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“Cuando la intubaron en el Hospital Óscar Urenda, en Montero, tenía 33 de saturación de oxígeno”, cuenta Roxana, hermana de Yamile Camacho Vargas.

Corroborarlo se vuelve necesidad. Ese número golpea cualquier sentido de lógica, especialmente si la paciente en ese momento tenía más de 50 años, pesaba casi 100 kilos y padecía hipertensión y diabetes. Y sí, Erick Arnez, el jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos (UTI) de ese centro de tercer nivel donde fue atendida, el único en las 15 provincias del departamento, confirmó el dato.

Yamile hoy está en casa. Su recuperación fue tan asombrosa que Roxana, al verla entrar con vida al hogar, sufrió un ataque de llanto. No podía detener la cascada de lágrimas porque estaba viendo el milagro atravesar la puerta.

“Cuando ella se encontraba internada yo veía números desconocidos llamándome y quería vomitar de los nervios de que me dieran una mala noticia, de que me pidan que vaya a recogerla sin vida”, se emociona.

Solo ella y su familia tienen idea de todo lo que sucedió, en retrospectiva, entre ese final feliz y el inicio de la enfermedad.

Yamile, que trabajaba cuidando un menor de edad en casa de una doctora, se contagió los primeros días de este año, pero se negaba a siquiera contemplar la posibilidad de que fuera coronavirus.

Finalmente, ante la insistencia familiar, aceptó hacerse la prueba para Covid-19 y la tomografía, recién cuando ya no daba más. Sus pulmones estaban tomados en 80%. Pasó a tener una saturación de oxígeno de 66% y le recomendaron internarse en una UTI. “Así empezó nuestra agonía”, recuerda Roxana.

Acompañada por sus hermanos, Yamile primero fue a casa con un tubo de oxígeno, pero después al Japonés, donde esperaron en vano por tres horas. Luego se dirigieron a La Pampa, “nos trataron con las patas, me hincaba pidiendo que ayuden a mi hermana”, asegura Roxana.

Dice que un médico de ahí se compadeció y salió a revisar a la enferma, advirtiendo que si saturaba por debajo de 88 no podrían recibirla. “Busque una clínica, si siguen así, su hermana morirá”, le dijo el galeno, aclarando que la saturación ya iba por 58.

Se fueron a una “clínica solidaria” donde les pidieron sacar ficha y tener Bs 7.000, inicialmente, pero al final dijeron que no había espacio. Luego se dirigieron a otro centro privado, les aclararon que necesitarían Bs 12.000 por día.

“Mi hermana, ya agotada, solo quería estar en casa, la llevamos, le puse oxígeno y los remedios que me recomendó un familiar médico. Solo me arrodillé junto a ella y pedí a Dios que se hiciera lo que Dios quisiera”, dice Roxana, enfermera de oficio.

Luego acudieron a un médico extranjero que la atendió a domicilio, y que costó Bs 700. Pero la situación seguía empeorando. Fue trasladada a un centro de salud de 24 horas donde tampoco fue bienvenida ni priorizada, a pesar de la gravedad.

Por último, en medio de la desesperación y decepción, Roxana intentó llevar a su hermana a un centro de terapia alternativa, pero tampoco la aceptaron. “Me dijeron que Yamile ya requería intubación”, recuerda.

La última esperanza era una prima que antes trabajó en la instancia pública y que se comprometió a buscar una cama en el Hospital Óscar Urenda, de Montero. Lo lograron, excepto por la ambulancia, tuvieron que trasladar a Yamile en su propio vehículo hasta el municipio norteño, ya apenas respirando.

Yamile entró, debía ser intubada, pero primero necesitaba ser estabilizada. “Los médicos nos decían que oremos, que solo un milagro la salvaría. Su estado era muy crítico”, recuerda Roxana,

La familia hizo de todo, desde rifas hasta almuerzos solidarios para juntar el dinero que permitiera pagar medicamentos para la sedación.

Pasaron los días, a los que Roxana llama “oscuros”. La intubaron porque podía entrar en paro o sufrir un derrame, y entonces fueron 11 días de ‘inventarse’ recursos para pagar los remedios.

“Cada día al menos demandaba Bs 3.000 por los remedios, y tuvimos que quedarnos en un alojamiento en Montero”, dice Roxana.

Después del día 11 de intubación, Yamile fue sometida a una traqueotomía. También adquirió una bacteria intrahospitalaria que arriesgó toda su recuperación.

Milagrosamente, hoy Yamile es una superviviente. Camina a paso lento y tiene que usar oxígeno. Su familia lamenta que fuera tema de mención el cierre de ese hospital al que le deben tanto.

La familia de Yamile sabe que además del milagro de la vida de ella, recibieron un prodigio más que al comienzo no entendieron. “Solo Dios sabe por qué no la aceptaron en las clínicas, creo que hubiéramos estado sin casa, era la única garantía grande que podíamos ofrecer. En ese momento no importaba. Y a pesar de todo no murió por un paro”, agradece Roxana. “Los médicos nos decían que ella tiene un ángel en el cielo que no la soltó de la mano”.

A Roxana y a su otra hermana, Andrea, con quien iba cada día al Óscar Urenda, les quedó una tarea pendiente. “En ese hospital no había un solo árbol para cobijarse, nosotros queríamos plantar uno para mostrárselo a Yamile cuando ella estuviera bien, y recordarle que la simbolizaba a ella”, dice. También les apena solo haber regalado una torta a los médicos, a quienes sienten que deben todo.

El 8 de abril Yamile cumplirá 51 primaveras. Su familia quiere bendecir su vida con una misa de acción de gracias en el hogar que comparten todos.

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