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Inquieto. Amigo de las matemáticas, física y química. Allá en 1984, Carlos Corrales tuvo como regalo una calculadora científica Texas y para aprender a programar sus funciones, tuvo que leer hasta la letra chica del manual de instrucciones. Algo que activó la chispa por el gusto de la tecnología.

Sin embargo, el deporte también era otras de sus pasiones. Debido a su energía y disciplina ganó varios títulos intercolegiales en atletismo de 400, 800 y 1.500 metros planos. Haciendo quedar en alto a su Colegio San Ignacio.

Tras su frustrado intento por estudiar Ingeniería Química, descubrió que las fórmulas para la transformación de nuevos materiales no era lo suyo, sino que los algoritmos ligados a la Ingeniería Informática iban a ser su debilidad y fortaleza a la vez.

Seducido por la computación el joven Corrales, a sus 23 años, inició su primer emprendimiento. Se trataba de una pequeña empresa de transcripciones, pues en aquellos años el acceso a las computadoras era limitado, y como tuvo la suerte de contar con una PC 286 apostó por el negocio, mientras gradualmente se iba destacando en Informática y junto a otros estudiantes más avanzados fue desarrollando distintos sistemas que fueron reconocidos por sus docentes de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), paralelamente a la formación en matemática discreta y lógica que recibía Carlos.

Este simpatizante del Tigre con abundante melena, gustaba de las fiestas y del rock anglosajón y latino.

Ya más ducho en el tema de la programación, Carlos desarrolló un software destinado para los odontólogos de La Paz. Tal fue el éxito que la demanda de esa tecnología provocó su primera entrevista en el suplemento Ciencia y Computación de El Diario, un recuerdo que guarda con mucho celo. El reconocimiento fue el impulso para apostar por lo intangible.

Antes, hizo una parada y se postuló para empleado de Microsoft Corp. Fue elegido y por año y medio estuvo trabajando bajo la supervisión de jefes chilenos, pero otra vez el espíritu emprendedor lo llamó.

Entonces creo otra empresa que permitían tomar pedidos en dispositivos en vez de hacerlo en papel, para preventa y cobranza. Siguió en el ruedo e incursionó en los sistemas financieros contables ERP, posteriormente en un sistema de corrección de exámenes masivos para universidades estatales y Ministerio de Educación, el sistema permitía correcciones masivas rápidas evitando el manipuleo de datos.

Luego de esos emprendimientos junto a su socio, Iván Vargas, fundó Tesabiz, actual emprendimiento donde desarrolla tecnología para entidades financieras.

Santa Cruz, la elegida

En 2006, hace las maletas junto a esposa y tres hijos y se dirige a Santa Cruz. La elección de la capital cruceña no es caprichosa, ya que considera que en estas tierras el espíritu emprendedor germina con mayor rapidez y las oportunidades laborales son mayores.

Carlos valora el carácter desprendido del cruceño y reconoce que el mercado tiene un mayor consumo tecnológico. Es en este escenario, en 2015 nace Tesabiz que tiene el objetivo de digitalizar la economía boliviana identificando las necesidades no atendidas en el ecosistema financiero tanto nacional como internacional. La empresa busca responder las demandas de los consumidores financieros y a quienes brindan esos servicios

En el camino identificó junto a su socio varias necesidades y poco a poco fueron construyendo tecnología que hoy satisface necesidades, que cruzan las fronteras del país, que pueden ser medidas y que son visibles y tangibles.

Tesabiz es un laboratorio con unos 20 trabajadores bolivianos de distintas especialidades que fabrican tecnología nacional para ser exportada, a pesar de distintas caídas Carlos es un agradecido con estas tierras.

“Santa Cruz tiene un espíritu de Dios que permite tener fe y luchar con fuerzas humanas y espirituales que alientan al alma”, sintetiza su sentir.


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