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SERGIO CHUQUIMIA. FOTO PRINCIPAL

Casi nunca es él. Un día se puso a croar y fue una rana. Después hizo de oruga. Cambió. Aleteó y se transformó en un pájaro. Chilló y lució como un ratón. Él es así. Versátil. Un artista ‘mutante’ que, cuando está durmiendo, recién llega a ser Jorge Vespa Banegas.

Abrazado por los valles

Hace 31 años nació en Santa Cruz de la Sierra. Pero, Dagner, su hermano menor (ahora tiene 25), sufría de una rara enfermedad en la piel y lo dañaba el calor de la ciudad. Necesitaba un lugar frío para subsistir. Sus papás, Yané Banegas y Saúl Vespa, miraron hacia el horizonte y se llevaron a sus dos hijos a los valles cruceños.

Dagner mejoró. Jorge se adaptó a la vida del campo. En Bella Victoria (a unos minutos de Mairana) ordeñó vacas, sembró tabaco, cosechó maíz y cuidó de las lechugas, los tomates y las cebollas. Aguantó el sol. Sus manos se llenaron de callos. Supo vivir sin luz. Y creció sin televisión en una diminuta casa de adobe.

Tenía ocho cuando vio su primera obra de teatro. Y seguía siendo pequeño cuando iba adonde sus primos y se encerraba en un cuarto para mirar La pantera rosa y Tom y Jerry, los dibujos del momento. Siempre se sintió atraído por el arte. Siempre vio una estrella en el cielo que le mostraba otro camino diferente alejado de los cerros y las calles de tierra.

Tenía 12 cuando actuaba, cantaba, bailaba y recitaba en su colegio. Tenía 17 cuando se despidió de los valles y se instaló en Santa Cruz de la Sierra. Buscaba su estrella. Y no se equivocó. Estudió Comunicación Social y después se formó en HAPA, la escuela de actuación de Reynaldo Pacheco. Así tejía su presente.

Abrazado por Santa Cruz

Jorge es comunicador, actor, bailarín, cantante, locutor comercial, fotógrafo, productor artístico, camarógrafo, editor, diseñador gráfico, maquillador característico, compositor de obras, director de teatro, profesor de teatro infantil y amante de la bicicleta. Uno, porque apoya el movimiento ecológico y dos, porque, al ser su medio de transporte, puede ahorrarse más dinero para sus gastos.

Ese bichito de su interior lo llevó a participar de varios espectáculos en compañías como Tucura Cunumi, Nosotros Dos, Zeus Teatro y Tic Tac Somos Arte (su propia firma). Ahora es una de las ‘joyas’ de la escuela Bambolina. Baila todo tipo de ritmos y hace pole dance, danza clásica, ballet, acrobacia aérea, lira y tela.

Jorge mide 1,65 m y muchas veces las personas creen que su estatura llega a los 1,80 m por lo ‘gigante’ que se ve durante sus presentaciones. Claro que hubiera querido crecer más, pero con el tiempo aprendió a aceptarse a sí mismo. “Es lo que soy”, dice. Sufrió de depresión. Una vez, en la clase, la profesora de Religión preguntó: “¿Qué quieren ser cuando sean grandes?”. Y añadió: “No me digan que quieren ser artistas, porque eso no es real”. En ese momento el sueño de Jorge se esfumó lentamente. Y eso lo entristeció.

Pasaron los años. Y condimentó su vida con eso que llaman ‘fortaleza espiritual’. Supo hacerle frente a las adversidades y aquello le permitió meterse de lleno en el arte. “No niego ni oculto mi pasado. Sí, soy campesino. Soy orgulloso de eso”, confiesa. Y encierra: “Si alguien me pregunta qué soy, yo les digo: ‘No soy nadie’. Soy una persona que persigue sus sueños. Soy un actor en formación. Quiero salir del país para mostrar mi talento”.

Abrazado por el arte

Antes de ser actor y bailarín, trabajó de todo en Santa Cruz de la Sierra (siempre fue ‘mil oficios’). Se pintó la cara y animó como payasito en una hamburguesería. Vendió alarmas. Fue carpintero de aluminio. También llevó el delantal de mesero. Y una de sus últimas tareas fue de recepcionista de un hotel.

Ningún trabajo denigra. Es lo que parece decirse cada vez que se mira al espejo. “Hasta de stripper haría...”, bromea. Y cuando se saca la polera, sus brazos fornidos y sus abdominales le dicen que sí sería posible. Le rinde culto a su cuerpo. Corre. Hace mucho ‘cardio’. Se cuida en las comidas y ‘eso’ es parte de su disciplina.

Vive del arte. Y de sus múltiples oficios. No gana como debería ser, pero le pone una sonrisa a todo lo que la vida le presenta. Ser artista lo libera de todas sus frustraciones. Ser el ‘hombre pulpo’ lo hace feliz. Y mucho.