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El agua hierve a fuego lento. Santos pica apio con la destreza de un avezado hombre de cocina. Un poco más allá, María Paula revisa los frejoles. Anoche, antes de apagar las luces, se aseguró que el agua los cubriera por completo. Son las siete de la mañana y, a partir de ahora, ya no habrá momento de descanso.

Santos Coaquira, paceño, es un amante de los nuevos sabores. María Paula Muñoz, cruceña, su esposa, destila pasión por la buena cocina. Juntos han realizado diversos emprendimientos culinarios que la pandemia congeló. Al igual que gran parte del país, la cuarentena rígida impuesta en marzo los recluyó en su casa. Como muchos, debatieron sobre las diferentes maneras de aguantar el aislamiento.

Un amigo posteó en su cuenta de Facebook una foto en la que entregaba comida a personal médico de primera línea. Así como la primera burbuja de agua advierte sobre la ebullición, la foto supuso el despertar el espíritu solidario de la familia Coaquira Muñoz que permanecía confinado, como ellos. Los primeros días se dedicaron a asistir a adultos mayores con la compra de medicamentos y alimentos. Rafaela (22) y Lorenzo (19) Mondacca y Alonzo Coaquiea (12) participaron junto a sus padres.

“Tengo que hacer algo” se repetía una y otra vez Santos mientras se distraía en la cocina industrial que tiene instalada en su hogar. Al final, o quizás fue el inicio, propuso cocinar 3 días a la semana y repartir la comida entre las familias que ya sentían la penuria. “Era la segunda o tercera semana de la cuarentena cuando fuimos con nuestra primera entrega al Barrio San José (ubicado en las cercanías de la sede de Blooming), que quedaba cerca de la casa”. Fue un ají de fideo, recuerda, para unas 50 personas. “Había mucha gente sin comer”. En el retorno al hogar, sus hijos se adelantaron. “Mañana hay que repetirlo” pidieron a sus padres aún conmocionados por la realidad que les golpeó.


Son las 10:00. La comida está lista. Por un momento, los hijos dejan sus clases virtuales y acuden a la cocina. También está Carlos Muñoz, hermano de María Paula, que reside también en la misma casa, e Ignacio (30) un sobrino que se sumó en la medida que se requerían más manos

En un trabajo coordinado, se distribuyen envases, se sirven las porciones, se cierran los envases y se embolsan los platos servidos. Ya no son 50 porciones, hoy, diez semanas después del primer reparto, la camioneta que se dirige nuevamente al Barrio San José transporta 350 servicios.

“Hay días que ves las noticias y quieres tirar la toalla. Cansa”. Santos visita a diario barrios y hogares para repartir los alimentos. La realidad, cada día, es más desesperante. “Por más agotado que esté, la sonrisa de una abuela que encabeza la fila te cambia el día”.

Son las 13:00 y antes de retornar a casa deben desinfectar la cabina de autor refrigerado que utilizan para trasladar los alimentos. “Nos exponemos y ponemos en riesgo a la familia”. Es consciente de los riesgos que asumen cada vez que salen y asumen todas las medidas necesarias para evitar los contagios.

Pasionaria, el negocio de catering está parado. En agosto, Santos viajó a Lima para completar un Master en el Instituto Le Cordon Blue. Fueron 6 meses de aprendizajes que deseaba replicar tras su retorno a Santa Cruz, en diciembre. Entre enero y febrero estaban promoviendo ‘ven a comer a mi casa’, una experiencia culinaria donde los participantes disfrutaban del arte de la cocina mientras degustaban completos menús de 6 u 8 pasos basados en las vanguardistas técnicas aprendidas en Perú. Pero la pandemia lo congeló.


Por la tarde, la familia continúa distribuyendo alimentos para que sean repartidos en ollas comunes barriales. Las donaciones de pollo, carne y otros productos que reciben de grandes empresas de alimentos son entregadas a iglesias y parroquias. 

El apoyo del padre Raúl Arrázola o del padre Vicente, un italiano querendón de su barrio, permiten que los alimentos lleguen a las ollas que a diario se organizan. El Plan, la Villa, por Palmasola o, incluso, hasta la zona norte, cerca de Montero han recibido estos aportes.

Los Coaquira Muñoz son conscientes que la necesidad no descansa. “Durante dos semanas lo hicimos de manera silenciosa. Era nuestra forma de ayudar. Pero las reservas de alimentos se agotaban”. Santos y María Paula se comunican desde el teléfono mientras relatan aquel debate. Él, apuntalaba la idea de publicar las fotos en el Facebook para despertar el apoyo de amigos que se sumaran con aportes. Ella, consideraba que el voluntariado respondía a una decisión que nació en el seno de la familia y las cosas que nacen del corazón, no se publican.

La publicación de unas fotos capturadas durante una entrega de alimentos sirvió para que amigos y conocidos se sumen. Por aquí y por allá comenzaron a ofrecerse ayudas y donaciones para prolongar la solidaridad. Refrescos, pollos, fideos, verduras o chancho forman parte de los platos “frescos, calientes y con mucho vegetal” que se reparten a diario o que se alcanzan a las ollas comunes.

María Paula lleva un registro más o menos detallado del alcance que han tenido. “Son 12.580 platos servidos, 2.650 pollos para las ollas comunes. En total unas 36.000 personas” calcula.

Pero más allá de las cifras y los números, Santos recuerda rostros, ojos que brillan a la distancia mientras se acercan a la zona. “No sé como será su día a día, sólo los conozco con esa sonrisa de esperanza”. Eso sí, no todo tiene ese aroma a alegría. Uno de los primeros días – la voz comienza a suavizarse, antesala de un relato que ya ha repetido varias veces, pero recién lo hace público – mientras repartíamos desde una olla común, vi a 4 niños ansiosos que no entraban en la fila. No entendía su actitud. Cuando vi a uno de ellos correr al canal, levantar una bolsa de plástico, soplarla una y otra vez, y retornar con la esperanza de poder recibir comida”

El relato se corta. No solo Santos necesita una pausa, un respiro para continuar . “Lo pasé muy mal”, concluye. A partir de ese día, sirven la comida en envases individuales para que todos reciban su ración.

Ya es de noche. María Paula y Santos apagan la luz de la cocina. Es hora de descansar. La cocina de la esperanza volverá mañana, a las siete. Mientras el hambre continúe, los fogones aguardarán otro amanecer.