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La incertidumbre hace saltar las alarmas. Durante años, se ha impuesto un prototipo de adulto que tiene el control de sí mismo. Sabe afrontar los retos y solucionar los problemas de forma dinámica. Pero hay algo que no cierra del todo. Basta con revisar las actitudes que se reseñan en el currículo para darse cuenta que  el “trabajar bajo presión” se volvió un comportamiento normal.

La sociedad moderna se convirtió en un acelerador de experiencias. “La sociedad ha cambiado mucho, se producen más demandas de nuestro entorno, vivimos más rápidamente, estamos acelerados, queremos hacer muchas cosas en el menor tiempo posible…”, revela la especialista en Sicología Clínica y de la Salud del Servicio de Atención Sicológica de la Universidad de Málaga (UMA), España, Ana María Regueiro, para el portal de salud Cuidateplus. Y agrega que “vivimos sobrecargados de tareas, responsabilidades y estímulos que nos provocan una constante tensión”.

Las actuales circunstancias que se viven en el país y el mundo incrementan los ‘picos de estrés’. Sobrepasados los cien días de cuarentena rígida y ante una inminente, pero confusa, cuarentena dinámica, son muchas las inquietudes que rondan. Preguntas como ¿cuándo podré volver a trabajar? o ¿cómo resolveré las deudas atrasadas con el banco o los servicios’ se acumulan sin tener por ahora respuestas certeras.

A las incertidumbres que se apoderan estos días de las familias se pueden añadir otras relativas al futuro escolar o universitario de los hijos, la salud y los riesgos de contagio o la inquietud por un proceso electoral cargado de acusaciones cruzadas.

El estrés en sí es bueno, activa nuestros sistemas de defensa”. La cruceña Michelle Sánchez Morales es catedrática de Sicología en la Facultad de Humanidades de la Universidad Gabriel René Moreno. Alega que el estrés es una respuesta natural del organismo ante situaciones de amenaza, “nos protege”, matiza.

Sánchez distingue dos niveles de estrés. Por un lado, “podemos considerar un tipo de estrés bueno que se activa como un sistema de defensa, desde lo químico hasta lo conductual, y nos permite defendernos”. Con la pandemia, “la gran mayoría ha optado por asumir medidas de higiene y bioseguridad como prevención”. El eustrés, así se denomina al estrés considerado bueno, permite afrontar las diversas tareas que se emprenden de manera adaptativa.

En contraposición, el estrés malo o distrés, como se conoce científicamente, provoca una excesiva activación fisiológica y un gran malestar emocional que “sobreguarda el organismo y lo daña”. El miedo excesivo, ese miedo que paraliza y detiene a las personas, revela la parte negativa del estrés. “Cuando las conductas de protección se sobrepasan, cuando nos impiden disfrutar una vida de satisfacción, ese estrés se convierte en problema”, señala.

Para ambas sicólogas, el cuerpo tiene un sistema propio que alerta cuando el estrés comienza a dañar al cuerpo. Ana María Regueiro advierte que “está claro que el estrés nos puede hacer enfermar porque influye en muchos sistemas y aparatos de nuestro organismo: hormonal, cardiovascular, muscular, digestivo, etc.”. Las consecuencias visibles que se vinculan a éste parten por la pérdida de sueño o la alteración en los hábitos alimentarios, se come muy poco o el apetito es insaciable.

Como resalta la experta, no conviene ignorar el estrés, que forma parte de nuestra vida cotidiana. Sánchez sugiere que “aprendamos a identificarlo y a reducirlo a niveles más tolerables”.

5 hábitos para controlar el estrés

Escribe un diario de estrés para identificar los factores detonantes y poder contrarrestarlos.

Ejercita actividades de control y técnicas de respiración para aliviar la activación fisiológica. La calma forma parte fundamental del control emocional y físico.

Recurre a imágenes mentales agradables que aporten paz y sosiego a la mente. También se puede recurrir a la relajación muscular y meditación como forma de liberar las tensiones.

Apunta a los juicios racionales y evita la exposición abusiva a la información estridente. Las cadenas que realzan las teorías conspirativas alteran “nuestra forma de interpretar”. La información contrastada corrige esas distorsiones cognitivas.

Finalmente, Regueiro recomienda “cambiar de vida y de hábitos, establecer prioridades, respetar el descanso y las comidas y no descuidar a la familia ni a los amigos”.