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Fue un hecho sin precedente, histórico, que abrió las puertas para que otros artistas hagan exactamente lo mismo. Hace 60 años el bailarín ruso Rudolf Nureyev desertaba. Cuando solo tenía 23 años dejaba a su compañía de ballet Kirov en París, a donde había ido como parte de una gira artística. Se negó volver a la Unión Soviética y se quedó en Francia, en calidad de asilado político.

El cónsul soviético en la capital francesa trató de disuadirlo durante dos horas, le pidió que por favor no lo haga, que perjudicaría a otras personas. Y el bailarín solo decía no y no, me quedo porque me cansé del régimen, de que me digan todo lo que debo hacer, cuenta el diario ABC.



Los momentos tensos aumentaban. Llegaron al aeropuerto parisino algunos agentes de la KGB (policía secreta y política de la entonces URSS), pero tampoco eso intimidó al joven artista, que sentado en una silla con un maletín de mano seguía diciendo que se acogía a su derecho internacional al asilo.

Le prometieron que las cosas iban a cambiar, que sería tratado con privilegios. Que él programaría su carrera artística, que volvería a viajar y que su familia sería favorecida. La respuesta siguió siendo negativa, se levantó, abrió la puerta y caminó por un largo pasillo del aeropuerto hasta que entró a la comisaría de la policía francesa del aeropuerto y les dijo "soy el bailarín soviético Rudolf Nureyev, me quedo en su país en condición de asilado político".

Aceptaron su petición. Lo hicieron llenar unos formularios, vieron su pasaporte y le informaron que oficialmente ya era un asilado, que tenía la protección del Estado y del Gobierno de Francia, dice el diario La Vanguardia.



La noticia corrió como polvorín de pólvora. Todo el mundo se enteró del hecho y los gobiernos de los países del bloque socialista tuvieron reuniones de emergencia. Es que era la primera vez en la historia que un artista soviético pedía asilo político internacional, y se lo habían concedido. Lo tomaban como un mal precedente, porque a partir de ese momento otros podrían seguir el mismo camino.

La noticia fue titular principal de la mayoría de los diarios del mundo. Todos coincidía en que este hecho sin parangón serviría de ejemplo y que daba la posibilidad de que se abran las puertas de la libertad en el arte y la cultura.

Nureyev fue llevado primero a un hotel, después a un apartamento cerca de los Campos Elíseos en París, lugar que él escogió. Sin embargo allí solo estuvo unas semanas pues decidió irse a Londres. Recibió una invitación para integrar el prestigioso Ballet Real Británico, la que aceptó.



En la década de los 60 del siglo pasado. Tiempos de rock, de Los Beatles, apertura sexual, de las minifaldas, consumo masivo de drogas y desenfreno. Pero nada de eso inicialmente tocó al joven bailarín, que estaba acostumbrado a la rígida disciplina soviética.

Se dedicó por completo al ballet y a enseñar sus técnicas que en occidente no estaban vigentes. Tuvo el talento para mezclar las corrientes dancísticas clásicas y ortodoxas, con las del ballet moderno que le ofrecía occidente, lo que fue una novedad en aquellos años, por lo que se lo admiraba y apreciaba aún más.

Le fue muy bien. Se presentó con otras compañías, como los ballets de París, Berlín, Ámsterdam, Nueva York y seguía perteneciendo a la compañía de danzas británica.

Sin embargo en los años 70 la fama se le subió a la cabeza, era el niño mimado de los teatros y todos sus deseos los hacían realidad. Su carácter irritable y su intolerancia le trajo muchos problemas con sus compañeros bailarines, con los directores y con los productores de ballets.



Su vida privada también se descontroló. Le gustaba la noche para salir a divertirse a discotecas, con gente del espectáculo y empezó a descuidar su oficio de bailarín estrella. Además que tuvo varias lesiones que frenaron su carrera artística. 

En 1982 le detectaron Sida, cuando aún no se conocía bien la enfermedad y fue el principio de su declive profesional. Se retiró de los escenarios y de los salones de ensayos. En enero de 1983 muere en París, tenía solo 55 años y el mundo del arte lloró su partida.

Es considerado uno de los bailarines de ballet clásico más importante del mundo. Su fusión de técnicas ortodoxas con las modernas lo colocaron en el pedestal de maestro incomparable. El salto más importante en su vida lo dio cuando decidió no volver a su natal URSS y quedarse en occidente, abriendo la brecha para que otros artistas hagan lo mismo, en busca de la libertad. De ello hace exactamente 60 años.

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