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La crisis política y económica de Venezuela ha iniciado una diáspora desde al menos 2014. Bolivia ya es uno de los destinos elegidos, además de Chile, Panamá y Perú. Salen incluso por tierra. Uno de los recién llegados es ingeniero petroquímico y pasa los días, de 9:00 a 21:00, atendiendo un café internet dentro del primer anillo. Hace dos meses decidió abandonar Venezuela y quedarse en Bolivia.

Es soltero y no tiene hijos, así que el poco dinero que gana le alcanza para vivir lejos de lo que considera un país ya descompuesto. Y no se trata de un opositor de los que claman por intervención extranjera o prefiere un golpe de Estado para acabar con el Gobierno de Nicolás Maduro. José, que ha archivado su título de ingeniero para atender un café internet, votaba por Hugo Chávez. Lo hizo porque le gustaban sus ideas y cada semana veía, en los contactos televisivos del ahora fallecido presidente, cómo increpaba a los ministros por las obras inconclusas. Veía a los obreros reclamando porque las maquinarias prometidas para la fábrica no habían llegado. Pero murió Chávez y todo empezó a cambiar. El trabajo petrolero escaseó y, para colmo, el precio del barril de petróleo bajó de 100 dólares a menos de los 45 que hoy cuesta. Vio que la refinería El Palito, donde trabajaba, producía a medias y supo que el dinero ya no se invertía en el mantenimiento de los equipos. Redujeron personal y las empresas subcontratadas, como la Schlumberger, reclamaban porque la estatal venezolana, Pdvsa, no le pagaba desde hacía un año. Vio que Halliburton optó por abandonar sus taladros en la costa oriental del riquísimo lago Maracaibo, en Zulia. Había llegado el momento de convertirse en uno de los que cada día llegan a Bolivia. Es lo que calculan los recién llegados, según cifras que les dio Migración extraoficialmente. 

Aquí trabajaba yo 
Pedro R. muestra las fotos de cuando era soldador petrolero. Tiene certificaciones para trabajar en alta mar y sorprenden sus conocimientos de materiales y tipos de soldadura. Se ve el tendido de ductos en el campo Morichal, al sur del estado Monagas. 

El proyecto quedó inconcluso por falta de presupuesto y por la presión de bandas del crimen organizado. “Cobraban vacunas”, dice. ‘Vacuna’ se le dice a la extorsión de bandas mafiosas que se acercan a un sitio próspero a exigir dinero para ‘proteger’ el negocio. Todo, manejado por las ‘pranes’ de las cárceles. 
Pedro lloró en la plaza 24 de Septiembre cuando su mujer, que aún está en Venezuela, le dijo que sus hijos estaban con hambre. Él aún no conseguía trabajo, pese a estar ya dos meses en Bolivia. 

Vio de cerca cómo un día, gente de la Guardia Nacional, vestida de civil, fue a preguntar a su padre cómo había conseguido formar su empresita de servicios petroleros. Le exigían que muestre las facturas de de cada máquina, de cada martillo, de cada insignificante herramienta. Como si tuvieran algún tipo de contacto, aparecieron también los enviados de los pranes a exigir vacuna.

El padre de Pedro R. tuvo que vender todo para evitar que cualquiera de sus hijos o nietos fuera secuestrado para exigir el pago. 

“Hay más delincuencia porque el dinero no alcanza. Un sueldo mínimo no llega a 50 dólares”, lamenta el ingeniero. Y con la inflación de más del 700%, ni un sueldo de gerente sirve para sostener a una familia. “Y si hubiera dinero, ¿dónde comprarías la comida?”, dice Héctor, que trabaja en un hotel de Santa Cruz.

Se cansó de ver que no podía conseguir antibióticos ni comida para su hijo, que padece acidosis tubular renal. El pequeño debe comer manzanas, almendras y todo tipo de alimentos alcalinos que no se consiguen. 

Como todos, se hartó de las colas que deben hacer para obtener un producto. “Reparten la comida según el número de cédula. Si te toca ir al mercado y no conseguiste nada, ni modo”, cuenta la esposa de Héctor. En medio de la desesperación y la desnutrición, ha empezado a surgir el trueque. “Cambio aceite y papel higiénico por harina y azúcar”. El problema no es la constituyente, dicen los chavistas críticos. Aquí el problema es el hambre  

El secuestro exprés en un país con escasez de comida y de medicamentos
La mamá del ingeniero mecánico David L. tiene problemas tiroideos y no puede conseguir el Eutirox, que debe tomar cada día. Tuvo que hacer con su Toyota lo mismo que hizo Héctor con su Nissan Sentra: dejar de usarlo. No se consiguen cauchos (así se les dice a los neumáticos) y los repuestos tampoco. Carlos tiene un Ford Fiesta 2010, que vale unos 13.000 dólares, pero nadie le quiere dar ni 3.000. 
Ponerlos en venta es un riesgo, porque pueden asaltarlos. Salir con el celular a la calle es riesgoso. Hay 17 muertes violentas  cada día solo en Caracas, sin tomar en cuenta las que ya hubo en estas semanas de protesta. 

David L. iba en su auto y al pararse en una luz roja lo encañonaron y se lo llevaron. Llamaron a su madre y le pidieron mil dólares de rescate. Poco tiempo después, se reunió con cinco amigos; cuatro del grupo habían sido secuestrados. 

Se cansaron de que los ‘bachaqueros’, que hacen cola durante horas, acaparen los pocos productos que llegan a los mercados y los revendan al precio que sea. Poco a poco desapareció el azúcar de Brasil, el arroz de Perú, la caraota o frejol negro de Nicaragua, el maíz de México. Y la leche. No quedó más que una sola marca de champú (Head & Shoulders). “Expropiaron el cemento, las fincas, el acero. Y todo empezó a fracasar”, comenta David L. Todos esperan que la situación mejore para regresar ni bien se los necesite.  

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