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Para hacer que un plato sea bonito no hace falta pasar horas y horas encerrado en la cocina, ni volverse loco pensando cómo decorarlo.
Las presentaciones más bonitas suelen ser las más sencillas y, con la ayuda de unas flores, ese platillo no pasará desapercibido.

Puede usarse en una ensalada para refrescarse en verano, para personalizar un pastel o hasta en la decoración de los platos más elegantes de la pasarela culinaria. De esta forma, llegan a ser casi imprescindibles por el color y volumen que aportan, gracias a su diversidad en formas y tamaños.

Aunque es obvio, hay que aclarar que no se puede consumir cualquier flor que
se encuentre, por más bonita que sea, sin conocer antes si es comestible.
Algunas de las más comunes son las begonias, caléndulas y violetas, siendo estas últimas las más utilizadas tanto en preparaciones dulces como saladas, porque aportan belleza y contraste por sus colores, y poseen un sabor agradable y suave. Se pueden usar frescas, secas, cristalizadas e incluso confitadas

Como por el momento no se encuentran tiendas especializadas en la venta de flores comestibles, una alternativa es plantarlas por cuenta propia, ya que de esta forma adornan el jardín y a la vez proveen de estos elementos decorativos que darán un plus a cualquier presentación.


Caléndulas: Tiene un sabor agridulce que se asemeja al azafrán o a la pimienta. Sus pétalos pueden servir como tinte para platos fuertes o como decorativos en
los postres.


Violetas: Aportan una importante cantidad de antioxidantes y vitaminas. Su sabor refrescante hace que sean muy adecuadas para ensaladas, a las cuales les dan una personalidad colorista y un sabor exótico. Las violetas son conocidas por sus usos en el mundo de la repostería: se hacen compotas, helados y mermeladas.

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