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Unos tenemos más cosquillas que otros, pero casi todos somos incapaces de hacernos cosquillas a nosotros mismos. La explicación tiene que ver con el modo en que vemos y percibimos el movimiento.

Para llegar al fondo de lo que nos impide hacernos cosquillas a nosotros mismos, un artículo publicado en el diario español El País sugiere analizar primero otro fenómeno.¿Están listos para hacerlo? Aquí va:

Cierren un ojo y, a continuación, presionen con cuidado el lateral del otro ojo (el abierto) mientras mueven el globo ocular de un lado a otro en la cuenca. ¿Qué ven? Debería darles la impresión de que el mundo se mueve, aunque sepan que no es así.

Ahora bajen la mano y miren a su alrededor. El ojo se mueve de forma similar a como lo hacía cuando lo presionaban, pero el mundo está quieto. Está claro que la información visual recogida por el ojo es la misma en ambos casos, y que las imágenes pasan por la retina a medida que el ojo se mueve de un lado a otro, pero la percepción del modo en que se mueven las cosas solo es falsa cuando empujamos el ojo con el dedo.

Ello se debe a que, cuando movemos los ojos con naturalidad, el cerebro envía órdenes motrices a los músculos oculares y, al mismo tiempo, se envía algo denominado “copia eferente” de las órdenes al sistema visual, para que este prediga las consecuencias sensoriales del movimiento. Esto permite que el sistema visual compense los cambios que tienen lugar en la retina a causa del movimiento del globo ocular, y el cerebro sepa que los cambios en las imágenes (que parece que las cosas se han movido) se deben, en realidad, al movimiento del propio ojo.

De este modo, uno puede recorrer la habitación con la mirada y apreciar todos los detalles, sin tener la sensación de ir volando como un abejorro mareado. Cuando se presionaron el ojo con el dedo, no existía esa predicción, por lo que no tuvo lugar ninguna compensación y, en consecuencia, se alteró la percepción del movimiento.

EXPERIMENTOS CON COSQUILLAS

Sarah-Jayne Blakemore, del University College de Londres, fue una de las primeras en investigar cómo el cerebro toma estas decisiones tan rápidas sobre uno mismo y los demás.

La investigadora, según publica BBC Mundo, escaneó el cerebro de un grupo de personas a las que les hacía cosquillas en las manos y también cuando ellos mismos trataban de hacerlo.

Blakemore concluyó que cuando movemos nuestras extremidades, el cerebelo produce predicciones precisas de los movimientos de nuestro cuerpo, y luego envía una segunda señal que extingue la actividad de la corteza somatosensorial, donde se procesan las sensaciones táctiles.

El resultado es que cuando nos hacemos cosquillas a nosotros mismos, no sentimos las sensaciones con la misma intensidad que si nos las hace otra persona.

Si esto es así, los investigadores sospecharon que tenía que haber formas para evadir este mecanismo y permitir que las personas se puedan hacer cosquillas a sí mismas. Da igual si cambias tu cuerpo con el de otra persona: no puedes hacerte cosquillas con tus propios movimientos

Así que diseñaron una máquina que les permitía a los participantes mover un bastón que lanzaba con suavidad un poco de espuma en la palma de sus manos, a veces de forma inmediata y otras con un retraso de 200 milisegundos. Resultó que cuanto mayor fuera el retraso, más cosquilleo sentían con la espuma, quizás porque las predicciones del cerebelo ya no coincidían con lo que la persona estaba sintiendo en realidad.

EXISTEN LOS QUE SE PUEDEN HACER COSQUILLAS ELLOS MISMOS

Hay un grupo de personas que pueden hacerse cosquillas a sí mismas, sin necesidad de demora temporal; son los enfermos de esquizofrenia que padecen delirios de control. Estos individuos sienten que sus actos (o en ocasiones sus pensamientos) no son suyos realmente, o bien que alguna fuerza extraña los crea para ellos. Según los conocimientos psiquiátricos y psicológicos actuales, estas experiencias se deben a un fallo del mecanismo que compara la copia eferente antes mencionada con las consecuencias sensoriales de la acción.

De modo que, si un paciente que sufre delirios de control levanta el brazo por encima de la cabeza, su experiencia subjetiva podría ser similar a la de que alguien le hubiese levantado el brazo y se lo hubiese colocado en esa posición. Cuando Blakemore y sus compañeros pidieron a algunos pacientes que se hicieran cosquillas con un dispositivo similar al robot antes descrito, aquellos que presentaban síntomas de este tipo de esquizofrenia tenían la misma sensación de cosquilleo cuando no había demora temporal que cuando el investigador les hacía cosquillas.

Por divertido o agradable que fuese que pudiéramos hacernos cosquillas a nosotros mismos, la razón por la que no podemos hacerlo es que el cerebro ha sufrido adaptaciones destinadas a optimizar el modo en que entendemos el mundo que nos rodea y nos relacionamos con él.