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Desde que la profesora Raquel Becerra (45) llegó al Instituto Oncológico, los niños que luchan contra el cáncer dejaron de ver a este centro hospitalario como el lugar donde están las agujas, los sueros y los remedios, porque encontraron un espacio donde colorear, jugar, leer y aprender como cualquier niño en edad escolar.

“No vienen a un hospital, vienen a la escuelita para la vida”, siempre les dijo para motivarlos.

Su vocación y amor por los niños la llevó a impartir clases de forma voluntaria durante más de 15 años, es decir, sin recibir remuneración económica. Con la ayuda de los voluntariados logró forjar la Escuela para la Vida, el primer centro intrahospitalario del país, que sirvió de modelo para replicar la experiencia en otros nosocomios.

Su trabajo en el Oncológico empezó hace 18 años cuando aún era estudiante de Sicopedagogía. Llegó allí en 2003, acompañada de una compañera de clase que después continúo su labor en otra escuela. Recuerda que la encargada del área de Pediatría las llevó a un cuarto que estaba vacío y les pidió hacer magia para dar esperanza a los niños que se sentían tan tristes de estar en ese lugar, que abandonaban el tratamiento. “Era una necesidad porque los niños solo de saber que venían al hospital se sentían traumados y no querían seguir su tratamiento”, cuenta.

Empezó llevando acompañamiento a unos diez niños que estaban en internación, a quienes los visitaba para enseñarles a leer cuentos y a colorear. “A los cuatro meses se vieron los progresos. Los niños estaban motivados, se levantaban de sus camas para colorear. Fue como una vitamina para ellos, como cuando alguien llega con un dulce. Su vitamina eran los colores, las canciones, los dibujos”, cuenta.

Esto la llevó a impulsar un proyecto para una escuela intrahospitalaria, para lo cual organizaron una kermés. Compraron sillas, mesas, libros y así habilitaron la primer aula intrahospitalaria.

Posteriormente recibió el apoyo de Afanic España para los materiales y un bono para cubrir los pasajes. “Eran como unos cinco niños los que bajaban con su suerito a pasar clases al aula. Yo los motivaba diciéndoles: no vienen a un hospital, este es un lugar mágico, aquí hay colores y así fui cambiando el paradigma”, cuenta.

Después de cuatro años, Afanic Bolivia se hace cargo de la ayuda hasta 2014, cuando retiró el financiamiento por la crisis económica.

Pero la profe Raquel no se dio por vencida y decidió continuar impartiendo clases. Decidió tocar puertas a algunos colegios para que los niños que pasan clases en el Oncológico sean matriculados en el sistema regular y no pierdan el año.

De esta forma introdujo a los niños de la escuelita a la escolarización con el sistema multigrado; primero con los del ciclo inicial; luego, a los de primaria; y después, a los de secundaria.

“Partía mis turnos para dictar clases todo el día, era difícil, pero no podía dejar solos a los niños”, dice.

El apoyo su esposo y de sus dos hijos, que ahora tienen 9 y 16 años, fue fundamental para que no abandone la escuela.

Un sueño hecho realidad

Para entonces, la escuelita había crecido tanto que ya no había espacio para los niños y ahí fue que se animó a crear un proyecto para que el Oncológico cuente con una escuela con los tres niveles.

Con el apoyo de seis voluntariados y personas de buen corazón organizaron actividades para reunir recursos y finalmente el sueño se hizo realidad.

Por la pandemia las clases ahora son virtuales y semipresenciales.



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