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Por: The conversation

Primero descubrimos el síndrome de la cabaña, después apareció el de la “cara vacía”. A raíz de la recomendación sobre el mantenimiento de distancia social, le llegó el turno al síndrome de “hambre de piel”. Necesitábamos recuperar el toque humano.

Ahora, la hafefobia, el miedo a tocar o ser tocado por temor al contagio.

Es evidente el aumento de malestares: miedo, tristeza, incertidumbre, angustia, rabia… También de nuevos hábitos de distancia social y aislamiento.

Schopenhauer y los erizos

Descartada la epidemia de hafefobia, podemos preguntarnos por el futuro de ese miedo actual al contacto. ¿Cambiará nuestros modos de acercamiento?

En 1851 y a propósito de las trabas en los vínculos sociales, Schopenhauer escribió El dilema del erizo o la parábola de los puercoespines ateridos. Dice así:

“En un crudo día invernal, los puercoespines de una manada se apretaron unos contra otros para prestarse mutuo calor. Al hacerlo, se hirieron recíprocamente con sus púas y hubieron de separarse. Obligados de nuevo a juntarse por el frío, volvieron a pincharse y distanciarse. Estas alternativas de aproximación y alejamiento duraron hasta que les fue dado hallar una distancia media en la que ambos males resultaban mitigados”.

Freud recurre a esta cita para mostrar cómo nuestros vínculos están caracterizados por la ambivalencia entre el amor y el odio. Al fin y al cabo “toda relación íntima con cierta duración deja un depósito de sentimientos hostiles en los involucrados.”

Más tarde, el psicoanalista Jacques Lacan usaba el término de extimidad. Con él se refería a que el resorte de ese ir y venir en el vínculo con los otros no se debe buscar fuera, en ellos, sino en nuestro propio interior.

Alude a aquello más íntimo de cada uno de nosotros. Aquello que, sin embargo, nos resulta irreconocible porque no nos gusta y situamos en el exterior. Como un cuerpo extraño.

Los niños aprenden antes el “no” que el “sí”. Expulsan aquello que odian de ellos mismos, lo que no les hace amables para el otro (sus gritos, tristeza o malhumor).

Así, constituyen una primera frontera psíquica, diferenciando lo interior de lo exterior, imputando al otro (extranjero) lo que rechazan. El miedo a tocarnos es una fobia a nosotros mismos. Nos contaminamos solos, aunque al alejarnos tengamos la ilusión de que es el otro el contaminante.

El virus del que huimos es el que nos parasita como temor por todo aquello que nos angustia y no podemos resolver. Como esos adolescentes que reprochan con acritud a sus padres todas las limitaciones que experimentan. Como si no fueran con ellos, en lugar de hacerse cargo de esos imposibles.

La solución del amor

¿Cómo evitar que ese alejamiento se cronifique y nos confine en nuestra jaula de erizos? La misma Coca-Cola nos recordó que “existe una brecha de empatía y necesitamos atenderla si queremos ser la marca que reúne a las personas”. Al igual que otras compañías, propone hacer de la empatía el bálsamo de nuestros males.

Freud recordaba que “el egoísmo no encuentra un límite más que en el amor a otros”. También que el amor es el principal factor de civilización, quizás el único, determinando el paso del egoísmo al altruismo.

Pero la empatía forzada por el marketing y el amor –como reverso del narcisismo– son asuntos distintos. El amor que nos ayuda es aquel que empieza por uno mismo. Por reconciliarse con esa extimidad, dificultades y debilidades propias y de quien nos rodea.

El amor que cuenta no es el que encuentra en el partenaire el reflejo de sí, sino el que ama aquello que cojea en el otro y lo hace distinto y singular.

Solo toleramos al otro en la medida en que nos toleramos a nosotros mismos. Para no alejarnos, conviene primero acercarnos a nuestro interior.

Esa es, la mejor respuesta a la fobia al contacto. Conectar y reconciliarse con lo más íntimo de cada uno/a.


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