La garrafa vacía pesa poco, pero cargarla durante horas termina cansando. No por el metal, sino por la incertidumbre. En la fila nadie sabe si el camión llegará, cuántos cilindros traerá o si alcanzará para todos. Aun así, nadie se mueve. Porque regresar a casa sin gas significa algo más que una cocina apagada: significa no saber qué habrá para el almuerzo.
Una mujer sostiene una única garrafa vacía. Dice que recorrió dos agencias antes de llegar al lugar donde ahora espera. Minutos después un trabajador sale y anuncia que el gas se terminó.
"El joven dijo que se acabó. Quién sabe a qué hora volverán a vender", comenta resignada. Explica que el cilindro es para su hogar y que, sin él, no tiene cómo preparar los alimentos. "Volver a cocinar con leña ya no es una opción. Ni siquiera tenemos gas domiciliario", lamenta.
La escena comienza a repetirse en distintos puntos de Santa Cruz. Las filas, que durante meses se hicieron habituales en los surtidores por la falta de diésel y gasolina, ahora también aparecen frente a las distribuidoras de GLP.
El problema no radica en la falta del combustible en sí, sino en la limitada disponibilidad de garrafas para distribuirlo. La Cámara Nacional de Distribuidores de GLP advirtió que las empresas trabajan apenas entre el 20% y el 25% de su capacidad debido a la escasez de cilindros aptos para el servicio, justamente cuando el invierno elevó entre un 10% y un 15% la demanda del producto.
Hace unos días, el presidente de la Cámara, Fernando Segovia, explicó que existe un compromiso de YPFB para adquirir 100.000 nuevas garrafas y entregar mensualmente otras 5.000 destinadas a reponer el stock en Santa Cruz. Sin embargo, esa reposición aún no se concreta y la falta de envases continúa limitando la distribución.
Mientras tanto, la espera se vuelve parte de la rutina.
"Nos dijeron que el camión llegará recién a las once y cuarto", cuenta otro vecino que llegó cerca de las ocho de la mañana. Hace cuentas mientras observa la fila. Si consigue una garrafa, habrá perdido casi toda la mañana. Si no la consigue, tendrá que comprar almuerzo en una pensión. "Es tiempo y es plata", resume.
En otra distribuidora, una mujer pide que se limite la venta para evitar que algunas personas compren varias garrafas y luego las revendan.
"Que vendan de una o dos por familia. Hay quienes se llevan muchas y después las revenden", reclama.
La preocupación también alcanza a quienes no tienen recursos para buscar alternativas.
"No hay gas, no hay leña y tampoco hay plata para ir a una pensión", dice otra ama de casa. Si el camión no llega, asegura que simplemente cocinará más tarde o esperará al día siguiente.
Otros ya ni siquiera preguntan por la hora de llegada. Después de visitar cuatro puntos de venta sin éxito, un vecino resume el sentimiento que se repite entre quienes hacen fila: "Hace más de una semana que busco gas y en ningún lado saben cuándo llegará".
La incertidumbre se suma al malestar general provocado por la crisis de abastecimiento de combustibles. Aunque el Gobierno sostiene que la normalización será gradual, las filas persisten en estaciones de servicio y ahora también en las distribuidoras de GLP.
Para muchas familias, la escasez dejó de ser un problema de movilidad y se convirtió en una dificultad cotidiana para preparar los alimentos. "¿Con qué vamos a cocinar?", pregunta una mujer mientras observa su garrafa vacía. Nadie en la fila tiene una respuesta. Todos siguen esperando que llegue el camión.