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El cordón ecológico es una imponente muralla verde edificada a lo largo de miles de metros cubiertos por cientos de miles de árboles en el lado noroeste de Santa Cruz, cuya principal función es proteger a la ciudad de una crecida del río Piraí, pero a la vez y desde hace más de 30 años, se ha convertido en un espacio que a cualquier hora del día o de la noche puede ser el infierno o el cielo momentáneo de quienes están presos de la adicción a las drogas.

“Se puede decir que yo soy un fundador de ese lugar, que en realidad se llama Terebinto o al menos así lo conocemos todos los que hemos estado allí”, señala Martín (nombre ficticio) luego de un primer saludo, algo desconfiado al teléfono, de un hombre que conoce lo que se esconde detrás de la muralla verde del cordón ecológico desde los años 80.

“Antes, ese espacio era tranquilo, lo utilizábamos para drogarnos unas cuatro o cinco personas, no éramos más. Peleamos para que no se convierta en un espacio difícil, distinto, pero ahora todo cambió”, recuerda con algo más de confianza Martín, que además cuenta que en 2008 el sitio dejó de ser el espacio tranquilo de otros años y se convirtió en un ‘gremio’ fuerte (palabra con la que se identifica a los grupos de drogodependientes que conviven en un mismo sitio), donde ahora la mayoría de los que está allí vende drogas, se aplican reglas crueles de disciplina y existen cordones de seguridad para advertir la presencia de extraños.

“Entre 2006 y 2009 me fui a Cochabamba para recuperarme de la adicción, pero cuando volví y traté de ayudar a quienes estaban en este lugar, encontré otra realidad”, explica este hombre, que hace algunas semanas atrás dejó Terebinto nuevamente, en una de sus últimas recaídas en el vicio.

Richard Durán Canelas, un hombre que vivió en la calle por años y que salió de ese mundo y ahora es un terapeuta que ayuda a las personas que caen en la adicción, coincidió con Martín en cuanto al cambio que experimentó en ese lugar, que también era conocido como ‘Donde Gloria’, en virtud al nombre de la mujer que mandaba en la zona y que además era la principal expendedora de drogas hace varios años.

“Cuando estaba Gloria todo era diferente. Ella te cuidaba, se preocupaba porque comás y si no lo habías hecho no te vendía la pasta. Era como si te engordara para que aguantes y podás seguir comprando droga”, explica Martín, que conoció a esta mujer que estuvo presa y que ya murió.

Pero volviendo a los cambios que ha experimentado el lugar, tanto Richard como Martín afirman que allí aquel que se sale de las normas, sea niño, adolescente o adulto, recibe como uno de los castigos más comunes una ‘chicoteada’ con cables, que muchas veces lo dejan con graves heridas en el cuerpo y sin aliento para levantarse del piso. Incluso hay quienes cuentan que hubo gente que quedó manca (perdió una de sus manos), ya que el ataque para castigar la falta fue con un machete.

Otro de los cambios que ha experimentado este gremio, que a mediados de la semana pasada fue intervenido por la Policía a pedido de los vecinos de la zona que denunciaron ser víctimas de permanentes asaltos y robos, es la presencia de anillos de seguridad y de ‘campanas’.

Lo primero fue una práctica que trajeron aquellos que viven detrás de la muralla verde y que terminaron presos en Palmasola por algún delito, pero cuando salieron del penal y regresaron a su espacio, impusieron normas de seguridad de las que fueron parte en el reclusorio y así también aparecieron quienes hacen de ‘campanas’.

Estos son generalmente niños, hijos de los vendedores de droga, que están en los alrededores para avisar que algún extraño (policías, autoridades o algún curioso) está pasando por sus puestos de vigilancia y van camino a su gremio.

Los anillos de seguridad se suman a las ‘campanas’, ya que así los expendedores de drogas pueden esconder lo que no debe salir a la luz y evitan, casi en la mayoría de los operativos, el decomiso de las sustancias controladas con las que manejan el infierno verde.

Algunos otros personajes que ya no deambulan por estos sitios, pero dejaron su huella de terror en la gente adicta que ingresa allí, fueron Jon y Lucy, las identidades de dos personas que manejaban dos bandos del mismo gremio.

“Cuando estaban ellos había permanentes enfrentamientos entre los que eran de un bando y del otro. Hubo muertos y gente acuchillada que tuvo que salir hasta en ambulancias del lugar, porque las peleas eran muy violentas”, recuerda Richard y agrega que ahora, por información de personas que tratan de recuperarse de la adicción, Jon, que estuvo preso por varios años en Palmasola, ya no vive en el lugar, fue expulsado por los nuevos mandamases y ahora se refugia en los canales de drenaje del cuarto anillo.

“Jon inventó la modalidad de crear ‘caletas’ debajo de la tierra, para esconder los objetos robados de quienes salían de Terebinto para delinquir”, apunta Richard y agrega que sobre Lucy no se sabe nada, “tal vez ya murió”.

El dinero manda

Martín cuenta que pasar y ser devorado por el infierno verde que se esconde detrás del cordón ecológico es muy fácil, pero aclara que el trato que recibirá cualquier adicto en el sitio dependerá sobre todo del dinero que pueda tener.

“Se puede conseguir pasta base de cocaína desde Bs 10, que es un sobre con algo para saciar el vicio, pero aquellos que ingresan con esa cantidad de dinero y no tienen más, son sometidos a los ataques de los otros y hasta los convierten en sus sirvientes el tiempo que están allí, ya que tras la primera ‘villada’ de su droga, necesitarán más y deberán hacer lo que el otro pida para conseguir más cocaína”, explica Martín, que ha visto niñas de 13 años que se prostituyen con adultos para conseguir dinero.

También lo que él señala y deja mejor retratado el infierno que viven cientos de personas, es que hay niños sumidos en el mundo de las adicciones. “Hay hijos de los mismos vendedores, que tienen entre 8 y 9 años, que están fumando base. No se puede creer”.

Pero la vida de adicción de Martín, que él admite está tristemente casada con la historia de Terebinto, lo ha llevado a cambiar vehículos para sustentar sus ansias por fumar o inyectarse droga.

Cuenta que una vez vendió su moto por $us 700 en droga y luego su auto lo remató por $us 3.000. “Hay gente que tiene la cantidad de dinero para pagar esos precios o darte el mismo monto en droga”, recuerda el hombre.

De acuerdo con Richard, que en otro tiempo ha rescatado personas sumidas en el vicio de Terebinto, hay historias de hombres, mujeres y jóvenes que han ingresado al corazón del infierno verde y han pasado días y hasta semanas solo consumiendo droga.

Martín afirma que le ha tocado ver gente, que como no consume nada más que sustancias controladas por horas continuas, se ponen tan mal que sufren paros cardíacos, embolias o convulsiones de las que muchas veces no pueden salir y mueren. Si bien el operativo de la semana pasada permitió retirar de Terebinto a más de un centenar de drogodependientes y personas en situación de calle que encontraron en ese espacio su hogar, a pocos días de esta acción la mayoría ha comenzado el retorno.

Martín, que en su afán por ayudar a quienes están sumidos en el mundo que él reconoce es una permanente tentación para él, dice que ni el 80% de los que fueron integrados a un hogar de acogida se quedó y agrega que han retornado al mundo donde ahora mandan ‘Piyo’, su hermano ‘Negro’, el ‘Gordo Tórrez’, la ‘Madre’ (la mayor expendedora de drogas en el lugar) y ‘Daniel’, que explota a los niños.


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