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“Dios escribe derecho en renglones torcidos”, es una frase que repite Eduardo Verástegui cuando relata su historia de vida. Lo narra de manera serena, firme en sus convicciones y descriptivo en los hechos. Su tono de voz transmite paz, la misma paz que lo convoca en una cadena de oración a nivel mundial.

La cita está marcada. Domingo 31 de mayo, día de Pentecostés, a las 14:00 de Bolivia. El reto, unir a “un millón de fieles en el rezo del Santo Rosario para pedir a la Virgen el fin de la pandemia, la paz mundial y la unión de las familias”. El artista relata su experiencia durante estos días de cuarentena en los que comparte con sus seguidores sus oraciones.

En su momento, el cantante y actor vivía rodeado por las luces de la farándula. Desde que dejó su casa para perseguir sus sueños, Eduardo sintió que la vida le sonreía a cada paso. El grupo Kairo supuso el primer peldaño de la escalera. El salto a la pantalla lo transformó en un galán de telenovela. La fama crecía de manera permanente mientras “pierdes la perspectiva de lo que está bien y lo que está mal”, confiesa Verástegui.

Desde Ciudad de México, pasó a Miami y retomó su carrera musical como solista. Son tiempos de bonanza. “Empiezas a querer más y más, pero nunca es suficiente” recuerda el actor durante su participación en el programa radial ¡Qué Semana! que se emite los sábados por EL DEBER Radio. “Empiezas a poner la fama, el placer y el dinero como un fin; nunca te va a llenar”, matiza.

En un momento, su vida comienza a dar un giro. Todo inició durante un vuelo a Los Ángeles. En el avión, comparte charla con un responsable de casting quien le invita a participar en una audición de cine. Como si fuera un guion de Hollywood, la historia avanza en una dirección misteriosa. Eduardo Verástegui consigue papeles en películas de cine junto a reconocidos actores latinos de la industria.

El siguiente escalón, en esta carrera de ascenso a la fama y los focos, lo sienta en unas clases de inglés, impuestas por los estudios de cine, para controlar su acento latino.

Nadie, ni el mismo actor, supuso que esas sesiones serían el inicio de una vida nueva. La profesora interpelaba a Verástegui con preguntas de todo tipo. “Era el método socrático que cuestiona el sentido de la vida. Esta mujer me ayudó a descubrir el sentido de la vida”. Hasta ese entonces, el exitoso y afamado Eduardo Verástegui sentía que la vida le sonreía. “Llega un momento que estas viviendo un estilo de vida a tu medida, donde tú decides lo que está bien y lo que está mal”. Comenta antes de remarcar el cambio trascendental que asumió su vida.

Se entremezcla en el relato su relación con la familia. Sintetiza la preocupación de sus padres por el modo de vida que rodeaba al actor con una frase que atribuye a su madre: “Si mis palabras no tocan su corazón, será con oraciones que llegaré a él”. El ejemplo de su madre y la fuerza existencial de la profesora de inglés cambiaron la senda de la felicidad.

El nuevo rumbo también contaba con luces, más brillantes que los flashes de la fama. Pero, este camino no enfocaba hacia el ego, sino que la iluminación procedía de la esperanza. Fue un momento donde “sentí el llamado para matar el ego y poder hacer la voluntad de Dios, de dejar las cosas atrás para consolidar la felicidad y lograr la paz interior, que es el resultado de una vida que quiere amar a Dios”. Así resume su experiencia de conversión que cambió el joven que, a sus 20 años, dominaba los escenarios, en una persona madura que centra sus objetivos en las personas antes que en las cosas.

Tras años de éxito, se prometió no participar en proyectos que contraríen su fe y sus valores. Cuatro años sin conseguir trabajo. Para él, fue un tiempo de encontrarse y comprender su valor. Fue así que “encontré la misión que me lleva a la felicidad”. Una pausa, un silencio, concentra la atención en ese momento. “Soy un puente que uso mis redes sociales como instrumentos para llegar a Dios” concluye Eduardo Verástegui.

Antes de concluir el contacto con ¡Qué Semana!, convocó a todos los oyentes para que participen mañana, día de Pentecostés, en el rezo del Santo Rosario. “Creo en el poder de la oración, es tiempo invertido, tiempo ganado”.