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Todos los días se despierta a las 5:00 con el canto de las aves. A las 6:00 ya está sentada frente a la mesa, ante una gran variedad de frutas que cultiva en casa.

Así empieza la rutina de la diseñadora de modas boliviana Claudia Mercado Rivero (54), que hace 18 años cambió la vorágine de la ciudad por la paz y la inspiración que le transmite el campo.

Estudió Moda en la Escuela de Diseño Parsons, en Nueva York, la capital del glamour y las tendencias, luego regresó a Santa Cruz de la Sierra para poner en práctica lo aprendido.

Fue aquí que descubrió su estilo, que transmite en una línea de ropa y en las redes sociales, donde es un placer observar sus creaciones y combinaciones. Desde sus outfits para quedarse en casa o para ir a la ciudad, hasta cómo vestir una mesa para recibir invitados. Claudia Mercado es sinónimo de buen gusto.

Ni diseña ni usa trajes ceñidos o escotados. Dice que más que una tendencia sigue un estilo de vida que pone la comodidad y la elegancia al mismo nivel.

Su imagen, además, demuestra orgullo por la cultura oriental. Una cartera de palma o un collar de semillas son accesorios que ella usa con una distinción única.

Sofisticación personal

Claudia le pone una equis a la ropa que atormenta, que no deja sentarse o caminar cómodamente. En cambio, en su día a día, elige lo que le gusta, que la hace sentir bien y, más que todo, que “disfruta”.

También está de acuerdo con la premisa de que “menos es más” en cuestiones de moda.

Sus ‘infaltables’ en el armario son las prendas clásicas, que se pueden usar muchas veces y no pasan de moda, como blusas y faldas fáciles de combinar. “La moda debe ser combinable, duradera y elegante. Y mejor si está inspirada en la cultura popular para darle identidad regional”, expresa.

Aunque considera que no existen fórmulas secretas para verse bien, especialmente en estos tiempos en los que todo está permitido, una camisa de seda blanca y otra negra, son una parte vital de la ecuación.

Así son las prendas que viste y las que diseña. “Algunas veces, cuando estoy en mi tienda, veo colgada una prenda que me gusta mucho, me la ensayo y, si me hace, me la quedo y la uso”, señala. “Y es que debo creer y valorar lo que produzco”, enfatiza.

Por ejemplo, un look común para la creativa, en el que un pequeño detalle marca la diferencia, es una blusa en tono pastel, un pañuelo en el cuello o el hombro y un pantalón o falda. “Aunque parezca poca cosa, es muy sentador”, recomienda.

Identidad regional

Nació en Trinidad, rodeada de una exuberante vegetación, y se mudó a Santa Cruz a los ocho años. Siempre estuvo en contacto directo con la naturaleza y a eso le atribuye sus gustos.

Siendo ya profesional en diseño descubrió el trabajo de las artesanas de Paurito y Buena Vista. Le fascinaron las telas y bordados, los collares y las manillas de hilo y las carteras y utensilios del hogar de hoja palma.

Fue entonces cuando pensó que se debería aprovechar esos tejidos, recuperarlos y mostrarlos con orgullo, pues también podían convertirse en objetos de moda, con un toque de creatividad y sin perder la esencia.

Comenzó a adaptar los implementos que descubría y la admiración de sus allegados fue el visto bueno que necesitaba. Además de vestirlos, se propuso producirlos a mayor escala y los impuso como artículos de uso diario.

Recuerda que buscaba con lupa a las artesanas más antiguas en cada pueblo y las guiaba con sus diseños y los materiales.

Así empezó su romance con la artesanía cruceña, que piensa explorar en otras poblaciones, pues cada vez se valora más este trabajo. Los elementos que más le gustan son las semillas, los hilos de algodón y de fibras de árboles, el saó, la madera, algunos metales y las piedras semipreciosas.

Por este descubrimiento le gusta viajar a los pueblos, conocer sus tradiciones y ver la forma de vida de sus habitantes. Allí también se nutre de ideas que después aparecen en su vestuario.

Otra cosa que identifica su estilo son los contrastes y pone de ejemplo los árboles, que varían desde el tallo, pasando por las hojas y llegando a las flores.

Una fashionista en el campo

Cuenta que el caos vehicular, la contaminación y la temperatura que cada vez aumenta por la falta de vegetación en la urbe la tenían hastiada. Una vez fue de paseo a La Guardia, a 24 kilómetros de la ciudad, y el pueblo y todo el verde de sus paisajes la hicieron tomar una decisión.

“Aquí me quedo a vivir”, pensó de inmediato y se puso a buscar su nuevo hogar.

Lo encontró y lo bautizó Montecito, porque la casa-quinta está ubicada sobre una pequeña loma y tiene muchos árboles frutales.

Ella le añadió tajibos, toborochis, palmeras, además de una gran variedad de flores, que ayudaron a que el lugar se convierta en un paraíso natural. También cría aves ornamentales, como pavos reales y gallinas exóticas que deambulan libres por su propiedad.

Cuando no está trabajando o atendiendo a sus animales o plantas, recibe a sus familiares y amistades con una decoración especial, con flores y follaje del lugar, y alimentos preparados en su casa. Es una anfitriona de cinco estrellas.

En Montecito le tocó atravesar la pandemia y hace solo seis meses se animó a pisar la capital y reactivar su firma.

Durante esta temporada, como muchos otros trabajadores del rubro, se reinventó y diseñó pijamas, camisones, almohadas y pantuflas para quedarse en casa y aun así verse y sentirse bien.

Corazón dividido

Cuando le preguntan sus orígenes, responde que es orgullosamente beniana y cruceña, un poco de allá, otro de acá.

Sobre su etapa de estudiante en Nueva York y las posibilidades de regresar y lanzar su carrera a lo grande, cree que vivir en la Gran Manzana le abrió los ojos; sin embargo, Santa Cruz y el campo, con toda su simplicidad, le mostró lo más maravilloso del mundo y ahora es su refugio y su fuente de inspiración.


Simple. Sus líneas son sencillas, con armonía

2. Práctica. En el confinamiento creó ropa de cama

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