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Ni teniendo el título de duquesa de Sussex y el tratamiento de alteza real, ni siendo la esposa del príncipe Harry y nuera de Carlos de Gales, la actriz estadounidense Meghan Markle ha conseguido que le otorguen la nacionalidad británica que solicitó después de que se casó en mayo de 2018. Se la negaron porque aún no reúne los requisitos que estipulan las leyes del Reino Unido.

La norma del Ministerio del Interior británico establece que la persona que solicita la nacionalidad debe permanecer ininterrumpidamente en el país por 270 días desde que hizo su pedido legal y tener una residencia fija en algún lugar de dicha nación europea, lo que Meghan no ha cumplido estrictamente, informa el diario ABC.

La duquesa de Sussex debió permanecer en el Reino Unido hasta octubre de 2020, lo que no sucedió, pues junto a su esposo y su hijo Archie se marcharon a EEUU en marzo. También hay dificultad con el domicilio que señaló, pues  puso al palacio de Kensington como su residencia, lo que ya no sucede, pues vive en la ciudad estadounidense de Los Ángeles.



Meghan mantiene su solicitud de pedido de nacionalidad británica, argumentando que es esposa y madre de ciudadanos de dicho país y desea tenerla para ella. Las leyes de dicho país no establecen privilegios en este sentido, aunque se trate de una integrante de la familia real.

Por el momento, tiene que viajar con su pasaporte estadounidense, mientras que su esposo y su hijo lo hacen con el británico diplomático, que le da privilegios en algunos países, sobre todo para evitar las colas en Migración cuando llegan a un aeropuerto y tener que declarar lo que llevan en su equipaje. 

La pareja Sussex y su hijo Archie residen actualmente en Montecito, una urbanización cerrada en Los Ángeles, California. Han creado una fundación que tiene previsto realizar obras de bien social y mantienen una relación laboral con Netflix en la producción de documentales, teleseries, largometrajes y programas de televisión.



El matrimonio sigue firme en su deseo de apartarse de las obligaciones de primera línea de la familia real británica, lo que significa la pérdida de los privilegios de los que aún goza, como es la asignación de un presupuesto para sus gastos personales y seguridad privada. También podría alejarlos de sus derechos de herencia, que incluye mansiones y objetos de valor.

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