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Las redes sociales han sido vitales en tiempos de confinamiento por la pandemia de Covid-19. Nos ayudaron a seguir conectados con familiares, amigos y a seguir informados y a distraernos. 

Sin embargo, como contraparte muchas personas han aumentado considerablemente sus horas dedicadas a ellas, casi todo el día pendiente de lo que se diga, haga o se comparta en ellas. 

El poder adictivo de las redes sociales ha sido ampliamente analizado en diversos estudios enfocados, especialmente en los jóvenes e incluso se ha dicho que, la dependencia a ellas, tiene niveles comparables a la adicción al alcohol y los cigarrillos. A esa sensación de estar perdiéndose algo en las redes sociales se la ha llamado también Síndrome FOMO.

Su naturaleza ‘adictiva’ se debe al grado de compulsividad con que se utiliza

El ‘impulso’ de revisar las redes sociales puede estar relacionado tanto con la gratificación instantánea (la necesidad de experimentar placer rápido y a corto plazo) como con la producción de dopamina (la sustancia química en el cerebro asociada con la recompensa y el placer). 

El deseo de una ‘dosis’ de dopamina, junto con la imposibilidad de obtener una gratificación instantánea, puede llevar a los usuarios a actualizar constantemente sus redes sociales, indica la organización inglesa Center for Mental Health, especializada en investigaciones vinculadas a la salud mental.

Lo peligroso de este uso compulsivo es que, si no se experimenta la gratificación, los usuarios pueden internalizar creencias de que esto se debe a que son “impopulares”, “poco divertidos”, etc. 

La falta de “me gusta” en una actualización de estado puede causar una autoestima negativa y provocar continuas actualizaciones de la página para ver si otra persona le ha dejado algún indicio de que le complace la publicación, lo que contribuye a lograr la validación personal. 

Aunque esas percepciones pueden no reflejar realmente la imagen de uno ante los ojos de las otras personas, la ausencia de gratificación puede amplificar los sentimientos de ansiedad y soledad.

Para evitar esa constante ansiedad lo más práctico y sencillo sería dejar las redes sociales, como quien deja de tomar café, bebidas alcohólicas o el tabaco.

En teoría sería sencillo decir lo dejo y listo, pero si para algunas personas es solo dar ese paso, para muchas otras no lo es”, advierte el sicólogo Hugo Alejandro Velarde. “Lo cierto es que no hay una receta conductual haga esto o lo otro, porque el ser humano es tan diverso que lo que me va a funcionar a mí no le va a funcionar a usted y viceversa, es por eso que lo que se dan son pautas”, indica el especialista.

En ese sentido, lo que tiene que hacer una persona es buscar su propia solución; pero, ¿cómo la encuentra?, según Velarde analizando sus anteriores soluciones fracasadas. 

Por ejemplo, una de las más habituales y en la que se equivocan muchos es en intentar dejar las redes sociales totalmente. Puede que un día lo logren, pero al día siguiente la ansiedad los lleva a retomarlas de nuevo.

En lugar de tomar una medida radical, que solo contribuirá a lo que los sicólogos llaman un ‘refuerzo negativo’ del problema, se podría poner horarios para revisar el celular una hora sí y una hora no. 

El problema no es el problema, el problema es la solución muchas veces”, dice en un juego de palabras el sicólogo.

¿En qué momento la persona tiene que pensar en buscar ayuda profesional para solucionar su problema de ansiedad?

Cuando las cosas que ha hecho la persona por bajar o solucionar su ansiedad no funcionaron y ya intentó sin éxito muchas veces. Si no he podido solucionarlo no es que tenga ciertas desventajas en relación a otras personas si no que mis estrategias no funcionaron y el sicólogo me va ayudar a cambiar esas estrategias, hacer algo diferente”, sostiene Velarde.

El especialista sugiere que los padres deben empezar a educar a sus hijos desde sus primeros años en el uso del celular y de las redes sociales, porque cuando ya son adolescentes es muy difícil que puedan cambiar sus usos y costumbres en relación a las nuevas tecnologías.

Si yo le doy el celular a mi hijo, desde los 4 a 5 años para que juegue y no superviso y dejo que se acostumbre a estar varias horas al día con el celular, entonces es difícil que después yo pueda restringir o controlar los usos que él haga de las redes sociales cuando empiece a consumir páginas inadecuadas. 

Ya será tarde”, dice Velarde y advierte que “los padres deben supervisar el acceso a la tecnología desde las primeras etapas del desarrollo del niño, porque después es poner paliativos, apelar a la consciencia del muchacho, al afecto y eso puede que dé resultados y que no”, concluye.

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