Tras la Segunda Guerra Mundial, Francia y Alemania enfrentaban un dilema existencial. Dos guerras en menos de treinta años (o tres guerras en 70 años si contamos la Franco-Prusiana) habían dejado cicatrices profundas, resentimientos históricos y millones de muertos. La “enemistad hereditaria” parecía insalvable. Sin embargo, ambos países entendieron que no bastaban los gestos ni las reuniones protocolares: había que construir una arquitectura institucional capaz de transformar la desconfianza en cooperación.
El camino fue largo. En 1950, el Plan Schuman propuso la gestión conjunta del carbón y el acero, los recursos estratégicos de la época necesarios para hacer la guerra. En 1962, De Gaulle y Adenauer se encontraron en Reims, en una misa de reconciliación que simbolizó el cierre de las heridas. Y en 1963 se firmó el Tratado del Elíseo, que estableció reuniones periódicas entre jefes de Estado, ministros de exteriores y defensa, y creó organismos permanentes como la Oficina Germano-Francesa de la Juventud (DFJW). Este organismo, financiado por ambos países, ha impulsado más de 380.000 programas de intercambio y ha involucrado a casi 10 millones de jóvenes. Como dijeron Defrance y Pfeil, (2005) “No fue un gesto aislado, sino la institucionalización de una reconciliación que debía sobrevivir a los gobiernos…”
Lo decisivo es que el Tratado del Elíseo no fue una política de gobierno, sino una política de Estado. Francia lo vio como un instrumento de autonomía europea; Alemania, como un paso para redimirse y legitimar su posición en Occidente. El resultado fue una arquitectura diplomática que trascendió los gestos y se convirtió en el motor de la integración europea. Dos guerras para llegar a esto. Dos guerras que, si miramos nuestra historia, también han marcado la relación entre Chile y Bolivia: la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana (1836–1839) y la Guerra del Pacífico (1879–1883).
El Pacto de Tregua de 1884 marcó el inicio de un largo período de relaciones bilaterales sin guerra formal, pero con tensiones persistentes. Y recién en 1904, el Tratado de Paz y Amistad puso fin al conflicto y consolidó la cesión definitiva del litoral boliviano a Chile, definiendo así las fronteras actuales entre ambos países. Esa memoria histórica sigue pesando, de manera distinta, en la relación bilateral.
El contraste con el vacío hostil de las últimas décadas es evidente. El comunicado conjunto de los ministros de Relaciones Exteriores de Chile y Bolivia en abril, que anuncia reuniones de alto nivel, equipos y agendas compartidas, representa un avance significativo. Es un paso valioso, pero insuficiente. Más allá de la retórica, aún no existen mecanismos de seguimiento, no hay estructuras permanentes ni compromisos verificables. Un “escritorio” en La Paz y otro en Santiago no bastan para sostener una política de Estado.
Chile y Bolivia enfrentan problemas internos que no se mencionan en esos comunicados. Bolivia lidia con tensiones políticas y económicas profundas. Chile avanza con leyes migratorias restrictivas, zanjas fronterizas y deportaciones que afectan directamente a ciudadanos bolivianos. Estos hechos contrarían los discursos de integración y muestran que la confianza sigue siendo frágil.
La lección franco-alemana es clara: la reconciliación no surge espontáneamente en una mesa con treinta diplomáticos, empresarios o académicos. Se construye con mesas de trabajo permanentes, con agendas claras, con responsables definidos y con mecanismos de seguimiento. Se construye con programas que integren a las regiones, que involucren a la juventud, que cierren heridas con un lenguaje común. Se construye con acuerdos duraderos, con arquitectura institucional y con voluntad política real.
Chile y Bolivia tienen hoy la oportunidad de dar ese salto. No se trata de criticar lo hecho. ¡Todo lo contrario! Pero se ha de reconocer que estamos en el inicio de un camino que requiere más diseño estratégico. El comunicado de abril puede ser el punto de partida, pero debe transformarse en una política de Estado.
Tres propuestas para Bolivia y Chile:
• Crear Institucionalidad binacional: crear una comisión permanente Chile–Bolivia, con reuniones periódicas y agendas verificables, al estilo del Tratado del Elíseo.
• Esforzarse por implementar programas para la juventud y cultura: impulsar un organismo binacional que financie intercambios estudiantiles, culturales y deportivos, para que las nuevas generaciones construyan confianza. Desmantelar la pugnacidad, tomará años, pero también hay que hacerlo en la enseñanza primaria y secundaria en los dos países.
• Integrar mesas con actores regionales: integrar a los departamentos bolivianos y a las regiones chilenas más directamente cercanas en proyectos conjuntos de infraestructura, comercio y seguridad fronteriza.
La diplomacia se mide en instituciones que sobreviven a los gobiernos y en compromisos que trascienden los discursos. Si Francia y Alemania pudieron transformar dos guerras en integración, Chile y Bolivia también pueden convertir su historia en cooperación duradera. El desafío es grande, pero la oportunidad está abierta.
(*) Loreto Correa y Robert Brockmann son historiadores