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La belleza que no se ve: la mujer cruceña más allá del espejo

Lunes, 27 de julio de 2026 a las 05:00

Nunca habíamos hablado tanto de belleza y, paradójicamente, nunca habíamos estado tan inconformes con nuestra imagen. Vivimos en una sociedad donde la imagen ocupa un lugar cada vez más importante.

Basta abrir cualquier red social para encontrar rostros perfectos, cuerpos idealizados y vidas aparentemente impecables. En ese escenario, pareciera que el valor de una mujer puede medirse por la cantidad de elogios que recibe sobre su apariencia. Sin embargo, conviene hacer una distinción que muchas veces olvidamos: no es lo mismo arreglarse que cuidarse.

Arreglarse es una decisión personal. Es elegir un vestido que nos haga sentir bien, maquillarnos, cuidar nuestro cabello o disfrutar de la moda. No hay nada reprochable en ello. La estética también es una forma de expresión.

Pero cuidarse implica algo mucho más profundo. Significa proteger la salud física y mental, dormir lo suficiente, aprender a poner límites, construir una autoestima que no dependa de la aprobación ajena y entender que el bienestar no siempre es visible.

Sin embargo, cuando una mujer siente que nunca es suficientemente joven, suficientemente delgada o suficientemente perfecta.   Cuando su valor depende exclusivamente de su apariencia.  En ese momento, el espejo deja de ser un reflejo y se convierte en un juez, es allí donde los estándares de belleza dejan de inspirar y comienzan a imponer.

Las consecuencias no son menores. Ansiedad, trastornos alimentarios, depresión, baja autoestima y una constante sensación de insuficiencia forman parte de una realidad que pocas veces discutimos con la seriedad que merece.

En Santa Cruz, además, la conversación adquiere un matiz particular. Durante décadas, la mujer cruceña ha sido reconocida por su belleza. Esa imagen forma parte de nuestra identidad cultural y no tendría por qué avergonzarnos.  Pero, reducir a la mujer cruceña únicamente a su apariencia es desconocer todo lo que representa.

La mujer cruceña ha sido protagonista silenciosa del crecimiento de esta región. Ha levantado empresas, sostenido familias, impulsado instituciones y ha acompañado las transformaciones económicas y sociales de Santa Cruz, por eso su aporte no puede reducirse a un ideal estético.

Nuestra historia está llena de mujeres que han demostrado liderazgo, fortaleza y capacidad de trabajo mucho antes de que existieran los filtros o las redes sociales.  Mujeres que enfrentaron adversidades con carácter y que hicieron de Santa Cruz una tierra de oportunidades.

Por eso resulta preocupante que, en ocasiones, la conversación pública siga girando más alrededor de cómo luce una mujer que de lo que piensa, propone o construye.

No se debe renunciar al gusto por la moda ni a disfrutar de nuestra imagen.  La belleza no debe ser un motivo de culpa.  Lo que sí necesitamos como sociedad es ampliar nuestra mirada y comprender que una mujer vale mucho más que aquello que refleja un espejo.

Ante esta realidad, debemos enseñar a las nuevas generaciones que el cuidado personal también incluye la salud mental, la inteligencia emocional, la educación y el amor propio. Que el éxito no consiste en parecer perfecta, sino en vivir con autenticidad.

Reconocer que la mujer cruceña es más que un rostro bonito, implica valorar su trabajo, su liderazgo, su inteligencia y su capacidad para transformar su entorno.   Una sociedad que deja de medir a sus mujeres por su apariencia y empieza a reconocerlas por su carácter, gana mucho más que igualdad: gana humanidad.

La verdadera belleza no está en cumplir un estándar, sino en tener la libertad de elegir quién queremos ser.


Carla Stephanie Díaz Villarroel es abogada

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