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En época de pandemia, padres e hijos pueden sentirse estresados y los gritos son una reacción natural por ello, lo mismo que ante el enojo y la ira. Sin embargo, los padres deben recordar que ellos son los adultos y los responsables de educar y crear en sus hijos una personalidad sólida.

Los efectos que tienen los gritos en la infancia sobre los niños son bastante graves y, aunque no dejan secuelas físicas, sí las siembran en lo sicológico y emocional.

La sicóloga boliviana Carla Alcócer advierte como primer punto que los gritos a los niños pueden provocar que ellos reaccionen exactamente igual ante las situaciones de estrés o enojo, imitando lo que ven.

En otros casos, en niños con temperamento o personalidad diferente, la profesional indica que provocan sentimientos de miedo, frustración y autodesvalorización. Es decir, van minando su autoestima y, peor aún, cuando se utilizan insultos. 

Crecer entre gritos vuelve a los niños retraídos, inseguros y ellos pueden terminar sintiéndose como cualquiera de los adjetivos que escuchan. 

Finalmente, pero no menos importante para la doctora es que los gritos crean en el hogar un ambiente poco amigable, convirtiéndolo en un lugar de donde todos querrán huir.

Educar sin gritos sí es posible
 
Cuando un padre se siente desbordado, debe empezar reconociendo y manejando sus emociones, sin perder el control. 
 
- Respirar. Cuando se está a punto de gritar lo mejor es detenerse, respirar y hablar al tranquilizarse. También es válido alejarse. 
 
- Reconocer las emociones. Identificar qué es lo que se está sintiendo y regular la emoción sin desquitarse con otros. 
 
-Reflexionar. Se debe determinar si la acción de un niño es capaz de inestabilizar a este punto o si se trata de problemas acumulados.
 
-Dialogar. Preguntar, con suavidad, sobre los motivos o razones de los niños para hacer o no algo. 
 
-Buscar soluciones conjuntas. Recordar las reglas y límites a los hijos y luego plantearles cómo podrían haber actuado mejor.

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