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Sus padres siempre se lo dijeron. Y esa palabra rebotaba más y más en su cabeza: “Viajar”. Noelia Justiniano Pinto terminó el colegio en Santa Cruz de la Sierra y se marchó. No era la primera vez que pisaba suelo estadounidense, solo que ese día -a su mayoría de edad- sería muy diferente.

Aleteando

En Bolivia lo tuvo todo. Se alzó como azafata EL DEBER después de una reñidísima competencia en 2003. Un año después otra banda colgó de su cuello: reina de la Caña 2004. Pablo Manzoni la fichó y la metió en las filas de sus magníficas. Desfiló, mostró de qué estaba hecha, coqueteó con el mundo del espectáculo y llegó el momento en que miró hacia el mapamundi.

En Miami estudió Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales; trabajó en un bufete de abogados, en diseño de interiores, marketing y publicidad. Se enamoró, engendró a su terroncito y lo llamó Victoria, pero la vida quería más cosas de ella. Con su amado creó la firma Skyjoy Interactive y ambos estuvieron a la cabeza del proyecto Super Kid Cannon, un juego que lograron vender a la App Store de Apple y a Google Play. Eso en 2014. Todo un logro.

Después de nueve primaveras en EEUU volvió a dejarlo todo y otra vez giró. Ella, su amado y su pequeña se fueron al continente ‘más pobre’ del planeta. Esa vez tenía 27 años. Nunca tuvo miedo de cambiar de chip. Se instaló en Tanzania, un país bañado por el Índico al este de África Central. Un lugar extraño y caliente.

Girando

Se instaló en Dar es-Salam, la capital antigua de Tanzania. Ahí trabajó en un refugio de animales y se hizo cargo de tortugas, elefantes, conejos, gatos, perros, monos y cabras que comían sándwiches de mantequilla de maní. Cuando vio esta última escena no lo podía creer, pero era tan real, como cuando se fue a un safari en medio de la selva y durmió en medio de leones.

Tuvo momentos malos. Una vez la bacteria Salmonella typhi ingresó a su organismo y le provocó la conocida fiebre tifoidea. Logró recuperarse. De todas formas, jamás dijo “no” a las comidas. Ha ingerido pulpo, cangrejo, gusanos y ostras; ahora todos estos son sus favoritos.

Eso sí nunca consumiría ni aletas de tiburón ni carne de ballenas. Con el tiempo se encariñó con la naturaleza y aprendió a convivir con ella. En la ciudad tanzana palpó las desigualdades sociales y supo cómo es vivir sin electricidad. Pero nunca se quejó. Caminó por Dodoma (la capital actual de Tanzania), el parque nacional Ruaha, la zona de conservación de Ngorongoro, Zanzíbar, Nairobi (Kenia) y Johannesburgo (Sudáfrica).

Se mezcló con los bolivianos en África, comió churrasco con ellos y aprendió a hablar suajili, esa lengua nativa que domina una región del continente. Conoció de cerca la realidad de la tribu masái y se enteró que en Dar es-Salam algunas personas nunca vieron una pizza ni saben qué es. Probó el ugali (almidón) y disfrutó de la variedad de frutas.

“Tanzania es muy diferente a otros países. No está sumido ni en guerras ni en dictaduras ni en enfrentamientos raciales”, cuenta. Eso le dio tranquilidad a su convivencia. Pasaron casi tres años y otra vez aleteó. Esta vez miró al este asiático.

Aterrizando

En Tokio instaló su nuevo hogar. Su hija va a la escuela en el corazón de la metrópoli nipona. Y su esposo trabaja ahí. Respira en el archipiélago hace más de dos años. Pero de vez en cuando sale de él y despierta en lugares distintos del planeta. Un día abrió los ojos en Dubái (Emiratos Árabes Unidos). Y en otra ocasión admiró las Torres Petronas en Kuala Lumpur (Malasia) y se dejó embrujar con el paisaje de los árboles de Sakura (Japón).

Vuela. No ha podido conocer al gigante asiático, pero sí un pedazo de él: Hong Kong. También se posó en Arabia Saudita, Vietnam, Indonesia y Singapur. Ahora coloca su punto de mira en Myanmar y Cambodia.

Aprendió a no hacer planes y a conciliar el sueño en los aeropuertos. Aprendió a ver la humanidad de otra forma. “Mis padres me decían que todos somos iguales. Ahora puedo experimentarlo. He adquirido el amor por la vida, disfrutar el día a día...”, expresa.

En la tierra del sol naciente supo de que al comienzo los japoneses se autobloquearon después de las guerras mundiales. Pronto se dieron cuenta de que ya era hora de mirar afuera de sus fronteras y ahí llegó el despegue. Eso le ha dado otra visión. Aprendió a ser agradecida con todo lo que le ha dado la vida.

Volviendo

No puede elegir un lugar como el gran favorito para vivir. Todos tienen su esencia. Pero a Santa Cruz de la Sierra no la olvida. Siempre retorna a su tierra. Ahorita está en Sucre, mañana en la Chiquitania y en el salar de Uyuni. Después subirá las imágenes a su Instagram y les contará a sus vecinos japoneses lo que es Bolivia.

Su cuenta personal es una especie de blog de viajes. Ahí, en esa ‘vorágine’ de imágenes coloridas, no puede faltar su país de origen. Las fotos tienen su sello propio y no tienen nada que envidiar a cualquier producción internacional. No se las toma un experto. Detrás del lente está simplemente su hija, de 12 años, o su esposo.

En Instagram más de 20.000 personas son parte de ‘La visión del mundo de una soñadora’, como ha denominado su página. Pero... otra vez, no se olvida de Bolivia. Cuando muestra la selva del oriente muchos le preguntan dónde queda ese lugar. Ella se encarga de pintarles el país con todos sus colores.

Es políglota. Habla inglés, español, portugués, árabe, suajili y japonés. Hasta es capaz de escribir en algunos idiomas. No se le dificulta. Dice que solo se necesita un poco de atención para adquirir más conocimientos en el habla y la escritura.

Recapitulando

Noelia dejó el modelaje. Puso en pausa los títulos de belleza. Eligió ser feliz de otra manera. Es autodidacta. En Tanzania hizo una especialidad en línea con la universidad de Edimburgo para desenvolverse mejor en el refugio de animales.

Hoy tiene 32 años. No piensa en todos los que vendrán. Aún siente nervios por las alturas, pero seguirá siendo la chica ‘águila’.

En Bolivia. Un mural referente a la cultura chiquitana en Santa Cruz de la Sierra. La imagen forma parte de la colección gráfica que tiene en su cuenta personal de Instagram.
Con un pagoda. Una fotografía en la isla de Miyajima, también en Japón

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