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EDITORIAL

Este aniversario patrio decidimos mostrar el futuro, que hoy dice presente. La sangre nueva de esta Bolivia expresa sus necesidades y sus sueños. Las semillas ya brotaron y ahora quieren mostrar sus mejores colores para pintar otros paisajes, con nuevos aires y sonidos.

La generación denominada millennials creció con el nuevo siglo y tiene una herencia, pero vaya si tiene futuro. Son los que nacieron entre 1981 y 1999 y entienden el mundo online y el offline como una realidad integrada. Entre lo digital y lo analógico.

Hay un sincero reclamo por no sentirse escuchados y creen que hay otras formas de ser útiles para una nueva Bolivia. Esta generación selfi valora las experiencias personales y se siente única. Son grandes descubridores a pesar del saber de antaño y bucean en las redes sociales donde la libertad les sonríe.

Ávidos de novedades, espacios y de amigos digitales, les preocupa la pobre educación y muchos prefieren nuevas oportunidades, lejanas y ambiciosas como sus sueños: salir, capacitarse, volver y hacer otra Bolivia.

Desconfían de un presente que no les permite desarrollar sus actividades, tal vez por eso se refugian en los rincones de las nuevas tecnologías, que consideran las nuevas escaleras del futuro.

Prefieren trabajar en lo que les apasiona, aunque suponga mayor inestabilidad económica.

Les preocupa la discriminación, el racismo y otras miserias. Por eso apuestan por la inclusión y la diversidad.

El cambio en las relaciones humanas modifica concepciones del mundo, reflejadas en otro vivir. Creen en el amor, pero no tanto en el matrimonio. Son más tolerantes a la diferencia y al otro, sin tanto miedo a lo desconocido. Para ellos el sexo es sinónimo de libertad y la religión no es una atadura.

Viajar y destacarse es más que una selfi de alegrías. Más interesados en Instagram que en Facebook, prefieren compartir momentos. Estos ‘multidispositivos’ juegan en línea una buena parte del tiempo y prefieren crear marcas propias. De allí su emprendedurismo.

Ponen en jaque las viejas estrategias comerciales y se ubican en otras plataformas de la creatividad para llegar lejos y a todos.

Son adeptos a Netflix y a Spotify, pero también a Uber y a Airbnb. A pesar de que muchos mayores creen que son vagos, narcisistas e inestables y sin capacidad para planificar, ellos se comprometen con su futuro y creen que con nuevos conocimientos y capacidades se puede hacer un país mejor. Ellos viven, se expresan y sienten. Llegó la hora de reconocerlos y escucharlos.

Roberto Dotti/ Editor de Apertura de EL DEBER

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