se encargue de envolver el cuerpo en bolsas de bioseguridad, sellarlas y llevarlo al cementerio.

Incremento de muertes

Si bien no hay estadísticas oficiales, se sabe que los fallecimientos han aumentado en junio y es probable que sobrepasen los 1.500 este mes. Lo dijo una autoridad del Sedes que prefirió no ser identificada, aclarando que se incluyen las muertes naturales, por Covid-19 y por otras enfermedades.

Otro dato que sirve como parámetro para afirmar el incremento de los decesos, son los informes de las funerarias. Miguel Salvatierra Pereira, vicepresidente de una asociación de funerarias en Santa Cruz, reveló que casi todas están saturadas de pedidos.

"En mi funeraria, en la que no estoy trabajando el 100%, nos encontramos algo saturados. Por ejemplo, hasta ahora (domingo, a las 10:15) tengo dos servicios para hacer. Al día estoy acondicionando tres o cuatro cuerpos siendo mi negocio el que menos trabaja”, manifestó Salvatierra.

Esta asociación tiene 47 funerarias afiliadas. Una rápida multiplicación, tomando como referencia tres servicios funerarios, permite establecer que estas empresas gestionan el entierro o cremación de, al menos, 141 cadáveres diarios.

Salvatierra reveló también que el aluvión de restos mortuorios está haciendo escasear los ataúdes, puesto que las carpinterías se están quedando sin madera.

Los cadáveres hacen fila en los crematorios

A decir del vicepresidente de la Asociación de Funerarias, otro sector saturado es el de los centros crematorios. Solo hay funcionando tres: dos privados y uno recientemente abierto al público, administrado por la Alcaldía.

En un horno, situado en proximidades de Satélite Norte, en estos momentos hay unos 50 cuerpos esperando en fila para ser cremados. El crematorio tuvo que suspender la atención hasta el próximo jueves para atender la demanda de  una larga lista, manifestó Salvatierra. En dicho horno están trabajando las 24 horas para cremar hasta 15 cuerpos por día.

Algo similar, ocurre en el otro recinto situado por la carretera a Cotoca. En el crematorio municipal también hay cuerpos en lista de espera, mientras tanto, los restos esperan en la morgue de la Pampa de la Isla.

“¿Qué estarán haciendo algunos colegas con los cuerpos que han sacado de los hospitales si los crematorios están saturados. Dónde los tendrán? Creo que es conveniente habilitar un cementerio especial, sería lo más sensato para evitar un posible riesgo de contagio”, alertó Miguel Salvatierra.

Katherine Ramírez, directora del IDIF, dijo no tener datos exactos sobre la cantidad de certificaciones de defunción que emite su despacho, pero asegura que los casos se han incrementado en los últimos días. “Por lo menos unas 50 personas están muriendo en domicilios por día”, señaló la médica forense.

Brigada de Homicidios con poco personal

Un oficial de la Policía, que prefirió el anonimato, admitió que hay días en que las muertes de personas en domicilios o en las vías públicas rebasan la capacidad de la brigada de Homicidios de la Felcc, la cual está conformada por nueve agentes.

Empero, y poniendo énfasis en que siempre dan respuesta, ese problema lo subsanan echando mano del personal de los puestos policiales de los barrios periféricos.

“No ha ocurrido, que yo sepa, que un cuerpo esté dos días en su casa, a menos que hayan equivocado la llamada. La mayoría de las veces llaman del Sedes y coordinamos los dos protocolos que se hacen: el de la calle y el del domicilio para determinar si hubo violencia o no”, aseguró el oficial.

El Sedes tiene un protocolo que en papeles debería funcionar porque establece que un difunto por Covid-19 o por cualquier causa, debe ser enterrado en el término de 12 horas.

Pero se tropieza con muchas trabas y los cuerpos permanecen hasta 48 horas en casa. Es el caso de Domingo Apiranzai Castro (54), domiciliado en la zona de Los Lotes, que murió el jueves 18 de junio en su domicilio a raíz de una enfermedad crónica.

La familia, de condición humilde, convivió dos días y sus noches con el cadáver por la tardanza de la Policía en atender la llamada de ayuda. Una cosa es el protocolo escrito pero la realidad es otra.