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“Fue un calvario”, define Daniel Valverde, director del Observatorio Político Nacional de la Universidad Gabriel René Moreno. “Será la primera elección del posevismo”, añade Franz Flores, catedrático y doctor en Ciencias Políticas. Entre ambas afirmaciones está el proceso electoral más largo de la historia de Bolivia. 

Comenzó el 18 de octubre de 2018, cuando otro Tribunal Supremo Electoral convocó a las primeras elecciones primarias de la historia del país. Tuvo dos votaciones fallidas, unas primarias sin candidatos que se enfrenten entre sí, y las generales del 20 de octubre de 2019, anuladas por los indicios del fraude presentado por observadores de la Organización de Estados Americanos (OEA) y que aún es investigado por la justicia. 

Hubo que barajar y dar de vuelta: se tuvo que reconstruir un nuevo Tribunal Supremo Electoral, desde nuevos vocales hasta nuevas infraestructuras, ya que muchas ardieron por el clamor popular tras las elecciones viciadas de nulidad, se tuvo que convocar una nueva elección en la que varios partidos cambiaron candidatos, otros candidatos cambiaron de partido, y hubo postulantes golondrinas, que aparecieron durante unos meses para renunciar luego a sus candidaturas por falta de posibilidades reales para llegar a la Presidencia.

Así, hoy, 7,3 millones de bolivianos tendrán antes sí una papeleta electoral que mostrará más candidatos que los que realmente están habilitados. Solo podrán llegar a Palacio Quemado –o a la Casa Grande del Pueblo, según gustos - Luis Arce, por el Movimiento Al Socialismo (MAS), que pretende volver al poder un año después de que fue obligado a dejarlo; Carlos Mesa, de Comunidad Ciudadana (CC), que pretende volver a gobernar el país luego de que fue obligado a renunciar por movilizaciones callejeras, en junio de 2005; Luis Fernando Camacho, por Creemos, que pretende llegar a la Presidencia luego de liderar las protestas que obligaron al MAS a dejar el poder luego de las elecciones sospechadas de fraude; Chi Hyun Chung, por Frente para la Victoria, un pastor evangélico que quedó tercero en las elecciones fallidas de 2019 y que cambió de partido para 2020, y Feliciano Mamani, por Pan-Bol, un minero cooperativista que hace sus pininos en la política partidaria. 

Fuera de competencia, pero presente en la papeleta de votación estarán Jeanine Áñez, presidenta del Estado que en septiembre declinó su candidatura por Juntos; Jorge Quiroga, expresidente y candidato de Libre 21 que dejó su candidatura para tratar de que el MAS no gane en primera vuelta, y María de la Cruz Bayá, quien fuera obligada por ADN a dejar su candidatura a último momento. Quienes voten por ellos, anularán su voto

El camino político

Para el politólogo Franz Flores, hoy se va a resolver un camino que comenzó el 21 de febrero de 2016, cuando un referéndum resolvió que el entonces presidente Evo Morales no podía presentarse a una nueva reelección, pero fue habilitado a finales de noviembre de 2017 por una resolución del Tribunal Constitucional.

Flores cree que allí se marcó el descenso de la popularidad de un presidente y un partido que fueron hegemónicos y que hoy enfrenta el reto de ver cómo se resuelve la política del país sin la figura de Evo Morales en la papeleta de votación. Por eso cree que hoy comienza la etapa del posevismo, así como Ecuador inauguró un nuevo tiempo sin Rafael Correa o en Brasil sin Lula da Silva en el poder. Flores no es muy optimista de la votación de hoy. 

Considera que el boliviano asistirá a votar con odio, que sin importar qué candidato elija, votará contra algo o alguien: el bloque masista votará contra el supuesto golpe de Estado de noviembre del año pasado y los votantes del bloque antimasista votarán contra el regreso del partido de Evo Morales al poder. 

Es por eso que Daniel Valverde añade que los bolivianos llegan a esta elección con una sensación de estrés y de ansiedad colectiva, no solo por saber los resultados, por saber si habrá un ganador en primera vuelta o habrá que volver a votar a finales de noviembre por las dos opciones que mayor cantidad de electores concentren, sino por la incertidumbre de lo que pueda ocurrir si gana uno u otro bloque en disputa. Valverde ve riesgos de convulsión social y de violencia si algunos sectores no aceptan el veredicto que dicte las urnas. Y sus motivos tiene.

 Hay que recapitular: este proceso es hijo de fuego, de los incendios de seis tribunales departamentales luego de que la noche del 20 de octubre de 2019 al menos tres vocales del antiguo Tribunal Supremo Electoral decidieran cortar la Transmisión de Resultados Preliminares y despertaran sospechas de que algo no estaba bien. 

Eso desató una protesta popular, en paralelo a una auditoría de la Organización de Estados Americanos, que llegó a la conclusión de que había sido una elección con muchas irregularidades y sugería anularlas. 

La revuelta popular de 21 días terminó con la renuncia de Evo Morales, espoleada también por la pérdida de apoyo de la Central Obrera Boliviana, una rebelión policial y a sugerencia de las Fuerzas Armadas. 

La llegada al poder de la entonces senadora Jeanine Áñez tras una interpretación del reglamento de la Cámara de Senadores, del enjuiciamiento de los vocales del Órgano Electoral Plurinacional por fraude, la anulación formal de las elecciones, la conformación de un nuevo Tribunal Electoral y la convocatoria a unas nuevas elecciones –estas elecciones- que debieron celebrarse el 3 de mayo. 

Para esa fecha se anotaron ocho candidaturas, pero el coronavirus hizo que los comicios, primero, se suspendan para el 6 de septiembre y, después, bajo la presión de bloqueos promovido por sectores afines al MAS, en medio del pico de la pandemia por el coronavirus, fueron definidas para este18 octubre. “Ha sido un proceso tortuoso en el que ha primado el ataque a las candidaturas, ante que las propuestas de campaña. Hubo muy pocos mensajes alentadores. 

Con esto, nuestra crisis de representación política, nuestra base representación política y el modelo de construcción de liderazgos ha tocado fondo”, dice un Valverde categórico. “Quien resulte ganador tendrá que atender problemas urgentes, como la crisis económica, el desempleo, la disminución de los ingresos que afectan a toda la población boliviana”, añade el director del Observatorio Político Nacional, casi como advertencia dantesca.

Los votantes

De los 7,3 millones de electores habilitados para sufragar, 7.031.294 se encuentran en Bolivia, mientras que otros 301.631 están repartidos en 29 países alrededor del mundo. Panamá negó la autorización para celebrar las elecciones en ese país. De estos, un 58% tiene menos de 40 años de edad, así que, por primera vez en la historia del país, los millennials serán los que definan al próximo presidente y la conformación de la nueva Asamblea Legislativa Plurinacional. 

Y, tal vez, eso ha llevado a dos candidatos menores de 45 años a la papeleta. Luis Fernando Camacho tiene 41 años y Feliciano Mamani, 44. Será una elección que se definirá en el eje central del país. La Paz, Santa Cruz y Cochabamba, los departamentos que concentran el 73% de los votantes de dentro del país. 

La Paz es el distrito con más electores, con 1.923.305, seguido por Santa Cruz, con 1.886.386 habilitados para sufragar. Eso sí, solo en Santa Cruz de la Sierra hay más de 1 millón de votos por repartir y el departamento oriental, al ser el bastión del bloque antimasista, será el que defina si habrá o no segunda vuelta. Pero, ¿las urnas solucionarán los problemas políticos del país? “No, pero será un gran paso”, responde Flores. 

El doctor en Ciencias Políticas cree que pasará algún tiempo hasta que el país logre cierta paz social, ya que hay una gran brecha entre los que votarán por el MAS con los que votarán contra el MAS a la que se la ha sumado, además, la variable regional. Bolivia llega a las urnas con rupturas sociales, económicas y políticas. Daniel Valverde confía en que un gobierno que emane de las urnas será el primer paso para comenzar a costurar las heridas. Los electores bolivianos tienen la aguja de sutura en sus manos.