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Por: Guido Áñez Moscoso

En la construcción de los partidos o movimientos políticos que han liderado en América Latina la tesis totalitaria del Socialismo del Siglo XXI, la personalidad de los lideratos ha sido fundamental, contrariamente a la Europa Oriental, donde la construcción del partido único fue su característica política. La influencia de Fidel Castro fue decisiva y determinante.

En Venezuela el liderato de Hugo Chávez, llamado el Mussolini caribeño por hacer alarde de sus características totalitarias; en Nicaragua la pareja Ortega-Murillo creó una dictadura esotérica, mezcla de irracionalidad y espiritismo. Correa con un estilo personalista a ultranza y el nuestro Evo Morales, que es un clásico impostor, alguien que se hace pasar o simula ser una persona que en realidad no es.

Evo empieza a tomar protagonismo sindical el año 1988, cuando lo eligen ejecutivo del trópico de Cochabamba, de la Federación de Productores de Hoja de Coca; es bueno recordar que producto de la relocalización de los trabajadores mineros de Potosí y Oruro, tanto el trópico de Cochabamba como las áreas urbanas del departamento fueron zonas de recepción de esos migrantes, que en el caso de Chapare, a pesar de todos los esfuerzos gubernamentales de hacer una región productiva legal, casi la totalidad de los exmineros, que tenían una tradición sindical, con fuerte influencia trotskista y formación política marxista, se dedicaron al cultivo de la hoja de coca.

Evo Morales fue uno de esos migrantes, pero no fue el más lúcido, ni el mejor formado, ni el destacado intelectual de izquierda que llega a ser dirigente. Él logra su elección por su estilo de matonaje rural y empieza a convertir una lucha entre el Estado que quería aplicar la ley y los productores de la coca, materia prima esencial para la fabricación de cocaína, en una lucha que captó la atención de las ONG y de muchos intelectuales marxistas. Estos asesores tuvieron la habilidad de convertir los conflictos de bloqueos de rutas, atentados, asesinatos de policías y militares, violaciones a los derechos humanos y un sinnúmero de ilegalidades en un discurso político antiimperialista, anticapitalista y proindígena cuando en realidad la lucha en Chapare consiste en legalidad democrática vs narcotráfico.

Impulso

Esa impostura ideológica fue fundamental para que el liderato de Evo Morales trascendiera las fronteras de Chapare y lo convierta, artificialmente, en un líder indígena, un antiimperialista, cuando nunca, y él lo ha dicho públicamente, ha sido un hombre apegado a la formación ideológica ni a la lectura. Más bien se ha vanagloriado de no leer ni interesarse por las cuestiones académicas, aunque esa construcción esconde su verdadera personalidad agresiva y mentalidad totalitaria. Su formación sindical y el negocio detrás del sindicalismo cocalero esconden un dictadorzuelo sin otro objetivo que el poder por el poder.

Una táctica permanente del movimiento cocalero y de Evo Morales ha sido cometer delitos, victimizarse y acusar al Gobierno de turno de represión. En otras batallas políticas, como octubre de 2003 o noviembre de 2019, acusar de genocidio a los actores políticos que defendían el Estado de derecho.

Los 14 años de dictadura cocalera lo han mostrado de cuerpo entero, vanidoso, soberbio, arrogante y con un manejo discrecional de los recursos del Estado para fines personales y satisfacciones de su elevado egocentrismo.

Despilfarro

Bolivia desperdició la mejor coyuntura económica de su vida republicana por el pésimo manejo económico y la falta de una estrategia nacional en inversiones que nos garanticen una soberanía económica y una inserción en los mercados internacionales. Perdimos una oportunidad de oro de convertirnos en un país serio. El ejemplo del estado catastrófico de la salud que estamos viendo con la pandemia es una pequeña muestra

de la irresponsabilidad con la que se manejó el boom económico de los 14 años de dictadura cocalera.

Hoy, Evo Morales se debate entre la soledad, la ansiedad y la ausencia de adulo permanente. Sus cortesanos se han reducido a unos cuantos leales, lo cual acrecienta su inseguridad y lo hace más peligroso e imprevisible. A pesar de contar con todo un aparato de prensa internacional que disimula los continuos errores y ridículas entrevistas de prensa, ha logrado fabricar un discurso falso que por la repetición de todo su entorno internacional ha sido asumido con inocencia por intelectuales en el mundo: que en Bolivia hubo golpe de Estado, que las Fuerzas Armadas lo traicionaron, que la derecha es golpista, que no existió fraude electoral, entre otros temas.

En realidad, lo que dice Evo Morales es todo lo contrario de lo que sucedió en Bolivia. La gente se cansó del abuso de poder, del irrespeto a las leyes, de la burla a las votaciones que él mismo llamaba (21F), de los abusos con los bienes del Estado y del presidente que asistió a la inauguración de todos los mundiales de fútbol sin que Bolivia clasifique. Eso provocó un levantamiento popular pacífico que finalizó con su cobarde salida a México, luego a Cuba y ahora desde Argentina dirigiendo a su candidato, pero también a sus bases más radicalizadas para retomar el poder, volver a Bolivia, ajustar cuentas e implementar su tesis de 500 años de gobierno ya a la fuerza y sin respeto a la disidencia política.

Elecciones

Actualmente, con la fecha fijada de elecciones para el 6 de septiembre, pero con muchas dudas acerca de su realización producto del coronavirus, la operación retorno del MAS al poder y la vuelta de Evo a Bolivia se basa en la operación política institucional de los dos tercios en la Asamblea, desde donde no solo conspira contra el Gobierno constitucional, aunque transitorio, sino fundamentalmente contra la recuperación plena de la democracia en el país.

Las leyes que ha dictado o las que tiene paralizadas como los créditos internacionales para la lucha contra el Covid-19, o la asignación del 10% de recursos para la salud, o la última ley de excepción para criminalizar la actuación de la Policía y las FFAA nos desnuda su estrategia, que consiste en maniatar al Gobierno desde lo institucional, atentar contra la salud provocando conflictos artificiales en los sitios de mayor presencia y radicalidad política, como El Alto, Chapare, San Julián y Yapacaní en una táctica conspirativa en el marco de una estrategia global por recuperar el poder vía elecciones.

Su estrategia siempre ha sido arroparse hipócritamente en el sistema electoral democrático, utilizarlo como mecanismo de hacerse del poder, fijar reglas que le favorezcan, desarrollar un fraude sistémico, aún vigente en las actuales elecciones, eso ayudado indirectamente por la inacción política del Gobierno que, desde el caso respiradores, ha perdido toda iniciativa política que lo lleve a reposicionarse, agobiado por el manejo de la pandemia y una oposición atomizada producto de la inmadurez de sus lideratos y de creerse imprescindible para manejar el país en el posevismo.