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Si Giordano Bruno resucitase, no podría creer lo que está pasando. El científico, que murió quemado en la hoguera, durante la Inquisición, por decir que el sol era una estrella más y que el universo tenía mundos infinitos; jamás hubiera imaginado que el líder de la Iglesia católica aceptaría algún día la teoría del Big Bang sobre el origen del Universo y que encima organizaría un encuentro con científicos para discutir lo que antes era, para el Vaticano, exclusividad de un ser supremo.

En 2014, el papa Francisco reconoció la teoría del Big Bang y dijo que esta “no se contradice con la intervención de Dios, sino que la exige”, y esta semana invitó a científicos reconocidos para hablar sobre lo que pasó en los primeros momentos del universo, en un congreso de divulgación científica denominado Agujeros negros, ondas gravitacionales y las singularidades del espacio-tiempo, organizado por el Observatorio Astronómico de la Santa Sede, señala el periódico The Independent.

El Vaticano ha convocado al encuentro al premio nobel de física Gerald’t Hooft, al cosmólogo George Ellis, a Roger Penrose, profesor emérito de Matemáticas de la Universidad de Oxford y polémico por  su teoría de la mente, y a Andrei Linde, profesor de Física en la Universidad de Stanford  y padre de la teoría de la inflación cósmica.

 Además de discutir temas de la cosmología moderna, como las ondas gravitacionales, el evento pretende celebrar la figura de George Lemaître, el sacerdote jesuita que propuso la teoría del “átomo primigenio” que dio origen al universo en expansión.

 Con este gesto, la Santa Sede pretende romper con la idea de que la ciencia y la religión no pueden ir de la mano. Como explica el director del Observatorio Vaticano, el jesuita Guy Consolmagno, en el portal ACI Prensa de la sede eclesial, "los cristianos creen en un dios sobrenatural que es responsable de la existencia del universo, pero nuestra ciencia nos cuenta cómo lo hizo".

La vida terrestre más antigua
El encuentro del pontífice con científicos coincide con el hallazgo de evidencia más antigua de vida microbiana terrestre, de unos 3.480 millones de años de antigüedad, en depósitos de aguas termales de Pilbara, en Australia.
El descubrimiento, publicado en la revista Nature Communications, sitúa en un estadio mucho más temprano la presencia de vida microbial en tierra firme. 

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