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Por más cliché y desgastado que parezca el viejo refrán: “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, sigue siendo un sabio consejo que no pierde vigencia y que cobra mayor relevancia en épocas en las que se debate y cuestiona la procrastinación, término que proviene del latín y que, según la sicología es el hábito a postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras más irrelevantes o agradables.

Desde cumplir con los trabajos en el tiempo establecido (que son tareas a corto plazo), como las de dejar de fumar o hacer dieta, (que son a largo plazo) casi nadie puede decir que está exento de no haber caído en dejar de lado algo importante y postergarlo para otro tiempo o momento, pero cuando esto se convierte en un hábito cotidiano y casi insuperable se transforma en un verdadero problema.

“Es una dificultad, que hace que las personas sean menos productivas, pero también menos felices, porque cuando postergas lo importante estás dejando de hacer algo que sería bueno para ti”, explica Paola Querejazu, especialista en Recursos Humanos y de gerente de Gestión de Riesgos de Personas.

“No es que sea un fenómeno nuevo”, agrega. “Lo que pasa es que en los tiempos modernos se ha acentuado porque vivimos en una época en la que recibimos demasiado volumen de información y por la inmediatez a la que estamos expuestos. Eso hace mucho más difícil poner foco en algo y priorizar. 

A diferencia de otras épocas, actualmente hay más chances de que uno deje de lado cosas que son difíciles de hacer, aunque sean necesarias, para hacer cosas que son gratificantes”.

Dentro de un procastinador

El estadounidense Tim Urban, que dirige el blog Wait But Why, se considera un procastrinador extremo y en la búsqueda de una solución a ese tema hizo una explicación divertida de cómo funciona su cerebro usando sus propias caricaturas para explicarlo.

Primero, describe el cerebro con un lugar donde hay un personaje que “toma las decisiones racionales” y está al mando del timón. 

El cerebro de un procrastinador se ve similar, excepto por la presencia de un amiguito, al que Urban etiqueta como “el mono de la gratificación instantánea”, que al principio parece que será divertido, porque influye para que el encargado del timón se desvíe hacia cosas divertidas y entretenidas, pero de hecho es un gran problema, como ilustran los cómics de Urban.

 Esto continúa hasta que las cosas se ponen realmente graves, porque no se está conduciendo hacia las tareas más importantes y es entonces que aparece “el monstruo del pánico”, que se activa haciendo huir al mono y finalmente impulsa a la acción de una manera desesperada y a contrarreloj. “Las personas pueden ser varios tipos de procrastinadores, dice Urban.

Algunos procrastinan haciendo cosas inútiles, como buscar GIF de gatos. Otros realmente logran cosas (limpiar sus casas, trabajar en sus trabajos aburridos), pero nunca llegan a las cosas que realmente quieren lograr en la vida, sus metas más importantes a largo plazo”

“Cuando uno tiene un ‘para qué’ usualmente encuentra el ‘cómo’. Es decir, cuando no tienes muy clara tu visión personal, tu propósito; es mucho más fácil perder tu fuerza de voluntad, que es la autorregulación. 

El hacer cosas difíciles que te convienen tiene que ver con hábitos y disciplinas y eso es lo que nos cuesta a los humanos, la autodisciplina. La fuerza de voluntad es importante, pero sola no te alcanza, tiene que ir acompañada de una visión, de una motivación de algo que te lleva a algo a más largo plazo”, afirma Querejazu y al igual que Urban insiste en que lo más importante no es cumplir con las tareas inmediatas, si no las que implican más tiempo.

 ¨Puede ser que procastrines un ratito, a corto plazo, por ejemplo tengo un plazo para hacer trabajo y en cinco minutos lo termino de hacer, pero cuando se posterga las cosas que son a largo plazo es más difícil y lamentablemente son las más frecuentes, porque uno no tiene ninguna presión de tiempo.

Por decirte. Tienes que dejar de fumar y dices mañana empiezo, luego pasado, el lunes, la próxima semana y así, porque no hay nada que te esté presionando para cumplirlo. Entonces creo que cualquier ser humano en cualquier momento de su vida sí puede cambiar de hábitos, pero desde el momento que toma la decisión de que tiene un propósito que cumplir y tiene claro cuáles son las cosas que tiene que hacer para llegar a ese propósito”, insiste la especialista.

“Al tomar decisiones a largo plazo, las personas, tienden a sentir fundamentalmente una falta de conexión emocional con su yo futuro”, dice Hal Hershfield, sicólogo de la Escuela de Administración Anderson de UCLA que estudia el yo presente y futuro.

“Entonces, aunque sé en algún nivel fundamental dentro de un año, seguiré siendo yo, de alguna manera trato a ese yo futuro como si fuera una persona diferente, y como si no se fuera a beneficiar o sufrir por el consecuencias de mis acciones hoy “, explica.

¿Cómo empezar?

Como bien dice otro refrán “la caridad bien entendida comienza por casa” y es desde uno mismo donde se empieza a generar el cambio. “Cuál es mi foco, dónde quiero llegar y qué quiero hacer de mi vida y si lo tengo claro, tendré claro que habrán cosas en el camino que no necesariamente serán agradables ni bonitas ni cómodas, que son parte de ese propósito. Ese sería el primero paso”, indica la experta en Recursos Humanos.

Muchas investigaciones acerca del tema también concluyen en la importancia de empezar con cosas pequeñas que se puedan manejar y que te permitan demostrarte que puedes. “Funciona muy bien el partir las cosas en pedazos manejables porque si yo tengo que lograr una cosa, que es muy grande, me va a costar mucho lograrla, porque la voy a ver enorme. Por decirte, yo quiero correr una maratón de 42 km; primero debería correr 5, después 10, puedo hacer una cronología de cuanto debo ir corriendo y partir en pedacitos mi meta, para que eso me sea más fácil de manejar. Incluso recomiendan para los procrastinadores que sus metas deben ser diarias. Ni semanales, ni mensuales”, señala Querejazu y agrega que esto debido a que hay un ciclo, que tiene el procastinador que incluye la culpa, porque deja de hacer las cosas que debería hacer y se siente culpable. Al sentirte culpable, su autoestima baja, porque se cuestionas a sí mismo y se siente menos preparado y por lo tanto deja de hacer cosas.

En ese sentido, Dan Ariely, que es catedrático de sicología y economía del comportamiento en la Universidad de Duke y miembro fundador del Center for Advanced Hindsight, aconseja que cada logro, aunque sea pequeño sea recompensado. Uno debería premiarse frecuentemente por lograr objetivos y eso no implica comprarse cosas, si no cosas que pueden ser simples pero que reconfortantes, como ponerse a ver una serie de Netflix, salir con amigos o mis hijos a pasear o irse a la peluquería, porque darse a uno mismo reconocimientos también ayuda a que haya motivación.

Finalmente Querejazu insiste en que el cambio empieza desde niño. “A ellos hay que enseñarles hábitos y mostrarle que si haces cosas, aunque no te gusten, sabiendo de que hay un porqué las estás haciendo es más fácil que las pases sin tanto drama”, concluye.

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