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Por Óscar 'Puky' Gutiérrez

Poeta y gestor cultural

Territorio de Signos (Editorial 3600, 2020) es la más reciente novela del actor y director de teatro, docente y narrador, Andrés Canedo y, en ella, el viaje que nos es ofrecido resulta ser estupendo, porque aborda, con inteligencia, refinada sensibilidad y potencia lírica, aquél viejo -pero siempre vigente asunto- de la conquista sensual y amorosa de cuerpos y almas. Y Carlos, el protagonista de estas páginas, lo intenta desde una conmovedora e inesperada posibilidad: la de la ternura.


Del cuerpo al alma
En “Heterodoxia” de Ernesto Sabato, se incluye una cita con este tenor: “Gracias al amor recordamos lo que de alma tiene el cuerpo”. Lo contrario es igualmente hermoso: “Gracias al amor recordamos lo que de cuerpo tiene el alma”.

Cuerpo/alma y viceversa. Y, en medio de ambos, uno de los territorios de la condición humana en el que todos experimentamos la irresuelta tensión entre el mundo de los deseos -atávicos, biológicos-, la dolorosa pulsión del tener que comer, respirar, coger y morir, enfrente de la otra, la pulsión del darse, del pertenecer, del unirse, del trascender.

Y, como un fruto inesperado de aquella tensión (que en la vida de seres como Carlos/Andrés se manifiesta en toda su brutal colisión), los lectores salimos beneficiados, pues asistimos a un hermoso y muy didáctico espectáculo de alto erotismo en su vertiente más lúdica (aquella que sabe que el cuerpo es un territorio de gozo y ceremonia, de veneración y delirio), y el ejercicio de la ternura desde múltiples posibilidades, la amistad (¡por supuesto!), el respeto por el otro/la otra (su derecho a la individualidad), el sentirse parte de un proyecto colectivo que busca la transformación social, la entrega amorosa de esa plaza inexpugnable que es el corazón, la fusión casi mística de dos almas…

Parte de la trama
Carlos es un personaje intenso. Es un poeta, para bien y para mal. Lo acompañaremos en las lindas nostalgias de su agitada vida como hombre del teatro combativo y popular, pero también sabremos de su experiencia con dos de las mujeres decisivas en su vida: Mariana, la del amor perfectamente imperfecto, Mariana, la de la conmovedora complicidad y entrega, Mariana, la de la lucidez y la comunión íntima… pero Mariana es, también, la de la muerte, la del “dolor sin sitio”, la del desgarramiento del alma de quien quedó vivo… (Pero sobrevives, como un zombie, pero sobrevives, como un fantasma, pero sobrevives…), y la vida sigue su curso, ajena a subjetividades individuales. Serena e inflexible. El Universo no tiene prisa. Ni piedad. Ni rencor. Ni moral. 

La Vida es lo que Es.
Sin embargo, lo imposible suele suceder con frecuencia. Un nuevo amor (esta vez con acento colombiano, “papito…”), será quien vuelva a llevar a Carlos a ese territorio de jadeos, insinuaciones, signos, humedad y pirotecnia que es el cuerpo de la mujer –deseada, primero, y amada después– pero esta vez, ¡ay, pero esta vez!, el cazador es cazado. La soberbia a veces se arrodilla y come, neuróticamente, las migajas del amor que le dan…

Cuando a seres como nuestro protagonista, que han desarrollado verdadera maestría en el arte de la seducción, y han hecho del coito un ritual paganamente sagrado les sucede esa borrachera corporal y espiritual, y no son correspondidos, les acontece esa dolorosa distancia, ese dormir con alguien pero en extrema, en dolorosa, en brutal soledad.

Me parece que uno de los temas subterráneos -sugerido a lo largo de esta adictiva narración-, tiene que ver con la dolorosa imposibilidad del amor y la efímera felicidad a la que nos conduce antes de precipitarnos en una geografía de ausencias y desolación.

Adolorida lucidez
Ambas historias están temporalmente distanciadas, pero el autor logra barajarlas con una notable precisión técnica, lo cual proporciona a la novela un ritmo y una estructura cuyo fulgor nunca decae, logrando sostener por casi 300 páginas una intensa historia, la misma que he disfrutado enormemente.
Al terminar estas palabras de entusiasmada convicción pienso que no podía ser de otro modo. 

Y es que este viaje al centro de la humedad y la ternura está conducido –sabiamente- por alguien a quien el tiempo le ha afinado el instrumento del corazón, alguien que posee la adolorida lucidez que otorga el frecuentar el Arte y la Vida, a partes iguales, alguien que, sin lugar a dudas, ha sabido, en carne propia, lo que es entregarse –“suicidamente”- al ritual del amor, a la ceremonia de los cuerpos como un trampolín hacia el alma, y a intentar, con alternancias de luz y soledad, la siempre peligrosa lectura del palimpsesto que es toda mujer, ese prometido, pero elusivo, territorio de signos.