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Ahora mismo las autoridades que velan por la vida silvestre de Bolivia están ocupadas en descubrir el nuevo modus operandi de los traficantes del colmillo del jaguar. Hasta hace unos meses, utilizaban el correo tradicional para enviar el codiciado producto hasta los mercados de China. Pero como ya fueron descubiertos cesó esa práctica, pero en el país nadie se anima a cantar victoria.

Y no se animan porque saben que en las poblaciones cercanas a la Amazonía, uno de los territorios del felino más grande de América, los intermediarios que son pieza clave en el ilícito negocio, siguen tentando a los cazadores con pagas extraordinarias que van desde los 100 hasta los 400 dólares por cada colmillo del animal. 

Mientras 14 procesos penales se ventilan en los escritorios de la justicia ordinaria, donde algunos jueces aún se preguntan cuál es el delito por vender o comprar colmillos de un animal que ya está muerto, la Dirección de Biodiversidad alista un gran golpe a los traficantes porque sabe que existe una gran mafia que no se rinde a las leyes nacionales que le han declarado la guerra a los enemigos de la vida silvestre. 

Y el último dato que arrojó el director de la Policía Forestal de La Paz, Walter Andrade revela otra noticia negra: que los traficantes ya no son solo ciudadanos chinos que viven en el país, sino que al creciente y rentable negocio se han sumado personas bolivianas que han optado por comandar ellos mismos el envío de colmillos de jaguar que rompe trancas y burlas las fronteras de Bolivia y de otros países latinoamericanos. 

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