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Fueron empujados. De la noche a la mañana sus vidas cambiaron y tuvieron que adaptarse al nuevo sistema educativo para sobrevivir. Les costó. Sí. Muchos estudiantes ya se habituaron a Zoom y a Classroom. No volverían a clases para no contagiarse del coronavirus, pero extrañan el aula y sus amigos.

“No es lo mismo”

Le incomoda pasar clases en su sala. No es lo mismo. Dice. No puede refunfuñar, porque ‘no hay de otra’. Hoy, las clases son a través de un dispositivo electrónico y hay que adaptarse. André Salvatierra tiene 17. Está en quinto de secundaria del colegio Isabel Saavedra. Relata que tuvo problemas de aprendizaje.

Una vez se le ‘cayó’ el internet cuando daba examen de Lenguajes. En otra ocasión no entendió bien la lección de Química porque la calidad de la señal desde donde emitía el profesor no estaba ‘buena’. No se da por vencido y sigue ‘peleando’ con el sistema.

No está de acuerdo en que ‘todos’ aprueben el año y pasen automáticamente al siguiente curso. Y destaca que algunos profesores se esforzaron en transmitir sus conocimientos. Hubo uno que usó Microsoft PowerPoint para enseñar números y hubo otro que mostró el ADN y sus componentes a través de las bondades del programa Prezi.

Fabiola Serrudo también tiene 17 años. Está en la promoción del Domingo Savio III, un colegio de convenio de Santa Cruz. No podrá desfilar. Y no podrá tener una fiesta con sus amigos. Eso ya lo superó. Se queja, porque muchas veces sus compañeros no prestaban atención en clase o porque una sesión de 40 minutos jamás reemplazará un aprendizaje en aula de más de una hora.

Volvería a clases, pero con todas las medidas de bioseguridad. Dice que el aula es un lugar que no podrá ser canjeado por una máquina. Sabe de apuros. Una vez estaba conectada a su Huawei Y5 cuando alguien bajó la palanca y cortó la electricidad. ¡Ups! Se quedó fuera de la explicación.

Hoy desarrolló sus capacidades para las manualidades. No todo es tecnología. Piensa en ir a la universidad. Quiere ser abogada o, quizá, se deje llevar por la Ortodoncia o la Ingeniería Petrolera.

María Isabel Antelo también tiene 17. Estudia en el colegio fiscal John F. Kennedy. Está de acuerdo con el cierre del año escolar, pero cree que la forma de aprobación del curso no es justa. No es lo mismo que un chico estudie a que otro no estudie, señala. Para este tiempo tuvo que colocarse WiFi en su casa y aprender a usar Zoom. No le costó, pero anhela volver a su colegio. Extraña ver a sus amigos. WhatsApp tampoco es la solución.