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Era la noche del 28 de noviembre de 2016. Lo recuerda bien y pese a que ha pasado un año, aún hay frases que le martillan con insistencia la mente.

-“Señorita, LaMia 933 está en falla total, falla eléctrica total, sin combustible”.

-“Pista libre y esperando lluvia sobre la superficie. LaMia 933, bomberos alertados”.

-“Vectores señorita, vectores a la pista”.

Ese 28 de noviembre Yaneth Molina se encontraba controlando el tráfico aéreo en el aeropuerto José María Córdova de Río Negro, en Antioquia (Colombia), como lo venía haciendo desde hace 22 años. Esa madrugada, cerca de las 2:00, vio en su radar que el vuelo 2933 de LaMia ingresaba al espacio aéreo de Medellín. En el primer contacto el piloto boliviano Miguel Alejandro Quiroga Murakami no dejó traslucir ninguna preocupación. 

Posterior a ello, una corriente fría le recorría la espalda cuando escuchaba al capitán Quiroga solicitar prioridad para aterrizar. Incluso, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que su voz no delatara la angustia que la embargaba cuando supo que el avión, ya sin combustible, era totalmente ingobernable.

En su radar veía cómo un avión “se desgajaba desde los 7.000 metros de altura sin control”, mientras un piloto imploraba vectores a la pista al buscar en vano acercarse al aeropuerto José María Córdova. Yaneth seguía repitiendo instrucciones con una falsa seguridad para proteger -según comprende ahora- a los ocupantes de las demás aeronaves que transitaban el mismo espacio aéreo.

Lo que vino después fue una pesadilla y el inicio de una sucesión de imágenes de muerte, dolor y luto que consternaron al mundo: el avión de la aerolínea boliviana LaMia se iba a pique y consigo se llevaba la vida y los sueños de gran parte del equipo brasileño Chapecoense y de su tripulación.

Un año después, en su apartamento de Medellín, recibe a EL DEBER. Sentada en el sofá -el mismo en el que sostuvo innumerables conversaciones con su esposo e hijos sobre la tragedia de Chapecoense- cuenta que su vida se convirtió en un infierno y que a modo de terapia plasmó su verdad en el libro “Yo también sobreviví”. 

La idea del libro fue de su esposo Carlos Acosta (que de hecho es quien lo escribe) y de sus dos hijos (uno de ellos es piloto) que al ver cómo -después de que el audio del último contacto con el piloto boliviano se diseminara como pólvora en internet y fuera repetido una y otra vez por los medios de comunicación- era atacada en las redes sociales, juzgada por personas que no conocían los protocolos de seguridad de aviación  y amenazada de muerte.  Su familia, que la ayudó a resurgir como el ave Fénix, la convenció de contar lo que sucedió esa noche.

El cerro El Gordo ahora se llama Chapecoense y se ha convertido en una especie de santuario a donde acuden miles de turistas
El cerro El Gordo ahora se llama Chapecoense y se ha convertido en una especie de santuario a donde acuden miles de turistas | Foto: Shantall González

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Así como cientos de turistas, sobrevivientes y familiares de las víctimas de la tragedia aérea,  la controladora aérea también decidió  visitar el cerro El Gordo, que ahora se llama Chapecoense, en honor a las 71 vidas que se apagaron en sus faldas. Yaneth, acompañada de su familia, acortó los 53 kilómetros que separan a Medellín del municipio La Unión y se enfrentó a sus miedos.   

Otras personas, cuenta la bombera María Teresa Mejía Muñoz, llegan hasta el cerro por mera curiosidad. Ese cerro se ha convertido en una especie de santuario. Allí se encuentran flores, imágenes, mensajes de aliento y estampas de la Virgen de Guadalupe. 

En la estación bomberil de La Unión también hay una especie de galería con notas de prensa, reconocimientos y el relato en primera persona de los bomberos que rescataron a las víctimas, como es el caso de María Teresa, que en esta oportunidad recibe a EL DEBER. Dice que la vida de este pueblo, de más de 10.000 habitantes, ya no es la misma. Las visitas son fluidas, especialmente de turistas
de México, Brasil, Estados Unidos y Alemania. 

La tragedia de Chapecoense no solo activó el turismo, contribuyó a mejorar la relación entre bomberos y los vecinos. El comandante de esta institución, Arquímedes Mejía, rememora que esa fatídica madrugada tanto sus rescatistas como varios pobladores hicieron un solo equipo, subieron y bajaron el cerro muchas veces con la esperanza de salvar una vida más y por la solidaridad con los familiares de los fallecidos. 
Después de ese accidente en La Unión también hay nostalgia. Cada vez que un avión surca el cielo de ese pueblo antioqueño hay un cierto temor y tristeza en sus habitantes que irremediablemente rememoran lo sucedido. La visita de un nuevo turista también les recuerda este episodio.

Alonso Carmona (67), de oficio constructor, relata que su casa tembló cuando el avión de LaMia chocó contra la montaña y luego escuchó como un estruendo en el fondo de la tierra. Se levantó de la cama y se acercó a su ventana. Era una noche nublada y por mucho que forzó su vista no alcanzó a ver nada. De repente sintió un escalofrío y sin siquiera pensarlo se acercó al radio, lo encendió y se dispuso a esperar las noticias. La espera no fue larga y sus presagios fueron confirmados. La voz de un locutor anunciaba que un avión se había estrellado. Diez minutos después oyó la sirena de las ambulancias y cuatro horas más tarde retornaban con el primer sobreviviente.

Johan Alexis Ramírez (15), el ‘niño ángel’, también vive en La Unión. Exactamente, a diez minutos de la escena de donde cayó el avión de LaMia. Johan se hizo mundialmente conocido luego de que guiara a los rescatistas hasta la escena del accidente y ayudara en la recuperación de las víctimas.

Desde hace nueve meses vive en una nueva casa junto a su familia. La edificación de 96 metros cuadrados, que le obsequió la Fundación Compasión, está rodeada por una huerta, un jardín y por 71 árboles, que representan a cada uno de los fallecidos.

A su  padre, Miguel Ramírez, también le alcanzó la tragedia de Chapecoense. Sus cultivos de papa, tomate y cebolla quedaron destrozados. Miguel dice que su hijo sigue siendo el mismo, espontáneo y solidario. 

Pero, lo que está claro es que Johan tiene dos vidas: la que vive con su familia y la de los reconocimientos. Entre estos cuenta el de la Presidencia de Colombia que, en enero de 2017, le otorgó una beca para que estudie lo que guste. También viajó a Brasil para reencontrarse con el equipo de Chapecoense y a España, para conocer a sus ídolos del Real Madrid. Se declara un adolescente feliz.

Yaneth Molina recibió a EL DEBER en su casa de Medellín, Colombia | Foto: Shantall González  

El reclamo de un padre 
Poco después de que venciera todos sus miedos y visitara el cerro Chapecoense, Yaneth recibió una llamada telefónica que le volvió a remover el piso. “El padre del capitán Quiroga pedía reunirse conmigo, quería escuchar de mi boca la versión del accidente”.  Confiesa que tuvo miedo, pero ante la insistencia y el apoyo de su familia, se acordó el encuentro.   

A decir de Yaneth las preguntas del padre del piloto boliviano fueron a quemarropa y sin compasión: “¿Por qué no ayudó a mi hijo?, ¿por qué permitió que muriera?”. La mujer que estaba luchando con sus propios fantasmas lo que hizo fue romper en llanto mientras su esposo y su hijo piloto le explicaban a un padre angustiado que el proceder de la controladora aérea no incurrió en ninguna negligencia e hizo todo lo que estuvo a su alcance para colaborar con su hijo. “Finalmente se fue más tranquilo. Comprendo que ni para él, ni para mí o para los sobrevivientes es fácil entender todo lo que pasó”, dice con un dejo de tristeza.

Carlos Taborda Tamayo, fiscal que investiga el caso en Colombia

Entrevista | 

“La conducta imprudente se generó en Bolivia”

Carlos Taborda Tamayo es el director Seccional de Fiscalías de Antioquia, Colombia. Está a cargo de la investigación sobre el accidente del avión de la aerolínea LaMia que al estrellarse en La Unión mató a 71 personas

Por : Diego Jaramillo

¿Cuáles son los avances que se tienen en la investigación sobre el accidente del avión de LaMia?
Esta es una tragedia que enlutó a toda la aeronáutica latinoamericana. La tragedia  nos toca de manera directa, sobre todo por el contexto en el que se dio. Recuerde que fue un vuelo chárter que venía con el equipo del Chapecoense para disputar una final de fútbol con el Atlético Nacional de Medellín. Y sí, hay una investigación penal que está muy adelantada. Estábamos a la espera de los resultados técnicos de Gran Bretaña y ya llegaron. 

¿Qué hallazgos se tienen?
Para nosotros no hay duda de que la causa del accidente habría sido el agotamiento del combustible. Es decir, no se le ingresó al tanque del avión el combustible requerido y que en el plan de vuelo se mandaba a que se hiciera. Es lo que en la jerga boliviana llaman ‘cabalito’. El capitán de la aeronave, que trágicamente murió, confiando, porque era una práctica, lo tenemos claro; lo hacía de manera rutinaria  para ahorrar costos del vuelo, prevía llegar al aeropuerto José María Córdova de forma anticipada pero cuando se acercó a la Ceja ya no pudo aproximarse más y se fue a pique por el agotamiento del combustible. Esa es, sin duda alguna, para la Fiscalía de Colombia la causa del siniestro; originada, por supuesto, en una imprudencia del capitán de la nave.  

Específicamente, ¿a quiénes se está investigando? 
La conducta imprudente se genera en suelo boliviano al permitírsele salir a la nave. Entendemos que se pudo haber hecho controles. Lo que se produce en Colombia es la muerte y tenemos claro (que lo que) propició esa imprudencia fue el capitán de la nave. La acción penal en Colombia se extingue por la muerte de él. Obviamente, se continúa investigando con cooperación del personal de la aeronáutica boliviana para que se determine si allá (en Bolivia) hubo omisión o negligencia por alguna de las autoridades aeronáuticas que permitieron la salida de la aeronave sin haberse determinado que no tenía el combustible requerido para llegar a su destino final. 

¿Requirió algún informe al Estado boliviano para corroborar si hubo alguna ‘omisión o conducta imprudente’ en Bolivia?
Sí, claro. Lo hemos requerido y estamos corroborando la información que nos ha llegado. Estamos esperando que acabe el proceso probatorio para llegar a una conclusión y determinar qué pudo suceder en suelo colombiano. Hay una cooperación fluida entre Bolivia y Colombia.

De hecho, en Bolivia fuimos atendidos por el Fiscal General del Estado, él personalmente presidió la primera reunión con unos siete fiscales que llevan adelante esa investigación y la orden era cooperar con todo. 

¿Para cuándo está prevista la presentación del informe?
Comenzando el año que viene ya tenemos que tener un informe definitivo sobre los resultados respecto a si definitivamente hay otras personas que se hubieran involucrado en la actividad del capitán, que murió, y que era el primero llamado a responder si hubiera sobrevivido. 

Además del capitán, ¿ustedes encontraron a otras personas responsables penalmente en otros países? 
Eso es materia de investigación y, como entenderá, podremos hablar de la misma, cuando el informe esté completo. Bolivia lo conocerá porque está directamente involucrada, tanto como Brasil.
 Hace poco se conoció que el pago (por el vuelo) del Chapecoense no lo habría recibido el capitán Quiroga, sino un empresario venezolano.

¿Qué sabe al respecto? 
En la misma línea de la investigación, no quiero identificar nada para no dañar la investigación. Una vez esté culminada (la pesquisa) se procede. Si hay posibilidad de imputarle a una persona u otras personas penalmente, los resultados se conocerán a través del Gobierno colombiano y del boliviano.

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